Parquímetros

Tenía cita con el dentista para rehacer un empaste que dolía impidiéndome masticar con el lado derecho. Me habría dado tiempo a ir corriendo a casa, dejar el coche y coger el metro, pero a última hora me dio pereza el trasiego y fui derecho desde el trabajo. Esta opción no estuvo exenta de esfuerzo, porque no llevaba dinero encima, de modo que en el tiempo de descuento que había ganado tuve que buscar un cajero, sacar dinero, entrar en  un establecimiento confiando encontrar un amable vendedor que me diera cambio, y ya por fin, pertrechado con todo lo necesario, buscar un sitio libre en una zona de estacionamiento regulado de tipo azul. Parece más arduo así narrado de lo que fue en la tarde de autos, porque un cuarto de hora antes de mi cita ya tenía el dinero, el cambio y el coche estacionado. El único trámite restante era acercarme al parquímetro y sacar un tiquet por dos horas.

Acudí al más cercano y vi que era uno de esos modelos nuevos que están instalando en la ciudad. Una maravilla del progreso, con dos teclados, pago en efectivo, con tarjeta, y a través de app, y botones a todo color. “Indique el tipo de zona” . Debajo hay una leyenda. Leo y pulso el botón número 1 que es el que corresponde a la azul en el teclado de colores. Pero no ocurre nada. Pulso el 1 del otro teclado, más parecido al de las antiguas cabinas telefónicas. Nada. Pulso a todos los botones de ambos teclados indiscriminadamente. Nada. No podía verme, pero estoy seguro de que no pude evitar poner mi cara de desconcierto, que incluye un levantamiento de cejas, con su consiguiente alargamiento de frente, y evidenciación de mi calvicie. La odio. Y cuando estaba allí odiando al parquímetro y sobre todo mi cara de desconcierto, apareció una señora. Una señora madura, delgada, elegante, digna del barrio. Se acerca a mí a pesar de mi frente y me dice que no funciona.

– ¿Y no hay más?

– Pues hay otro más allá, pero tampoco funciona.

– ¿Entonces?

– Acabo de hablar con la controladora de la zona de estacionamiento regulado, y ha dicho que no funciona ninguno, pero que no va a multar a nadie esta tarde, que lo que tenemos que hacer es escribir una notita diciendo que no funciona y dejarla en el salpicadero.

– Pero si ella ya sabe que los parquímetros no funcionan ¿por qué necesita que dejemos una nota diciendo que los parquímetros no funcionan?

– Mire, yo le cuento lo que me ha dicho la controladora y usted haga lo que le parezca mejor, lo que no voy a hacer ahora es cuestionar las medidas a adoptar ante parquímetros estropeados, la renovación de los parquímetros, o los afanes recaudatorios. Yo le doy la información y lo demás es cosa suya. Ella desde luego ha dicho que pusiéramos una nota.

Le doy la razón y reconozco para mí esa fea costumbre mía de ponerme a cuestionar las cosas y a compartir mis juicios críticos con cualquier persona. Aunque en el fondo lo que creo es que si me hubiera visto con otra cara que no fuera la de desconcierto habría sido más sencillo que empatizara conmigo, que me diera la razón acerca de lo absurdo de las indicaciones, que se hubiera tomado un café en una de esas agradables terrazas, máxime teniendo en cuenta que el aparcamiento iba a ser gratuito, y, en ese no tener que estar pendientes del reloj, podríamos haber continuado con una cerveza, un gin tonic, y quién sabe qué más…. pero eso ahora da igual.

Volví a mi coche, saqué un folio que llevaba en el maletín y me puse a redactar la nota:

Madrid, junio de 2014

Estimada señora controladora:

En esta agradable tarde de junio, y con motivo de una visita al odontólogo, decidí aparcar mi vehículo en este lugar. Bien consciente de hallarme en zona azul, y como ciudadano de bien que soy, acudí al parquímetro para cumplir con mi obligación de pago, mas lo encontré fuera de servicio. Una señora fue tan amable de indicarme que había hablado con usted, y que usted misma le había hecho saber que todos los parquímetros estaban averiados. Y que deberíamos escribir una nota en la que le dijéramos -si bien usted ya lo sabe- que los parquímetros no funcionan. Es

– No hace falta escribir nada.

Un señor que me ve aplicado escribiendo la nota me dice no hace falta escribir nada, a bocajarro.

– Pero es que me acaban de decir que era necesario escribir una nota _ en estos momentos, el señor me estaría mirando en mi versión más calva a causa del desconcierto, pero esa certeza no me resultó tan inoportuna como antes.

– La controladora sabe que no funcionan y no va a multar. No hace falta escribir nada. Sólo confiar en su buena fe. Porque si nos multa, dará igual que haya escrito usted una nota o que no lo haya hecho, ¿qué prueba eso?

– Nada…

– Sería su palabra contra la de ella, y ella es la autoridad. De modo que habrá que confiar en que cumpla y no nos denuncie.

– Tiene usted razón, le dije, como si me hubiera convencido, y me guardé la nota en el bolsillo de la americana.

Esperé hasta que se hubiera ido para volver a sacar el papel completamente confuso. Porque, por un lado, no había ninguna duda acerca de lo absurdo de escribirla. Pero, por otro, el señor tenía razón, estábamos en manos de la buena fe de esa mujer. Eso significa que si ella nos había encomendado realizar un acto aunque no tuviera ningún sentido, quizás fuera su forma de ejercer su autoridad, es decir, nos estaba poniendo a prueba, esperaba encontrar el sometimiento de los conductores, esperaba la obediencia. A fin de cuentas ella tenía que estar controlando una zona fuera de servicio en lugar de irse a casa, hecho sin duda bastante absurdo, que la podría estar empujando a tomar represalias de absurdez. Y si fuera ese el caso, ¿qué podría ocurrir si se encontraba con los salpicaderos vacíos? ¿cómo reaccionaría ante lo que podría interpretar como un desacato? ¿nos multaría en venganza carcajeándose de forma siniestra? Pienso que lo mejor habría sido haber ido yo mismo a hablar con la controladora, pero miro el reloj y ya tengo que ir a mi cita. Rompo el papel y cojo otro más pequeño:

En mi opinión no es necesario que le informe de que los parquímetros no funcionan. Quién mejor que usted para saberlo”.

Llegué a tiempo a mi cita y cuando volví a recoger el coche no encontré ninguna multa. Y a día de hoy, el empaste sigue doliendo.

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4 comentarios en “Parquímetros

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