El miedo a la libertad. I

El hombre moderno

«Piensa, siente y quiere lo que él cree que los demás suponen que debe pensar, sentir y querer. y en este proceso pierde su propio yo, que debería constituir el fundamento de toda seguridad genuina del individuo libre.

(…)

Al adaptarnos a las expectativas de los demás, al tratar de no ser diferentes, logramos acallar aquellas dudas acerca de nuestra identidad y ganamos así cierto grado de seguridad. Sin embargo, el precio de todo ello es alto. La consecuencia de este abandono de la espontaneidad y de la individualidad es la frustración de la vida. El autómata, si bien está vivo biológicamente, no lo está ni mental ni emocionalmente. Su vida se le escurre entre las manos como la arena.

(…)

¿Cuál es el significado de la libertad para el hombre moderno?

Se ha liberado de los vínculos exteriores que le hubieran impedido obrar y pensar de acuerdo con lo que había considerado adecuado. Ahora sería libre de actuar según su propia voluntad, si supiera lo que quiere, piensa y siente. Pero no lo sabe. Y adopta un yo que no le pertenece. Cuanto más procede de este modo, tanto más se siente forzado a conformar su conducta a la expectativa ajena.

El hombre moderno está abrumado por un profundo sentimiento de impotencia que le hace mirar fijamente y como paralizado las catástrofes que se avecinan.»

El miedo a la libertad.

Erich Fromm

La Maga

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas.

Rayuela, Julio Cortázar

 

Viernes

«Anna: People like us, half of them think it will
never work out. The other half believe in magic.»
Beginners

Felicidades, Miguel.

Miércoles

«Esta piedra es una piedra, pero es también animal, también es Dios, también es Buda; la amo y la respeto no porque algún día pueda ser esto o lo otro, sino porque es y siempre ha sido todo. Y la amo precisamente por esto, porque es piedra y en este momento se me presenta como tal; y descubro un valor y un sentido en cada una de sus venas y concavidades, en el amarillo, en el gris, en la dureza, en el sonido que emite cuando la golpeo, en la sequedad o en la humedad de su superficie. «

Siddhartha, Herman Hesse

Caracol manzana

Abrir la prensa es a veces una tortura de titulares que tienen que ver con la crisis del euro, la corrupción política, las primas de riesgo, y el apocalipsis en general. Pero el pasado lunes sí encontré una noticia interesante que me mereció la pena leer al completo y que captó todo mi interés. En ella hablaban de un animalillo, el caracol manzana, que bajo su inocente nombre, y su inocente apariencia, con su concha, sus colores, y sus cuernos al sol, esconde una hasta ahora desconocida pero malvada plaga de devoradores insaciables que están asolando el valle del Ebro, y otras partes del planeta.

Uno de los mayores poderes de la plaga, además de comerse las cosechas de arroz, es su indestructibilidad.  Según el artículo, el gobierno ha destinado tres millones y medio de euros en inventar formas para destruir al entrañable caracol manzana y su prole, fracasando con todas ellas. Los expertos han probado a secar los márgenes afectados del río, llenar los desagües con cal viva, regar los arrozales con saponina tóxica, y rociar a los caracoles con un aceite que les impide respirar,  pero todos esos esfuerzos han sido en vano. Hasta ahora, el malvado caracol manzana ha demostrado una inmortalidad sin fisuras. Cito textualmente las declaraciones del biólogo indio, un tal Joshi, experto en  caracoles manzana: “Ningún país ha logrado erradicar esta plaga”, cuya intención supongo que es consolar a los valerosos ciudadanos que han sido derrotados por el bichito con el clásico sistema del mal de muchos.

Sigue con su consuelo, pues afirma el biólogo que, si bien no han conseguido erradicar la plaga, el mero hecho de que no se haya extendido al resto del país ni del continente, es ya una gran victoria. La humanidad entera está en grave riesgo (esto último lo digo yo por deducción.)

La cosa es que, y vuelvo a citar el artículo, “no existe una solución industrial para erradicarlos, sólo queda zambullirse en el agua y destrozarlos con las manos”.  Eso rápidamente me lleva a pensar que quizá podría ser una gran oportunidad para reinventarnos, y hacer de nuestra larga lista de parados un ejército de valerosos guerreros que podrían salvar el delta del Ebro, y crecidos con dicha victoria, podrían extender la salvación al resto del continente, y por último a la humanidad al completo. Porque, con semejante poder de destrucción del poderoso y maléfico caracol manzana –y prole-, no me extrañaría nada que todo el tema de la crisis fuera en realidad una cortina de humo que han utilizado los políticos para no alarmar a la población civil con esta plaga que nos amenaza, y evitar así las terribles consecuencias del pánico.

De hecho, y ahora que lo pienso de una forma más global, y tomando perspectiva espacio-temporal, quién no nos dice que todos los desastres ecológicos de autoría humana no pudieran ser  daños colaterales de esa encomiable y nunca suficientemente valorada lucha por terminar con el malvado caracol manzana…

Y no puedo evitar sentirme en deuda con ese animalillo baboso, porque desde que lo he descubierto, todo parece tener algún sentido. Gracias, gracias de verdad, querido caracol manzana.