Las palabras son muy útiles casi siempre. Salvo cuando se intenta buscarlas para explicar sentimientos que son más grandes que ellas. Que son más grandes que el pequeño ser humano y que hacen que el pequeño ser humano sea grande.
Categoría: Reflexiones
Binta y la gran idea

Organizar esta actividad me ha dado la oportunidad de ver de nuevo este corto y sonreír con él. De ilusionarme pensándola. De hablar con Sergio Martín, que ha puesto La luna de Madrid y su amabilidad a nuestra disposición. De contactar con Javier Fesser que ha puesto el corto y sus palabras de apoyo a nuestra disposición. De hacer con mis medios rudimentarios el cartel para presentar la proyección del corto.
Tengo suerte. Me ha dado mucho.
Ahora sólo queda compartir el momento este viernes.
Magia e Ilusionismo
Mark Wilson, en su libro «Curso de magia», narra, entre otras cosas, qué ha hecho la magia por él. Cuenta que en la escuela era un chico tímido, poco corpulento, no muy bueno en los deportes…. sentía que era una persona intrínsecamente poco talentosa, que nadie le odiaba pero que no parecía gustarle tampoco a nadie, y que apenas tenía vida social. Entonces vio una actuación de magia y quedó fascinado. Consiguió libros y se puso a aprender trucos sencillos que puso en práctica para sus compañeros de clase. De pronto todos comenzaron a juntarse a su alrededor… su magia les gustaba. Continuó aprendiendo nuevos trucos, y en la universidad le invitaban constantemente a fiestas y siempre estaba rodeado de gente entusiasmada con sus actuaciones. De modo que llegó un momento en el que se dijo que todos le querían porque era un tipo fabuloso, y que ya no necesitaba la magia.
Pero no fue así. Mark cuenta que tan pronto como dejó de actuar para sus amigos, volvió paulatinamente a, de nuevo, quedarse solo. Y cuenta también que aprendió la lección, y que nunca más apartó la magia de su vida, y que ésta siempre le ayudó a ser exitoso, incluso en el momento en el que escribe el libro, en que declara ser un abuelo feliz, el favorito de sus nietos gracias a sus trucos.
A mí esto me ha hecho pensar varias cosas. La primera de ellas es si de verdad ser intrínsecamente talentoso es garantía de ser querido. Bueno, sí, sí que lo es. Pero de la misma forma en que lo es la magia. Con truco. Si la gente que está a mi alrededor me quiere porque soy un gran jugador de fútbol, porque hago unos dibujos excelentes, porque tengo una inteligencia deslumbrante, porque soy un virtuoso de la guitarra, porque soy un gran profesional en lo mío, en el momento en el que deje de hacer aquello por lo que me quieren, dejarán de quererme. Porque no me quieren esencialmente a mí, sino a mis habilidades. Y me hizo pensar en la trampa que supone el buscar desesperadamente el cariño, la admiración, el respeto, y, más íntimamente, satisfacer la necesidad de afecto o amor de esa forma. Porque me da la impresión de que está muy alejada de tener que ver con la felicidad.
También me ha hecho pensar en la magia en sí. La magia de la que habla Mark es aquella con la que se nos muestran sucesos maravillosos. Para ello utilizan conocimientos acerca del funcionamiento de la mente humana que posibilitan con ciertos trucos o trampas, el crearnos una ilusión. Porque en realidad no ha sucedido nada maravilloso. En realidad nadie ha levitado, en realidad no cortaron en dos a la mujer, en realidad no cortaron la cuerda, en realidad no convierten papelitos en billetes de curso legal, en realidad no son capaces de hacer desaparecer nada, o de hacerlo aparecer. Esa magia no existe. Es sólo una ilusión. Y me parece que apoderarse del término magia es prostituirlo. Llamadlo ilusión, no lo llaméis magia. Porque yo sí creo en la magia, pero en la de verdad, en la que existe. Aunque a quienes la practiquen no se les llame magos, y sean personas con apariencia normal. Que no llevan chistera, ni salen por la tele, ni se suben en escenarios, ni se sirven de ella para buscar reconocimiento. Que es sutil. Pero es. Y yo lo sé, porque la veo constantemente a mi alrededor.
Creo en la magia de una sonrisa que tiene el poder hacer luz, de miradas que leen el pensamiento, de la amistad que transforma una oficina en sala de estar, de abrazos que hacen desaparecer la tristeza, de generosidad que hace aparecer la esperanza, de personas que dejan tras de sí un mundo más humano, más fácil, mejor. Y quizá practicar esta magia sí esté más cerca de la felicidad. Y del amor. Porque no hay trucos en ella. No es interesada. No es un medio. Es un fin.
La paradoja
Es curioso lo sumamente felices que nos hace sentirnos únicos en el mundo. ¿Y quién no ha hecho alguna vez una reflexión, o generado una opinión, o tenido un pensamiento realmente original y no se haya sentido feliz por lo que eso implicaba, el ser diferente y único entre todos los demás seres?
Entonces ocurre algo insólito, y es que un día, compartiendo esa idea, ese punto de vista, esa opinión, aparece una persona que piensa exactamente lo mismo. Y, a pesar de que pudiera parecer irracional-o a pesar de que lo sea- ese momento es un éxtasis, y el cuerpo se sacude con otra felicidad diferente, la de sentirse en comunión con alguien, formando parte de algo. La de no estar solos, no ser solos.
Y a veces me paro a pensar en lo contradictorio que resulta que precisamente esa conexión que nos roba la sensación de ser únicos en el mundo no nos arrebata la felicidad primera, sino que la multiplica.
Y pienso en lo difícil que resulta el equilibrio con esta naturaleza nuestra tan compleja, que nos empuja a vivir armonizando permanentemente necesidades tan opuestas como lo son el YO y el NOSOTROS.
Corazón y cabeza
Ayer, buscando un ensayo interesante para mis hipotéticos alumnos, cogí Ideas y creencias de Ortega y Gasset. Y encontré «Estudios sobre el corazón» subrayado por mí, trece años atrás. Había marcado lo siguiente:
1. Corazón y cabeza
«La cultura ha progresado, se dice. Falso, falso. Eso no es la cultura, es sólo una dimensión de la cultura, es la cultura intelectual. Y mientras se progresaba tanto en ésta, mientras se acumulaban ciencias, noticias, saberes sobre el mundo y se pulía la técnica con que dominamos la materia, se desatendía por completo el cultivo de otras zonas del ser humano que no son intelecto, cabeza: sobretodo, se dejaba a la deriva el corazón. (…)
(…) En el Renacimiento, dominaba plenamente el intelectualismo: todo lo bueno se esperaba de la cabeza. Hoy, en cambio, comenzamos a entrever que esto no es verdad, que en un sentido muy concreto y rigoroso la raíces de la cabeza están en el corazón. (…)
(…) Todo lo que haya en nosotros que no sea conocimiento supone a este y le es posterior. Los sentimientos, los amores y los odios, el querer o no querer suponen el previo conocimiento del objeto. ¿Cómo amar lo ignoto? ¿Cómo desearlo?(…)
(…) Pues bien, yo me pregunto: ¿Amamos lo que amamos porque lo hemos visto antes o en algún serio sentido cabe decir que vemos lo que vemos porque antes de verlo lo amábamos ya? (…)
(…) Para ver, en suma, es preciso fijarse. Pero fijarse es precisamente buscar el objeto de antemano y es como un preverlo antes de verlo. (…) La atención no es otra cosa que una preferencia anticipada. (…)
(…) No somos, pues, en última instancia conocimiento, puesto que éste depende de un sistema de preferencias que más profundo y anterior existe en nosotros. Una parte de ese sistema de preferencias nos es común a todos los hombres, y gracias a ello reconocemos la comunidad de nuestra especie, y en alguna medida conseguimos entendernos; pero sobre esa base común cada raza y cada época y cada individuo ponen su modulación particular del preferir, y esto es lo que nos separa, nos diferencia y nos individualiza, lo que hace que sea imposible comunicar enteramente con otro. (…) Las almas, como astros mudos, ruedan las unas sobre las otras, pero siempre las unas fuera de las otras condenaddas a perpetua soledad radical. Al menos, poco puede estimarse a la persona que no ha descendido alguna vez a ese fondo último de sí misma, donde se encuentra irremediablemente sola.»
Y me emocionó sentirme tan identificada conmigo misma.
Ya tengo texto para la clase.
