Recuerdos para anclar la hora.

El pasado 7 de enero estaba de mal humor. Me había hecho una lista, era un día importante. Era el último día de vacaciones. Era el día de dejar terminadas todas las tareas que me había propuesto terminar en los días de fiesta. Y para poder ser realmente eficiente y no andar perdiendo el tiempo me había hecho una lista. A las 19:30 de la tarde me faltaba sacar el carnet de la biblioteca. Sacar un carnet de biblioteca no es un asunto a vida o muerte, pero estaba en mi lista. Formaba parte de mis intenciones y propósitos desde hacía ya varios meses, pero de ninguna manera había estado anotado.

En Internet busqué el horario de la biblioteca cercana a mi casa. Estaba abierta hasta las 20. Si salía de forma inmediata podría llegar a tiempo. Me vestí, me puse unas zapatillas, cogí el bolso. El hecho de que no hubiera nadie en casa facilitó las cosas, todo hay que decirlo, porque si me hubiera tenido que despedir, y hubiera tenido que dar explicaciones, el dónde voy, y, sobre todo, el porqué, quizás me hubiera hecho desistir del empeño, resignarme a no tachar ese ítem de mi lista, y a manejar mi mal humor de alguna otra manera. Pero podía salir corriendo. Y conseguirlo.

Cuando llegué a la biblioteca había una señora delante de mí. Se estaba llevando tres libros, pero no presté atención a los títulos. Presté atención a las maniobras del funcionario que la atendía, con qué soltura manejaba la pistola de códigos, y qué contraste entre el moderno sistema informatizado para, al mismo tiempo, sellar con un tampón cada uno de los libros. Por fin terminó y me tocó el turno. Buenas noches, me gustaría hacerme el carnet de la biblioteca. El funcionario me miró contrariado a mí. Después miró su reloj. Es que no sé si nos va a dar tiempo, porque yo cierro a las 20, y tiene usted que rellenar una hoja entera con sus datos, y yo darle de alta en el sistema y… fíjese, solo faltan siete minutos, ¿lo dejamos para mañana?. Bueno, usted sabrá mejor que yo lo que se tarda, pero yo creo que podríamos intentarlo.

El señor arqueó las cejas con fastidio. El tipo debió darse cuenta de que no me iba a despachar así tan fácilmente, que no me iba a ofrecer volver mañana y yo le respondería que sí, dócilmente, como su fuera Larra. Me extendió un formulario sin abandonar ni por un momento su cara de fastidio y me pidió mi carnet de identidad. Resulta que la hoja entera que tendría que rellenar con datos se refería a mi nombre, mis apellidos, mi dirección y mi correo electrónico. Cumplimenté contrarreloj. Cuando terminé, el funcionario recogió mi formulario y terminó de rellenar algo en su ordenador. Me entregó un carnet de plástico, un tríptico, y me explicó las condiciones. Todavía conservo el tríptico. Cuando terminó me anunció que ya era socia. ¿Quiere solicitar algún ejemplar? Miré el reloj. Las 19:57. No, no quiero forzar, fíjese qué hora es ya. Puede que escondiera cierto tono de reproche, pero en realidad no era mi intención recriminarle su actitud al funcionario. Me parece perfecto que cada cual termine su trabajo a su hora. Yo solo quería probar, por si se podía, y sí, se pudo. Y me sentía pletórica. con mi carnet en la mano. Y llegué a casa y taché en mi lista “Carnet de biblioteca”.

Por eso sé de una forma bastante precisa a qué hora volví a casa el pasado 7 de enero.

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