Señales los martes

por patricia

Los martes ya no soy llanero. Hoy martes no hay música puesta y me acuerdo de lo que iba a escribir ayer, que también venía a cuento de lo mismo, pero con otro enfoque, por no encasillarme en un disfraz. No creo en los horóscopos, no creo en dios, no creo en el más allá, pero reconozco que las señales me hacen gracia.

La otra tarde iba a entrar en el metro. Creo que me dirigía a mi casa para enseñarla, y llovía. A esas alturas ya me había cansado de tener que hacerlo. Enseñar mi casa. Tampoco lo había hecho hasta la fecha muchas veces, pero sí las suficientes como para sentir que no la enseñaba sino que la justificaba. Siempre he odiado justificarme. Cuando hago cosas que odio me duele la cabeza. Así que allá iba, en plan llanero con jaqueca, contra lluvia y viento moviéndome por metro de madrid, anticipando las gilipolleces de la gente que tenía que ver esa tarde, y cuando se fueron a abrir las puertas del vagón me dio por pensar las últimas dificultades como señales del universo. No sé, llámalo karma, llámalo alineación de los astros para vengarse por algún tipo de mal que yo haya infligido.

Me hice un juicio crítico. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿En qué momentos siento más sucio mi estado de ánimo? Y entonces me puse a hablar con la voz imaginaria,  esa con la que hablaba cuando era niña y creía en seres sobrenaturales, la voz que soy yo misma haciendo de otro, solo que parece que el hablar conmigo enfrente hace compañía. Parece. En casa aún no lo hago, pero esa tarde en el vagón sí. Le decía a mi yo que hacía de otro: no me puedo creer que todo esto sea por mis enfados, porque tengo una forma diferente de entender las cosas. Pues anda y que te jodan, ya puedes seguir poniendo piedras.

Hoy martes he vuelto a salir de casa. Me había puesto un vestido, esta vez sin las botas militares y sin las de llanero, con el disfraz de señorita y los labios pintados. Salí a la calle con la mirada limpia y sonriendo, procuro no enfadar a la voz, estoy bien, estoy en paz, todo va a ir bien. Llueve. Me encuentro con el tipo de la farola, y me saluda como cada día. Le pregunto que cómo está, que hace mucho frío. Me dice que bien, y me dice que estoy muy guapa. Le doy las gracias y me dice que si voy a pasear con ese tiempo. No, voy a buscar un trabajo. Y me dice que seguro que lo voy a conseguir, y que voy muy guapa otra vez. Nos despedimos y yo sigo un poco más segura porque he vuelto a caer en la trampa de las señales, y si el señor de la farola me ha dicho que lo voy a conseguir es porque lo voy a conseguir, y convierto nuestra conversación en amuleto.

Llego a mi antigua oficina. La chica que hay en recepción es nueva, entró poco tiempo antes de que venciera mi contrato, yo la entrevisté, pero no me recuerda. Lo sé porque me pregunta mi nombre y el motivo de mi visita. Se lo digo. Me dice que le suena, que de hecho, aún sigo en la lista de empleados. Y me la enseña. Ya, le digo. Entro y espero en la sala de espera. Pienso que van a venir a buscarme, pero no, y al poco tiempo la recepcionista me dice que puedo pasar a la sala de reuniones, que si quiero que me acompañe. No, sé llegar.

Allí me están esperando cuatro antiguos compañeros. Me dan dos besos y me piden que me siente. Pienso que me van a preguntar cómo estoy, qué tal este último mes. Pero me preguntan que si quiero que me cuenten cuál es la actividad del centro. Me quedo un poco confundida. No hace falta, ya sé lo que se hace. Me piden que les cuente un poco sobre mí. Qué queréis que os cuente. Pues un poco lo que haces. He trabajado con ellos los últimos cuatro años, tomado café a diario, comido, sé los nombres de sus hijos, a qué se dedica su departamento, los últimos contratos que han firmado porque los he hecho yo, así que no entiendo nada. Pero me limito a contestar a lo que se me pregunta, continúo con el juego de hacer que no nos conocemos. Contesto sus preguntas. Desde que me licencié hace quince años hasta ahora. Me escucho hablar y me oigo la voz temblorosa. Me explican el contenido del puesto al que aspiro. Coincide exactamente con aquello que he estado desarrollando hasta ahora. Me preguntan que si me veo capacitada. Me da la sensación de que están llevando el juego demasiado lejos, el juego ralla la crueldad, quiero llorar porque me gustaría mandarles a tomar por culo, pero no lo hago, y además ya me he hecho demasiado pequeña. La jaqueca está en camino. Intento tocar el amuleto pero ya no está.

Salgo de allí sin ganas de hablar con nadie, especialmente no quiero encontrarme con mi voz. Hija de puta, seguro que se siente muy contenta. Hija de puta, seguro que piensa en lo sencillo que ha resultado ponerme dócil. En el tren continúo con Las intermitencias de la muerte. Después de comer me quedo sola. Durante un rato me pongo a buscar alternativas en Internet. Cuando me doy por vencida me he quedado sola en casa, me tumbo en la cama y bajo la persiana. Estoy tiritando pero al final me quedo dormida. Me despierto sin ganas y tengo que hacer un esfuerzo importante para levantarme. Me abrazas y lloro. No puedo dejar de llorar. Y sigo llorando mientras hago café, y sigo llorando mientras me lo tomo, y sigo llorando hasta que enciendo la tele. Me veo los cuatro primeros episodios de breaking bad. Hija de puta, hoy ha ganado. Pero escucha esto, hasta los martes se acaban.

 

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