La feminización de la política, una aproximación.

Esta reflexión viene a cuenta del barullo que se montó con las palabras de Pablo Iglesias, que decía el otro día que, en materia de igualdad, no se trataba solo de que aumentara el número de mujeres que ostentaran cargos en el gobierno, sino que además era necesaria una feminización en el estilo de hacer política.

¿A qué se refería con la feminización? ¿Qué estilo es ese y por qué está asociado a la mujer? ¿Qué estilo es el asociado al hombre y por qué? Realmente, ¿es una cuestión de sexo?Históricamente, los grandes  (y los pequeños) líderes lo han sido gracias a un método de imposición y fuerza. El líder concentra todo el poder y nadie desafía sus decisiones. El liderazgo clásico es un liderazgo unidireccional, lo único que tienen que hacer los subordinados es obedecer las directrices que marca el líder. Los líderes ejercen un control férreo sobre equipos y además lo hacen mediante la afirmación del poder (esto se hace así porque lo digo yo), tienen un estilo autoritario. A esto se le llama estilo autocrático o autoritario. Si repasamos a los grandes líderes históricos, identificaremos rápidamente este estilo. No me imagino a Napoleón Bonaparte consensuando con sus tropas, ni a Alejandro Magno, ni a Julio César, ni prácticamente a nadie. Este estilo autocrático también ha sido el imperante en el ámbito económico. Los señores feudales administraban y legislaban con autoritarismo, con la revolución industrial también autoritarios fueron los capataces de fábricas y latifundios, y después los empresarios, y los miembros de los consejos de administración, y los CEOS, y los general directors, y los jefes de departamento, y puede que a la mayoría de los que lean esto y hayan trabajo en el mundo de la empresa o en otros muchos, no les suene a chino el haber tenido un jefe autoritario y controlador. Pero el estilo autoritario también se extendía a nivel doméstico. Es decir, el estilo autoritario también era el estilo educativo dominante. Los hijos eran educados en la obediencia absoluta a los padres, que se sometían si cuestionar a las decisiones paternas. Si un hijo tenía que ser cura y otro seguir con el negocio del padre un hijo se hacía cura y el otro continuaba con el negocio del padre. Si un hijo se tenía que casar con fulanita el hijo se casaba con fulanita. Si un hijo tenía que estudiar medicina el hijo estudiaba medicina. Si un hijo tenía que ponerse de aprendiz en una fábrica el hijo se ponía de aprendiz. Y esto puede que suene un poco lejano, pero si sigo con el “he dicho que en casa a las diez y en casa a las diez”, “a mí no me contestes”, o con el “esto se hace así porque lo digo yo”, igual ya nos va sonando más. Y sí, es estilo autoritario.

Imagino que este es el estilo que Pablo Iglesias el otro día quería sustituir por otro diferente, al que denominó feminizado, así que, por deducción entiendo que este estilo autoritario se asocia con el hombre. ¿Por qué? Pues porque durante dos mil años de historia (por no abundar también con la prehistoria), los personajes visibles, es decir, líderes políticos y económicos, han sido hombres. Y han ejercido sus liderazgos haciendo gala de un autoritarismo y una autocracia más o menos cruel, pero autocracia al fin y al cabo. Sin embargo, si nos acercamos a los entornos en los que podemos observar a las mujeres y sus estilos, que son los meramente domésticos, vemos que aquellas que lideraban en los ámbitos en los que estaban confinadas (al servicio doméstico, o a sus hijos), lo hacían también, en su mayoría, con ese estilo. Y si nos acercamos a un pasado más reciente, o incluso a la actualidad, cuando la mujer comienza a ostentar poder político y económico, nos encontramos con figuras como Margaret Thatcher, Angela Merkell, Marie le Pen, o empresarias y directivas, que son mujeres, y siéndolo, ejercen su poder con ese mismo autoritarismo.

Pero existen otros estilos. Estilos llamados abiertos, democráticos, colaboradores o participativos, con muy distintos matices, pero que tienen en común que, de una forma o de otra, se escuchan las opiniones del resto de la organización, y se tienen en cuenta a la hora de tomar decisiones. Este estilo es flexible, y existe comunicación entre líder y subordinados. Las directrices son debatidas por el grupo y decididas por éste con el estímulo y apoyo del líder. Se basa en la colaboración y participación de todos los miembros del grupo. El líder y los subordinados actúan como una unidad. Este es un estilo que también se amplía al ámbito doméstico: al de la educación, y se ha implantado con fuerza en muchas familias a lo largo de las últimas décadas. Ahora es más frecuente que, en las familias, la opinión de los hijos sea tenida en cuenta, y sean ellos los que tomen ciertas decisiones, como elegir sus actividades extraescolares, elegir su ropa o su peinado, elegir su profesión. Incluso muchas veces, a la hora de establecer las normas y las tareas de cada uno, se tiene en cuenta también la opinión de los hijos, y se busca que las normas resulten aceptadas por todos. Asimismo, cuando hay conflictos, se escuchan los argumentos de los hijos y se les permite e invita a dar su punto de vista. Y los padres a su vez también tienden a explicar los motivos de sus decisiones. ¿Por qué se asocia este estilo más cuidadoso con el grupo, más respetuoso y comunicativo con las mujeres? ¿Por qué se habla de esta forma de liderar como femenina? Pues imagino que, dado que el ámbito donde esta forma de dirigir está más extendida es en los hogares y quizás en escuelas, y todavía, por seguir siendo mayoritario, seguimos asociando los roles de crianza y educación con la mujer, asociamos el liderazgo abierto, democrático y participativo con lo femenino. Pero hay muchos hombres que educan con ese estilo. En algunas empresas se empieza a adoptar este tipo de liderazgo al margen de que el líder o el directivo sea un hombre o una mujer, y líderes como Gandhi, Mandela, o Martin Luther King, son exponentes de este tipo de liderazgo, y son hombres.

Lo que quiero decir con esto es que el autoritarismo ha sido el estilo de liderazgo que culturalmente ha predominado en dos mil años de Historia, y que la democracia, entendida como estilo de liderar, está introduciéndose desde antes de ayer. Y que el hombre ha sido quien ha ostentado el liderazgo durante dos mil años de Historia y la mujer comienza tímidamente a liderar desde antes de ayer. Que el autoritarismo no es un estilo exclusivamente masculino, ni la comunicación, la escucha y el tener en cuenta a otras personas está reservado en exclusiva a las mujeres. Y que se asocie este estilo con las mujeres no me molesta, porque sin duda es un estilo con el que me identifico, y que me gustaría que culturalmente se implantara y desarrollara en todos los ámbitos, pero creo que no es justo atribuírnoslo como un rasgo que esté ligado a nuestro sexo, como algo biológico. Si está asociado a la mujer pienso que se trata en una buena parte a que es un estilo más extendido en el ámbito doméstico, y aún somos una mayoría de mujeres con este ámbito doméstico a las espaldas. Los roles de género terminan influyendo en las personalidades o cualidades de género, y es muy difícil desligar educación y cultura de los rasgos o condicionantes que biológicamente están ligados al sexo.

Cuando durante una buena temporada, y me refiero con esto a varias generaciones, la crianza se lleve a cabo de forma conjunta y equilibrada entre hombres y mujeres, y haya una proporción similar de hombres y mujeres con cargos mandatarios y directivos, en definitiva, cuando no exista una diferenciación significativa de roles en función del sexo, probablemente podamos realizar unas asociaciones más acertadas entre cualidades y rasgos conductuales diferenciales en función de que una persona sea hombre o mujer. Y apuesto a que serán muchos menos de los que se realizan ahora.

En cualquier caso, creo que el estilo al que aludía Pablo Iglesias es el estilo democrático, participativo o incluso transformacional. Claro que quizás, si lo llamamos democrático, muchos piensen, si ya tenemos un estilo democrático, ¿pues no se vota cada cuatro años? y no, se puede tener un sistema democrático y gobernar de forma autoritaria. Y si lo llamamos estilo participativo, supongo que será tachado de perroflauta o populista (que es un adjetivo que ahora se usa para todo aquello que se quiere deslegitimar y ridiculizar, y, con tanta frecuencia que ya no sabe ni qué es), y ya por transformacional se podría llegar a pensar en un insulto, transformacional? eso lo será tu madre. Lo cierto es que es un estilo de liderazgo incipiente, poco conocido -e incomprendido por tanto-, susceptible al fin y al cabo de no ser tomado en serio le ponga uno el nombre que le ponga. Demasiado moderno para el lastre histórico de autocracia, machismo y demás pesos que arrastramos.

(La línea de Euler)

El feminismo y la rabia

La primera vez que escuché la palabra “hembrismo” fue en boca de mi hijo mayor. Habían estado debatiendo en clase de valores éticos acerca del feminismo, de la igualdad de derechos de la mujer, y a raíz de eso al llegar a casa primero me afeó que utilizara la palabra “coñazo” porque se trataba de un micromachismo, y después me preguntó qué opinión me merecía el “hembrismo”. A lo que le contesté con un, ¿y eso qué es? Me contestó que, al igual que el machismo consideraba que el hombre era superior a la mujer y el feminismo el movimiento que los consideraba iguales, el hembrismo era el movimiento de las mujeres que pensaban que eran superiores a los hombres, vamos, como el machismo pero al contrario. A mí fue un movimiento que me pareció extraño y absurdo, aunque alguna vez haya tenido la tentación de pensar acerca de las mujeres desde un plano de superioridad con respecto a los hombres, para qué mentir…

Lo que sí que es cierto es que, en la forma de reivindicar el feminismo, hay voces especialmente rabiosas, que transmiten un resentimiento, y a veces hasta una agresividad con la que yo personalmente no me siento identificada. Yo personalmente, claro, porque yo no he sido víctima de violencia machista, ni de un salario menor al de un compañero de igual cualificación por el hecho de ser mujer, ni de una agresión sexual… no me siento acomplejada por mi condición de mujer, es algo en lo que no pienso, y cuando me planto delante de un hombre o de una mujer lo hago de igual a igual, de la misma forma que no pienso ni me siento condicionada por mi raza en este caso blanca, ni por mi orientación sexual, en este caso heterosexual. Sin embargo, aunque no sufra graves casos de machismo, no es menos cierto que como mínimo convivo con lo que yo llamo el machismo latente. Ese que llevamos asumido por el hecho de cargar con una herencia de dos mil años de historia machista, por no ponernos a sumar años de prehistoria, y que -lo peor de todo-, muchas veces ni siquiera identificamos. Cuando sí que lo identifico me indigno y me cabreo, con resultado de una soflama casera o un artículo un viernes.

Tras la conversación con mi hijo, y una vez descubierto este nuevo término llamado hembrismo, que tiene también el sinónimo de feminazi, y leyendo artículos de personas descritas como tales, llego a la rápida conclusión de que las denominadas hembristas o feminazis no abanderan una supremacía de la mujer o un holocausto macho, o algo por el estilo, sino que es así como tildan a las feministas que se expresan con ese punto de rabia y quizás con cierta agresividad. Una hembrista o feminazi no es más que una feminista cabreada -o indignada-. Nota curiosa, quienes utilizan estos términos, suelen explicar que la rabia de las supuestas hembristas y feminazis es consecuencia de la falta de una buena polla.

¿Aparte del hecho de gozar o no de un buen miembro viril, tiene una mujer razones para el cabreo? Pues sí. El patriarcado existe, me temo. El poder sigue siendo masculino. Los tradicionales roles femeninos y masculinos en las familias se mantienen. La violencia del hombre contra la mujer continúa. La mujer sigue siendo sexualizada y cosificada. Las redes sociales te permiten conocer lo que piensa mucha gente que está fuera de tu círculo más cercano, ese que escoges y llenas de personas inteligentes, cultas, educadas, respetuosas, feministas, y entonces te das cuenta de que el mundo real no es tu círculo, de que el mundo real está lleno de simios, simios en un grado de evolución tan alejado del tuyo que es inútil todo intento de diálogo y de acercamiento o de comprensión entre las partes. Y que para que cambie esa mentalidad la única esperanza es el relevo generacional. Os prometo que ahí fuera hay personas que piensan que una mujer no debería ostentar cargos de responsabilidad y poder, negacionistas de la violencia machista, que españa es para los españoles o que los homosexuales son un error de la naturaleza. Os juro que existen y que son muchos.

Y eso explica, volviendo al feminismo, que todavía hoy por hoy sea necesaria la discriminación positiva, o los cupos. Ojalá no fuera necesario. Ojalá no hiciera falta. Pero la hace. Y también hace falta una visión crítica y concienzuda acerca de los machismos invisibles que perviven y de los que nos somos conscientes. Aunque a veces sintamos la incómoda sensación de vernos reflejados (creo que por eso hay muchas personas que reaccionan a estas denuncias con una gran virulencia, porque se sienten interpelados o interpeladas, y además son tan abundantes que podríamos llegar a verlo hasta cuando no existiera, como a los fantasmas-claro, lo de los dos mil años de historia por no hablar de la prehistoria- y a veces abruma, y cuesta digerirlo, y habiendo tantos machismos mucho más urgentes de resolver para qué desgastarnos con el menos visible, con cosas como el lenguaje publicitario, o con el tratamiento de una determinada noticia, o que si coñazo y cojonudo… Pero todo forma parte de lo mismo. Y solo identificando y tomando conciencia, se podrán ir modificando actitudes.

Por eso, aunque no empatice demasiado con la rabia y el resentimiento -salvo cuando estoy rabiosa y resentida-, agradezco y valoro enormemente el trabajo que realizan aquellas mujeres que dedican todas sus energías en identificar y denunciar el machismo a diario, enfadándose a diario, indignándose a diario, desgastándose a diario, porque gracias a ellas, y a las que se desgastaron antes que ellas, ahora las mujeres tenemos unos derechos y una presencia (en el mundo occidental) que hace cien años eran inimaginables, y gracias a ellas, y a otras que vendrán detrás, quién sabe si dentro de otros cien podremos dejar de hablar de patriarcado, o de machismo.

El tiempo de las mujeres muertas

Esta mañana, de camino al trabajo, iba escuchando en la radio que, en apenas tres días, habían muerto cuatro mujeres a manos de sus parejas o ex parejas. Ninguna de ellas había presentado previamente denuncia por malos tratos. La periodista entrevista a la presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, y le pregunta cuáles cree ella que son las causas de este tipo de violencia, los dichosos por qués.  Esta mujer, que comienza con dificultad porque le parece que es complicado encontrar motivos que expliquen los sucesos, termina apuntando dos ideas. La primera de ellas es que, en general, en la intimidad del hogar sacamos lo peor de nosotros mismos. Y la segunda, y teniendo en cuenta la juventud de muchas de las víctimas, es que aún queda mucho trabajo por hacer en materia de educación, y en este punto se sorprende mucho por la eliminación de la materia de Educación para la Ciudadanía, y es que, según ella, todo esfuerzo para educar en el respeto hacia el ser humano, y en la igualdad entre hombres y mujeres, es poco.

Entonces me puse yo a hacer mi propio análisis de causas, pues a mí también me parece incomprensible, y además y por suerte, absolutamente desconocido e impensable, y dejé de prestar atención a la radio, al tráfico, y demás, y aproveché Euler para ordenar mis reflexiones y escribirlas en voz alta. Eso sí, advierto desde ya que analizando no soy breve.

Lo que estuve pensando es que es difícil encontrar explicaciones en el terreno de lo racional. Racionalmente no existe ningún motivo que justifique tal comportamiento. Sin embargo en el campo de lo emocional hay más por explorar. Pienso que una de las causas principales de la violencia es una incapacidad muy extendida para controlar y neutralizar ciertas emociones. Algunas de las muertes de mujeres, cuando nunca antes existió un maltrato, en otros tiempos habrían sido calificadas como crímenes pasionales. Bajo unas circunstancias que desencadenan ira o miedo, quien las experimenta no es capaz de canalizarlas y controlarlas y se deja llevar por ellas, dando rienda suelta a los instintos violentos que tiene el ser humano. Todos los tenemos. Quien no haya sentido alguna vez con intensidad un instinto desde el fondo de las tripas de golpear, de agredir, de ahogar con las manos a alguien alguna vez en su vida, y notar alterado el ritmo cardíaco, y una rabia que quema y ahoga, la contracción en las mandíbulas,  el puño cerrado, y todo el cuerpo alterado por ls ira que levante la mano. Pero se supone que en la niñez deberíamos haber ido aprendiendo mecanismos de autocontrol para no ceder ante estos impulsos que, si en el arenero nos emoujaban a darle un palazo en la cabeza al niño que nos había quitado el cubo, ahora podrían llevarnos a matar al malnacido que se ha saltado el stop y casi provoca un accidente en el que podría haber resultado herido algún ser querido, o al jefe que ha decidido humillarnos públicamente una vez más, o al hijo que ha montado un escándalo en el supermercado, o a la pareja, que se pasa los días reprochándolo todo, o…

Pero sigo pensando: si el problema es el de una falta de control de emociones, ¿por qué afecta principalmente a los hombres?

Pues yo creo que por dos motivos. Por un lado por uno natural, y es la diferencia entre hombres y mujeres, esa igualdad biológica que pretendemos y que sin embargo y por pura observación nos hace constatar que los hombres y las mujeres nos diferenciamos en algo más que en los genitales. Por regla general los hombres son menos comunicativos que las mujeres, les cuesta más ponerle nombre a las emociones y compartirlas, están más expuestos, les bloquean más fácilmente. Y por otro, los hombres son en general más violentos que las mujeres. Ya desde la infancia, los niños disfrutan más a menudo con juegos bélicos que las niñas. De modo que la mezcla de un hombre que no ha conseguido suficiente autocontrol sobre sus emociones, y con un instinto violento que le pone la naturaleza encima, quizás para que sea capaz de cazar bisontes o defender a su tribu con un palo, armas de supervivencia que hoy en día han quedado obsoletas, -quién le iba a decir a la Naturaleza que para sobrevivir el hombre tendría que ponerse una corbata y que la comida saldría del supermercado- , esa mezcla de falta de autocontrol y violencia genera un ser potencialmente peligroso.

Pero eso por sí solo no explica que la violencia se centre únicamente en la mujer, y de entre todas las mujeres, en la compañera. Aquí interviene el factor cultural, que aún tiene poso. Tenemos una herencia de milenios en los que la que la mujer ha sido considerada inferior al hombre, de hecho sólo desde hace un puñado de años tenemos los mismos derechos civiles, y no en todas partes: en algunos países  aún no se han equiparado. Las mujeres formaban parte del patrimonio del hombre. Como los hijos. Como los animales. Como la casa.  Y hacia ellas existía la misma condescendencia que se tiene con los seres inferiores, que necesitan protección pero a veces también aleccionamiento. Y hasta hace bien poco era tan aceptado el hecho de que un niño recibiera un azote como reprimenda a que lo recibiera la mujer si es que lo “merecía”. EL otro día, leyendo a Nabokov, todavía me sorprendía con las declaraciones de Humbert Humbert, cuando su mujer, con la que se había casado sin amor y tan sólo para reprimir y disimular su deseo por las nínfulas, le confiesa estar enamorada de otro hombre,  él dice algo así como “si de verdad quisiera haber resultado un marido creíble debería haberla abofeteado en plena calle”. Y pensé que mientras a mí esta observación me había rechinado,  muy posiblemente a los lectores coetáneos a Nabokov esta reflexión no les habría llamado en absoluto la atención. La novela se publicó en 1955.

Parece factible que hoy en día, si unimos esa condescendencia que arrastramos y que lleva a que -consciente o inconscientemente- algunos hombres aún perciban a la mujer como un ser débil y dependiente susceptible de ser poseído en propiedad. Si ese ser un día decide tomar sus propias decisiones,  incluso la de poner fin a la convivencia. Si esta decisión genera en el hombre emociones tales como la ira y el miedo (todo su patrimonio de hombre: mujer, casa, hijos…. de pronto corre peligro). Si es uno de esos que además no han aprendido a gestionar emociones tan intensas, y si todo esto lo aderezamos con un instinto violento, parece factible que la tragedia esté servida.

Sé que estoy poniéndome intensa, pero es que aún estuve reflexionando a raíz de esto acerca de la violencia con los hijos, lo que comúnmente se llama castigo físico. Podemos racionalizar y justificarlo con el argumento de que un buen azote no traumatiza y es efectivo para eliminar ciertas malas conductas en los niños. Pero por experiencia propia, he de reconocer que cuando en alguna ocasión he dado un azote o una bofetada no ha sido tras una reflexión pausada que me llevara a la conclusión serena de que un azote era la manera más pedagógica de modificar una mala conducta. El miedo y la crueldad son efectivas, lo cual no significa que no haya alternativas mejores. Cuando alguna vez les he dado un azote no he pensado nada en absoluto, el azote ha salido tras una pérdida de nervios. Como adulta que soy no he sido capaz de controlar un conflicto, una situación se me ha ido de las manos y mis emociones me han desbordado, y el azote ha llegado como consecuencia de eso y no de ninguna racionalidad. Sin embargo, ¿por qué me controlo cuando me irrita cualquier otra persona y no cuando lo han hecho mis propios hijos? Supongo que, además de que los hijos tenemos una habilidad sublime para producir irritación ;-), por esa propia herencia que llevamos, la de la cultura del buen azote, la condescendencia hacia el hijo, al que no vemos como igual, sino como aspirante a igual, como a esa pequeña personita a la que proteger y de cuya educación y comportamiento somos responsables. Y una vez que los nervios se han calmado y que vuelve la razón, aparece también la culpa por ese azote, aparece el reconocimiento del fallo, el verdadero por qué, que no estaba en la conducta del hijo sino en esa pérdida de nervios, el fallo de autocontrol, la incapacidad para haber resuelto un conflicto de una forma mejor y posiblemente más efectiva que el azote ocasional, que aunque no duela humilla y hace sentir menos valorado, pero que se sobrelleva porque algún que otro azote aún se siguen llevando la gran mayoría de los niños, y eso “normaliza” la práctica, y porque además los hijos suelen ser justos y quieren y valoran y juzgan a los padres por el día a día más que por los fallos puntuales, y son nobles y de perdón fácil. Quizás dentro de cincuenta años alguien se escandalice cuando lea esto, como ahora nos escandalizamos con las historias de los reglazos en las manos de los colegios de otras infancias, y hay del profesor que hoy en día utilice prácticas de la vieja escuela. O de las lecturas de abofetear a la esposa por abandonar al marido.

Y después de todos estos por qués, las soluciones. Lamentablemente a corto plazo veo pocas formas de evitar la tragedia, tan solo que se establezcan mecanismos de protección para las mujeres que se encuentran en una situación vulnerable, porque, o bien sufran un maltrato constante y hayan decidido denunciarlo, o bien estén ante una situación de ruptura que su pareja esté siendo incapaz de aceptar.

Creo que por un lado es necesario que pasen los años, y que los niños de hoy vean cada vez de forma más aislada esa condescendencia hacia la mujer como ser débil, inferior, susceptible de poseer y aleccionar, y lo que mamen sea un trato de igual a igual. Y que en general a su alrededor vivan el respeto, y que los conflictos que se producen en su entorno se resuelvan mediante diálogo, comunicación, y, si son dentro del núcleo familiar, además con cariño. Y por otro lado, es evidente que en las escuelas aprendemos un montón de conceptos, y a ser muy productivos, y muy competitivos, y todas esas virtudes que buscan en sus legislaciones educativas los gobiernos,  pero a veces dejamos de lado aspectos tan importantes como el aprendizaje emocional. Es necesario poner nombre a lo que sentimos, -porque todos sentimos rabia, ira, miedo o tristeza- y aprender a identificar las emociones para poderlas manejar, aprender qué situaciones las desencadenan y buscar los por qués, y hablar de ello y compartirlo, y controlarlo, canalizarlo. Conocerse para poder mejorar, y sufrir menos, y hacer sufrir menos. Y sí, todo esto se educa. Sin golpes. Y lleva tiempo. El tiempo que no tienen las mujeres muertas.