Buenos y malos (III)

Hoy, una escena en la calle me ha hecho pensar en aquella miniserie de Ariadna, con sólo dos capítulos, que se denominaba «buenos y malos«. En realidad no estoy segura de que ésta sea  una historia de buenos y malos.  En realidad no sé si el título está traído por los pelos. En realidad no sé más que lo que vi, y que lo que vi me recordó a sus dos escritos. Así que ahí queda ese título, si no como referencia a aquello que me dispongo a contar, sí al menos como homenaje a mi amiga y a la asociación de ideas.

Bien. La historia comienza cuando, caminando hacia casa con mis hijos, nos llaman la atención unas voces que llegan desde  la acera de enfrente. Un chico joven, guapo, fuerte y con ropa deportiva se dirige a gritos a otro, un yonki de esa edad indeterminada que tienen los yonkis, delgadez de yonki, ropa de yonki, aspecto enfermo de yonki. Parece ser que el yonki ha tratado de robarle algo.

Ya lo tenemos. Una víctima y  un ladrón,  un bueno y  un malo. Acabo de justificar mi asociación de ideas (y el título). Pero sigamos con la escena, que yo rara vez soy tan escueta, ni aún habiendo logrado mis propósitos:

El joven corre tras el yonki, reprochándole su intento de hurto a la voz de «hijo de puta, te he visto, me lo querías quitar, me lo querías quitar, quieto ahí… a tomar por culo,  ahora te vas a enterar». Supongo que es entonces cuando el bueno quiere pasar de ser víctima a ser héroe, y detener con ese cuerpo que dios le ha dado al delincuente,  evitando de ese modo que el susodicho trate de cometer un nuevo delito, protegiendo a la sociedad en su conjunto.

El ladrón yonki corre también, y cruza la calle de cuatro carriles suplicando «no he sido yo, no he sido yo, déjame en paz!». El joven deportista lo alcanza sin mayores problemas casi en nuestras narices, lo zarandea, lo tira al suelo sin dejar de insultarlo y grita que está llamando a la policía. Hay que decir que no escatima ni  energía ni furia. Todo fuera por el bien común. O por desahogo. Aprieto la mano de mi hijo pequeño y también el paso.

No me caben muchas dudas de que el yonki era culpable de un intento de hurto, pero  ante la visión de su fragilidad frente a la ira del deportista y  semejante desproporción entre su cuerpo deshecho y el del respetable ciudadano de bien que lo sujetaba, me sentí agredida.

¿No se supone que uno debe sentir simpatía por los buenos y aversión por los malos? ¿Y cuando no es así? ¿Y cuando un malo no parece tan malo ni un bueno tan bueno?  ¿Cambian las circunstancias los hechos, o sólo el veredicto? ¿Habría preferido yo que hubiera ganado el malo? Supongo que no, que no es eso.  Pero eché de menos algo de compasión.

Y ahora vamos conmigo: ¿no debería yo, ya que lo que vi no me gustó, haber intervenido intentando calmar al chico,  en lugar de apretar el paso para dejar de verlo? ¿Eso en qué me convierte? ¿En buena o en mala?

¿Quién hace el juicio?

Cuando por fin llegamos a casa, después de haber contestado a un millón de cuestiones como  qué es un yonki, qué le iba a pasar al ladrón cuando llegara la policía, que no, que el teléfono de emergencias no es 221 sino 112, qué es una emergencia, o que sí, que dos unos y un dos es ciento doce…  mi hijo pequeño me dijo que le había dado mucho miedo.

Mamá, me ha dado mucho mucho miedo.

¿El qué, el ladrón? -le pregunté.

No, el bueno. Contestó.