El San Juanito.

La casa de mis abuelos estaba en la calle de San Marcos y tenía un pasillo tenebroso. El salón y el gabinete, sin embargo, eran exteriores y tenían balcones a la calle. Cuando íbamos a visitarles, mi abuelo nos solía esperar asomado, y nos decía hola con la mano. Mi abuelo tenía un bigote como el de Clark Gable, y unos ojos pequeños que se iluminaban cuando se le ocurría un comentario mordaz.

Para ir desde el salón hasta la cocina había que atravesar el pasillo tenebroso. Recuerdo que lo hacía corriendo, especialmente en el tramo que daba al hueco del recibidor, de un oscuro absoluto, ideal para esconder una sombra, un monstruo, un espectro, un asesino en serie, o cualquier otro ente de los que articulan los miedos infantiles.

A un extremo del pasillo estaba la cocina, y desde allí se escuchaba el transistor con música, y al otro extremo estaban el salón y el gabinete, desde donde se oía la tele. En medio el pasillo. En el salón estaba mi abuelo viendo concursos o haciendo crucigramas. En la cocina mi abuela nos hacía zumo de naranja y cuando nos levantábamos ya había ido a comprar churros, y nos dejaba mojarlos directamente en el azucarero. Y nos llevaba a la Plaza del Rey a dar de comer a las palomas. También nos llevaba a la Iglesia de San José, y recorríamos las capillas para ver  las tallas de los santos, todas ellas de un realismo terrible, y le encendía velas al Cristo de la buena muerte. Las tallas forman parte de los recuerdos asociados al pasillo. Las palomas y los crucigramas a los del salón y la cocina. Para ir desde el salón a la cocina había que atravesar el pasillo tenebroso, y el hueco del recibidor.

Cuando murió la tía Juana mi abuela ya era viuda, y la casa de la calle San Marcos iba camino de la ruina. Mi abuela no recibió un duro en herencia, pero sus sobrinos le regalaron como recuerdo un San Juanito (bautista) que había pertenecido a la difunta, y le aseguraron que se trataba de una talla singular de excepcional valor. El santo, de unos tres palmos, colocado sobre un pedestal de madera y protegido por una urna,  parecía haber sido disecado en su más tierna infancia y ungido después con pintura y barniz,  y descansaba con cara doliente y terrorífica. Como si ya supiera desde niño que un día perdería la cabeza, o que sería disecado y encerrado tras un cristal.

Mi abuela, que no había tenido un objeto valioso en su vida, colocó el San Juanito en el hueco del recibidor. Desde que había muerto mi abuelo, cuando yo iba a su casa tenía que enfrentarme a la persistente extrañeza de no encontrarlo ni asomado al balcón ni en ningún otro sitio, y a partir de entonces y además, hube de enfrentarme de nuevo al hueco del recibidor, que había pasado de albergar asesinos en serie imaginarios a Sanjuanitos disecados y corpóreos; el buen criterio de mi abuela al elegir su lugar fue incuestionable. Volví a correr por el pasillo.

            Cuando apuntalaron su casa, poco antes de que fuera declarada en ruinas para regocijo de su casera,  vi que el San Juanito había desaparecido del recibidor y se había acomodado en el dormitorio de mi abuela, uno de los pocos lugares de la casa donde no había vigas manteniendo los techos. Ése fue el precisamente el lugar que escogió el santo para comenzar a hablar. No puedo imaginar el susto que se llevaría mi abuela el primer día que San Juanito se dirigió a ella, aunque quizás, acostumbrada como estaba a dirigirse a los santos de las iglesias, no debió encontrarlo tan perturbador, incluso puede que llegara a parecerle razonable. “Fíjate, a mi edad, y viuda, y me voy a ver en la calle”. Y el San Juanito le decía que aunque fuera sólo un niño estaría a su lado, que ya encontrarían la manera de salir adelante, y también eso de que Dios aprieta pero no ahoga, está visto que también los santos recurren a los tópicos. El caso es que no sé cómo se las apañó, tan inerte como parecía, para hacer que le tocara una vivienda de protección oficial.

Estaba en el Puente de Vallecas, lejos del centro y de la iglesia de San José, y era luminosa y sin pasillos. Tenía balcones, pero allí ya no esperé jamás ver a mi abuelo, y aprendí que un cambio de contexto es mucho más rápido que el paso del tiempo para aceptar ausencias definitivas como la que implica morir.

Mi abuela, agradecida, colocó al San Juanito en su nuevo dormitorio junto a la foto de mi abuelo, esa en la que se parece a Clark Gable. Y se decidió a disfrutar en la vejez lo que no había podido de joven. San Juanito estuvo de acuerdo. Mi abuela organizó una fiesta de inauguración para toda la familia, y San Juanito la bautizó, aunque mi abuela no le consintió que lo hiciera como le hacía ilusión a él, rompiendo una botella al modo de los barcos.

Al poco tiempo, mi abuela había desplegado su encanto por el barrio, y ya conocía a los vecinos, al panadero, al pescadero, al cartero, a la enfermera. En el hogar del jubilado se apuntó a macramé, yoga, pintura, y se rodeó de un nutrido grupo de amigas con las que iba a misa los domingos y después a escuchar conciertos al Retiro y a tomar el aperitivo. La iglesia del barrio no tenía tallas significativas, y mi abuela se lo decía a San Juanito, en esta iglesia no hay ninguno como tú. Y San Juanito, con el pecho henchido, gozaba sus palabras, y se deleitaba con su obra viendo a mi abuela tan querida y tan feliz.

Yo creo que los problemas comenzaron a raíz del baile. El día en que mi abuela se animó a salir a bailar, a San Juanito se le notaba el disgusto en el semblante. No hizo reproches, pero estuvo parco en palabras. La segunda vez que salió ya fue incapaz de morderse la lengua. “¡Tú te crees que éstas son horas de llegar para una mujer decente!”, pero si pensaba que mi abuela se iba a quedar sin réplica es que esos años no le habían enseñado nada: “Ya soy mayorcita para llegar a casa y no tener que dar cuentas a nadie acerca de las horas a las que salgo y a las que entro, faltaría más.”

Don Carlos tampoco le gustó. Don Carlos era un caballero de los de antes, que vestía americana de lino y usaba sombrero, y cortejaba a mi abuela como se hacía antes: la llamaba por teléfono, le enviaba cartas, la invitaba a pasar unas vacaciones en su masía de Tarragona. A mí me gustaba que mi abuela hubiera ligado, y que se sonrojara cuando le preguntaba que por qué no aceptaba ninguna de sus invitaciones. Ella contestaba que nadie iba a ocupar el puesto de mi abuelo, que como él ninguno. Para San Juanito no debía ser suficiente, y cada vez que sonaba el teléfono y resultaba ser don Carlos tiraba de sermón: que si por qué siempre tenía que ir tan arreglada, que si se pasaba los días fuera de casa, algo acerca de la mujer y el pecado, y la sempiterna historia de Eva y la serpiente.

Don Carlos terminó cansándose de negativas y se acabaron las llamadas, pero la relación entre mi abuela y San Juanito daba muestras de cansancio, y al pequeño santo le irritaba todo: que la niña de la vecina estuviera en casa mientras la madre hacía recados, que mi abuela le dejara mojar los churros en el azucarero, que jugara a las cartas con sus amigas, su hora de llegada, que el panadero le reservara el pan, que la farmacéutica le llevara las medicinas a casa, el curso de macramé, hasta el aperitivo de los domingos. Las discusiones entre ambos pasaron a ser diarias.

Todo estalló cuando mi abuela volvió de aquel viaje al que se había llevado una cámara de fotos digital, y corrió emocionada a ver a San Juanito, sin rencores, a enseñarle sus fotos del viaje. Sin embargo no le contestó. Ni ese día ni al siguiente, ni al otro. Se comportaba como si fuera una simple talla, inerme. Mi abuela sabía sin embargo que no era así, que era un castigo, una demostración de su enfado por el viaje y sus días de ausencia, una consecuencia directa de sus celos y sus resentimientos enquistados. Mi abuela lo intentó todo, pero fue en vano, y al final terminó perdiendo los nervios, y le espetó que la cabeza la perdió mucho antes de que terminara sobre la bandeja de Salomé; ella misma reconoce que a veces le pierde el genio. La siguiente vez que fui a su casa el santo había salido del dormitorio, y estaba en el recibidor.

San Juanito no volvió a hablar. Nunca. Sus motivos son un misterio, al igual que la enfermedad de mi abuela. Sus huesos comenzaron a deformarse, una anemia inexplicable la dejó sin fuerzas, y los dolores le impedían dormir. Al cabo de un año había cambiado sus tacones por un andador. Los médicos la sometieron a todo tipo de pruebas, pero no encontraban diagnóstico claro. “A su edad, qué quiere”, decían. “Estar bien”, contestaba ella.

Cuando fui a conocer su residencia me fijé que en su cuarto estaba la foto de mi abuelo, ésa en la que se parece a Clark Gable, pero no vi por ningún sitio al San Juanito. Me contó que la habitación era muy pequeña y que no había espacio. La miré y vi lo poco que ocupaba ella. No obstante, sólo hacía dos días que había entrado y las doscientas personas que compartían espacio entre personal médico y residentes ya la conocían por su nombre.

El deterioro continuó implacable. Del andador pasó a la silla de ruedas. Cada vez hablaba menos, se quedaba dormida con frecuencia. La última vez que la vi estaba seria. Me dijo, consumida y con la mirada perdida, que quería regalar el San Juanito, que se trataba de una talla singular y de excepcional valor. Yo no lo quiero, abuela. Bueno, contestó. Y continuó mirando a lo lejos, como si no hubiera nada, sólo un oscuro absoluto.  Me aferré a su mano pero continuó ausente. Yo creo que ella en realidad ya no estaba allí, en esa silla, sino que había empezado a recorrer un pasillo tenebroso, hacia el salón. Y aunque al fondo escuchaba el ruido de la tele, con los concursos de mi abuelo, y llegaba desde allí la luz que entraba de los balcones,  ella avanzaba asustada, corriendo.

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6 comentarios en “El San Juanito.

  1. Gracias Paloma. Lo había escrito hace algún tiempo, ya sabes que los cuentos los suelo despublicar enseguida. Ayer mi abuela terminó de recorrer el pasillo tenebroso, y llegó por fin al salón. Y eso está bien para ella, pero me ha apetecido dejarle aquí su cuento. Un beso fuerte.

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