La rebelión y el cianuro

Me ha costado un rato coger aire y ponerme a hablar de la angustia que me ha endurecido el estómago y ha empequeñecido de pronto algún conducto interno, de esos por donde va el aire, o la sangre, porque no ha habido en toda la obra una sola concesión. Ya desde el principio Pedro tan sufriente, a un metro escaso, Pedro tan íntegro, tan digno, tan dispuesto a aceptar la tortura pero no a dejarse vencer, tan fuerte en sus convicciones,¡habla! ¡¡¡no capitán!!!!

A un lado del escenario el personaje que nadie querría interpretar, una de las piezas clave de cualquier régimen dictatorial, el capitán, el interrogador, el torturador, el inquisidor en busca de información que le ayude al régimen a eliminar a aquellas piezas disonantes, disconformes, rebeldes. Y eso que Benedetti es sumamente generoso y lo suficientemente inteligente también como para dotarle de un alma y de una conciencia, como para crear un hombre. No es el arquetipo de un monstruo, es un ser humano, con sus cobardías, sus problemas de conciencia, su mediocridad, su miedo, su egoísmo, sus miserias, sus vilezas. Cualquiera puede reconocer el miedo, la cobardía, el egoísmo, las miserias, la vileza, porque todos aquellos que hemos nacido seres humanos lo hemos sido en mayor o menor grado en algún momento de nuestras vidas.

Al otro lado el héroe, Pedro, aquel con quien el espectador empatiza, el hombre valiente, el hombre que no escoge el camino sencillo, aquel que no cae en la tentación de apartar el martirio a cambio de traicionar a sus camaradas.

Cuando éramos niños siempre nos pedíamos ser algún personaje de las series o de las pelis que nos gustaban, y lo decíamos en voz alta, y jugábamos a reinterpretar la historia siendo nosotros mismos Han Solo, Luke Sky Walker, Leia, Obi Wan, C3Po incluso…. pero claro, y quién hacía de Darth Vader? Nadie quería. Todos queríamos ser los buenos, los valientes. Queríamos ser buenos. Y para poder ser los buenos se le obligaba al más pequeño del grupo a hacer de malo…¿En qué nos convertía eso?

Pero vamos a volver a la obra y a lo difícil que es presenciarla, cuánto más con tan soberbia interpretación. Es difícil. Hay quien sólo acude a ver comedias y monólogos. Y está bien la risa, pero es sólo una faceta. Que da igual, que respeto todos los gustos, pero que a mí en concreto no me parece mal ir a ver drama o tragedia, conectar, y participar del sufrimiento en escena. En general lo que pido, al margen de que me ría o llore, es sentir cosas. No hay nada peor que no sentir nada. Y esta noche he sentido un montón. Casi no podía ni respirar.

Pero sabes, si soy sincera del todo, lo que peor me ha hecho sentir, peor que presenciar la agonía de Pedro, y la agonía también del capitán, es ese admirar al héroe, ese deseo de ser como él en esa circunstancia, y al mismo tiempo tener la certeza incómoda de que yo no habría podido, es ese saberme insuficientemente valiente como para terminar asida a cualquier excusa que legitimara mi traición. Es que amenazaron a mi mujer, amenazaron a mis hijos, amenazaron al mundo entero, hasta llegar al “no tuve elección…” no tuve elección… Siempre se tiene. El argumento anterior, el débil, el fácil, el cobarde y muy comprensible, se acerca más al torturador. Un torturador no nace torturador, pero posiblemente su argumento sea “no tengo elección”.

Supongo que sí, que el secreto del valor, en situaciones extremas, es aceptar la muerte, y eso implica vencer la esperanza de poder vivir, esa que te hace asirte a cualquier posibilidad, por muy repugnante que sea. Y entonces me entra a mí la esperanza, y pienso que quién sabe, quizás en una situación extrema podría llegar a tener oportunidades. Pero sigo reflexionando y creo que, incluso habiendo aceptado la propia muerte, sigue estando el desagradable asunto del dolor físico, que también da miedo. Puede que uno acepte la muerte, pero también habría que aceptar el dolor, un dolor extenuante. Y vuelvo a pensar que no. Que me habrían vencido. Que habría tenido que pasarme la vida tratando de justificar mi traición, mi cobardía con ese “lo hice por mis hijos”, “no tuve elección”. Y además, tienes razón, cualquiera lo habría entendido, porque lo extraordinario de la historia es la integridad y el coraje de Pedro, y si es extraordinario es porque está alejado de lo común. Los comunes de los mortales somos miedicas, optamos por el camino fácil. Como el torturador.

Y sí, tienes razón, que en abstracto no se puede saber, que hay que verse en una situación así, tan extrema, y sí, puede que las situaciones extremas hagan que las conductas se extremen, y por eso los valientes son extremadamente valientes, y gente normal, como Pedro, se haga extremadamente íntegra, y gente normal, como el capitán, se haga extremadamente cruel, y que todo se polarice -hecho en el que se amparan muchos autores para justificar sus tratamientos maniqueos-, y que por eso haya también tanto material narrativo, porque de las situaciones extremas nacen conductas excepcionales, de esas que se salen de lo habitual y merecen ser contadas.

Sabes, en el fondo está bien no estar en la necesidad de conocer con certeza el cómo seríamos, es una suerte no atravesar una situación extrema como esa. Pero la verdad es que sabiendo lo que ahora sé, te voy a proponer una cosa, algo que me permitiría pedirme pedro a pesar del miedo, y es que, el día en que se instaure un régimen dictatorial, y nosotros nos hagamos miembros activos de la resistencia rebelde, no se nos puede olvidar salir de casa sin la cápsula de cianuro, que el tema de padecer calvarios lo llevo mal. Pero el de la cobardía también.

Qué, trato hecho?

La excusa

Ella me contó que su pareja ya estaba bien, y que en realidad, sospechaba en el fondo que tampoco había estado tan enfermo como para no ir a trabajar, con un tono en el que se adivinaba cierta carga de reproche. Entonces, para quitarle hierro, le dije que quién no había hecho eso alguna vez, y le conté la anécdota aquella que a su vez me habían contado -lo típico- de un tipo que en cada empresa donde había trabajado hacía una de esas llamadas a la oficina para decir que no podía ir, pero que la excusa que utilizaba era que se le había inundado la cocina. Lo de estar enfermo es  un recurso del que se ha abusado demasiado. De modo que para resultar creíble, el tipo había optado por la estrategia de lo rocambolesco. Quién se inventaría una cosa así.

La pequeña anécdota hizo que se desviara el tema, y comenzamos a disertar acerca de los mecanismos de la mentira. Ella analizaba en voz alta que además, según fuera el tipo repitiendo esa excusa seguramente iría incrementando el nivel de detalle, hasta llegar a un punto en que, a fuerza de repetirlo, cada vez con más nitidez, debía resultarle  tan sencillo y tan natural narrar dicha ficción como narrar realidad.

Quizás, con una suficiente rotación de empleos -continué yo- por la fuerza de la repetición, es posible que el tipo terminara incoporando en su registro de recuerdos ese suceso como real. E incluso puede que se considerara a sí mismo como el desafortunado hombre de las inundaciones periódicas.

Lo que sí es cierto, dijo ella, es que existe un cierto morbo en el hecho de mentir; genera adrenalina.  Y se corre el riesgo de que una vez se empieza con las mentiras ya no es fácil parar.

como cuando uno se atreve con la verdad, pensé.

Entonces entramos en el metro.