el misterio de los lenguajes incomunicantes

por patricia

Murúa Niño a veces se desconcertaba con cosas que sin embargo eran comprensibles para la mayoría, y bautizaba sus desconciertos -no le gustaba llamarlos “cosas”- con nombres que resultaban comprensibles para él y desconcertantes para la mayoría. Al último desconcierto, Murúa Niño lo había llamado “el misterio de los lenguajes incomunicantes”. Para él era sencillo y directo entender que se trataba del desconcierto que le producía el hecho de una persona quisiera decir algo a otra, y utilizara un lenguaje para poder expresar ese algo, e, incluso a pesar de que esa otra persona utilizara y conociera ese mismo lenguaje, podía llegar a no entender ese algo, a no entender el mensaje, a no llegar al lugar.

Murúa Niño tenía asumido que lo que él quería explicar no resultara comprensible para la mayoría, incluso en ocasiones para nadie en absoluto, porque las palabras, el idioma en sí, podía llegar a ser muy complejo, y él solía utilizar, y aún no había conseguido poner remedio, formas complejas y poco directas. Y es que Murúa Niño tenía formas poco directas de explicar nada, pues él siempre veía relaciones y nexos, y cada relación se relacionaba a su vez, -por no hablar de los nexos-, y así, sucesivamente, y a veces no era capaz de ver más que una maraña de asuntos interrelacionados, que terminaban en el propio sentido del universo, y el universo era algo que lo sobrepasaba con creces. Murúa Niño había observado que había personas con el don de tener ante sí una situación compleja y múltiple capaces de desenredarla hasta hacerla simple y única. Y por deducción supuso que él debía tener el don contrario, y cualquier cosa aparentemente sencilla terminaba convirtiéndose en un desconcierto mayúsculo. Y por eso, por ese conocimiento de sí mismo, por esa aceptación de la propia dificultad, sabía que el hecho de que él escogiera el lenguaje de la palabra, ya fuera oral o escrita, no significaba en modo alguno que sus interlocutores, por dominado que tuvieran el idioma, fueran a comprender el mensaje.

Pero escapando de sí mismo, Murúa Niño observaba cómo con otros lenguajes ocurría lo mismo. Con la música por ejemplo. Una persona podía componer una canción, y al margen de la letra, que suele dar pistas acerca de lo que quiere contar, la música juega un papel destacado, y para él muy claro. Pero sin embargo, Murúa Niño había comprobado también que canciones que para él querían decir algo, o le hacían -de hecho- sentir algo, sin ningún tipo de ambigüedad, en otras personas decían algo completamente distinto, o, lo que es peor, no decían absolutamente nada. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que no te transmita nada? ¿Cómo es posible que escuches esto y no te diga nada? Con el lenguaje poético lo mismo, o con la expresión corporal, con el gráfico, con todos. Y esta dificultad entre personas para poder unirse, comprenderse, compartirse con mensajes y emociones, muy a pesar de haber creado tal cantidad de lenguajes, le abatía.

Pero Murúa Niño, complicado e incomprensible, no se resignaba, y probaba nuevos lenguajes -o nuevos al menos para él- lo intentaba una y otra vez, sin perder la esperanza de poder decirle algo a alguien y tener la certeza de que ese alguien, por fin, estaba en el mismo lugar. Probó con el lenguaje de los símbolos, con el de las notas, con emoticonos, con la percusión de un lápiz en la mesa, probó con el lenguaje de los volúmenes de sonido, con el de la intensidad de la mirada, con la sudoración y temperatura de las manos -lenguaje que le costó un cierto esfuerzo dominar-, con tipografías, con dibujos, con esquemas, con el lenguaje culinario, con el musical, con el de los recuerdos, con el de la locura, hasta con el de la normalidad.

El día en que Murúa Niño decidió el nombre para su último desconcierto, fue el de su último desconcierto. Ese día, Murúa Niño había tenido una idea reveladora. Si un lenguaje puede ser universal es el del amor. El lenguaje del sexo también podía ser universal, pero no siempre es sincrónico. Y se le ocurrió inventarse una forma de declararlo que pudiera ser comprendida. Incluso viniendo de él. Una forma honesta, simple, sin ambigüedades, sin relaciones, incluso sin nexos. Una forma primaria.

Sin decir una sola palabra se fue a la cama y se desnudó, y esperó a que llegara después y se desnudara también. No contestó nada. No dijo una sola palabra. Shhhhhhhh, no digas nada, cierra los ojos y no pienses, siente. Pensó. Pero no se lo dijo, porque estaba tratando de desarrolllar una forma de comunicación directa, pura, simple, extrasensorial. Lo entendería. Seguro. Se concentró en sentir. Cerró los ojos. No pienses, siente. Sólo siente. Con los ojos cerrados. No digas nada, lo entenderá. Extiende una mano, a ciegas. Es un hombro. Amo ese hombro. Siente que lo amas. Concentra  tu amor en la mano. En esa mano sobre el hombro. Deja que la mano hable. Que la mano hable su amor al hombro. Y del hombro a la cintura. Amo esa cintura. Esa cintura despierta en mí todo el amor del mundo. Concéntralo en tu mano. Y que hable. Las caderas. No hables. Calla. Sigue en silencio. No abras los ojos. No pienses. Sólo siente. Siente su pierna. Su ingle. Siente el amor por su ingle. Siente. Tiene que haberlo sentido. Tiene que haberlo sabido. Tiene que haberlo entendido. 

Ante la falta de respuesta, Murúa Niño abrió los ojos y los que vio lo miraban extrañados. Podría incluso decirse que atónitos. Y se sintió un tanto avergonzado. No pasa nada, pensó, aunque no lo hayas entendido, y aunque sé que lo sabes, te he dicho lo que te quería decir. Una vez contrastado el fracaso del lenguaje puro, directo, y extrasensorial, dio las buenas noches oralmente, pronunciando con la mayor claridad de la que fue capaz, una palabra, y después la otra. Buenas noches.

Y ya a oscuras, mientras esperaba a que llegase el abatimiento, que llegaría, Murúa Niño se entretuvo buscando el nombre de esa cosa desconcertante en concreto.

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