La primera fue en la calle. Llovía. Me estaba mojando pero no me daba cuenta de que me estaba mojando. El policía sí, y me dijo que podía esperar dentro del coche. Yo no me estaba dando cuenta de que me estaba mojando, que es como no estar mojándose al fin y al cabo. Me sentía menos mal esperando en la calle. Como si fuera a durar menos esa espera. Como si quien demonios tuviera que venir para denunciarme fuera a tardar menos por estar yo de pie en la calle en medio del frío y la lluvia. Miré a los niños. No sé si ellos se estaban mojando, o si se estaban dando cuenta, pero entonces yo ya sí. Abrí la puerta del coche, y les dije que esperaran dentro. Yo seguí en la calle. El policía siguió enfadado. Yo miraba al suelo, aún no me había hecho a la idea de que no iba a llegar a tiempo. Dijo que no se podía cortar una calle. Ni cinco minutos ni diez, bajo ningún concepto. Le dije que no me había dado cuenta. Que normalmente solía comprobar que no molestaba, pero que hoy tenía mucha prisa porque tenía cita médica, y que había aparcado deprisa y sin pensar en no colapsar la calle. El policía dijo que eso daba igual, que había que pensarlo. Entonces fue cuando pronuncié todas esas palabras seguidas: a veces no resulta fácil pensar en tantas cosas. Sólo después de escucharlas me di cuenta. Que son muchísimas. Demasiadas para mí. Pensar en respirar. En llegar a tiempo. A un sitio. A otro. A otro más. Pensar que para andar hay que poner delante del otro. Derecho, izquierdo, derecho. Pensar en las citas médicas del día, pensar en coger la documentación necesaria. Pensar dónde está guardada. Pensar en guardarla después, y recordarlo. Pensar en la comida para alimentarse. Pensar en buscar el dinero. En tenerlo. En ganarlo. Pensar en contestar los correos electrónicos. Pensar en las vestimentas, las necesarias para cada ocasión. Pensar en decir hola cuando llego y adiós cuando me voy. En echar gasolina cuando escucho un pitido que resulta ser el aviso de la reserva. Gracias pitido, porque de lo contrario tendría que pensar en mirar el nivel de gasolina en el salpicadero, y hace falta pensar más para mirar que para escuchar, yo creo que es más directo el escuchar. Pensar en no colapsar la calle en la que se aparca. No un día, ni dos, ni diez, sino todos, todos los días que se aparca, y cada vez que se aparca. Pensar en respirar hondo porque me estoy sobrepasando. Pensar en aceptar que aunque he corrido para todo, voy a llegar tarde.
La segunda vez se lo diría más tarde a mi madre, cuando le explicara el por qué llegaba una hora tarde, que había colapsado una calle, colapsado en el sentido de obstrucción, no el que se le ha dado después del 11S, y que además había olvidado coger por la mañana lo que necesitaba llevarle al médico, por lo que había tenido que ir a casa. Mi madre me daría una bolsa con cosas que olvidé en su casa la última vez que estuve, cosas en las que tendría que haber pensado pero no pensé cuando me fui, y me mirará divertida mientras le cuento mis desastres, mamá, es que para vivir hay que pensar en demasiadas cosas. Y ya no diré muchas, como ahora acaba de decirle al policía, sino demasiadas. Aunque desde un principio fueron demasiadas. Así no hay manera de despegar los pies del suelo, con tanto que exige pensar.
Pero el caso es que yo miro a la gente que pasa por la calle, que parece tan compuesta y tan capaz de pensar en sus cosas, que también serán muchas, pero no en el sentido de demasiadas. Para ellos parecen las justas. Y caminan sin problemas, haciendo avanzar un pie delante del otro con total normalidad, bien pegados al suelo, y también aparcan sin colapsar calles, no olvidan las citas, ni los cumpleaños, no se pierden, no se desbordan. Para nada. Van tan compuestas, tan dominando las situaciones, tan sin perder el resuello, con esa capacidad para pensar en todas esas cosas que para mí son demasiadas.
Sólo después de darme cuenta de que no era capaz de pensar en tantas cosas me di cuenta de de la lluvia y de que no iba a llegar a tiempo y me metí en el coche. El parabrisas estaba lleno de gotas que iban estallando y cayendo hacia abajo. Los niños estaban en el asiento de atrás, muy callados. ¿Y ahora qué va a pasar, mamá? Que me van a poner una multa. Y que hay que esperar. Se me cayó una lágrima por todo aquello en lo que tendría que pensar y no pienso. No lo vio nadie.
El coche oficial llegó poco después, con luces y con sirena. De él saldría el poli bueno.