El máximo beneficio

A mí lo que me gustaría analizar es el modelo económico actual en su conjunto. Los precios como lugar donde se cruzan oferta y demanda, o las teorías económicas acerca del pleno empleo, no son más que parte de un modelo cuyo principio fundamental, bajo el cual se fundamenta todo lo demás, es la obtención del máximo beneficio. Del máximo beneficio económico -aunque parezca un absurdo esta puntualización es una clave importante: el resto de los beneficios quedan supeditados al económico (sociales, sanitarios, educativos…)-.  Y esta forma de entender el mundo determina nuestra cultura, nuestra organización de la sociedad, nuestros valores y nuestro comportamiento. Es una filosofía de vida.

Carmen no se explicaba por qué un futbolista de élite ganaba mucho más dinero que un médico, cuando uno de ellos practica un deporte mientras el otro salva vidas. Esto es muy sencillo. En la sociedad en que vivimos, con el modelo económico que rige nuestras vidas, una persona o cosa vale más o menos en función de su capacidad para producir dinero. Así lo aprendimos y así  lo enseñamos a nuestros hijos desde pequeños, dándole una prioridad absoluta a su formación en aquellas materias que después les harán ser valorados en el mercado laboral.

Lo importante es ganar lo máximo posible, y en esta empresa somos meros medios de producción, medios para conseguir un fin -económico- y es esto lo que se mide, y esto es lo que se valora . Ya seas empresa o persona física. Ganar lo máximo posible. Lo necesites o no. Y aquí viene otra piedra angular. Lo necesites o no. ¿Para qué el máximo beneficio económico si con uno menor sería suficiente? Quizá esto sea complicado de ver cuando hemos mamado esta leche y así es como conocemos la vida, al igual que en el siglo XII nadie se cuestionaba una sociedad diferente de la estamental, pero hagamos el esfuerzo.

Vamos a intentar mirarnos desde fuera, como especie. Es decir, nos alejamos del mundo, cogemos una lupa y vemos que en la bola azul hay perros, gatos, hormigas, seres humanos, otra serie de bichos y vegetales varios, que nacen, crecen, se reproducen y mueren, mientras la bola azul sigue ahí, girando, mientras no deja de nacer y morir gente allí. Vale, cogemos entonces a un ser humano en medio de una entrevista de trabajo donde le están ofreciendo por prestar sus servicios un salario de un millón de euros al año. Brutos. El ser humano está encantado, acepta sin poner pegas, regresa a su casa contento y les comenta a sus padres lo que acaba de conseguir, quienes, muy orgullosos se encargan de hacer eco de la valía de su vástago. Hace entonces su maleta, se compra un chalet de cuatro mil metros cuadrados, y tres coches deportivos  que le hacen juego con sus diferentes estados de ánimo.

¿Para qué puede querer ese ser pequeño que nace, crece se reproduce y muere -sí, muere- en esa bola azul que después habitarán tantos otros, una casa de 4.000 metros cuadrados y tres coches, y qué se yo cuántas cosas más? Es posible que con el ejemplo puesto sea sencillo, pero a medida que nos vamos arrimando a ejemplos  más cercanos nos cuesta más trabajo cuestionarnos la suficiencia y la necesidad (¿de verdad necesito dos coches, incluso uno, más ropa de la que soy capaz de gastar, comer de más para luego hacer dieta, el móvil de última generación, o tres televisores?). Pero más trabajo que eso incluso nos costaría volver al ejemplo de la entrevista e imaginar la siguiente reacción en nuestro hombre: al ofrecerle un millón de euros, nuestro protagonista ficticio dice que sólo aceptará si le reducen el sueldo a 30.000, pues es lo que necesita para vivir. Todos pensaríamos que es un ser irracional, ya que ha seguido una racionalidad diferente a la del máximo beneficio, que es la nuestra. Pero, ¿de verdad es irracional? ¿no es más irracional lo contrario? ¿no deberíamos poner al menos en tela de juicio la racionalidad del máximo beneficio?

Sintiéndolo mucho, y aunque la ética y la moral sean conceptos abstractos y subjetivos, la ética y la moral están en juego a la hora de establecer y seguir un modelo económico. Porque resulta que esta bola azul en donde tantos hemos nacido, crecemos, nos reproducimos y morimos, tiene recursos limitados.  Si los recursos fueran ilimitados, la decisión de aceptar el millón de euros como sueldo del ejemplo extremo anterior, sería tan sólo una cuestión de racionalidad: si se trata de un homo economicus lo aceptará aunque no sea capaz de gastarlo y no necesite para vivir dignamente ni una décima parte, y se le considerará racional. Como yo estoy como un cencerro, pienso que lo racional sería que aceptara sólo lo que necesita.     Pero vamos a la parte donde entra en juego la ética: si los recursos de la bola azul son limitados, el que nuestro hombre acepte alegremente tener mucho más de lo que necesita implica necesariamente que otro ser u otros seres, tendrán menos de lo que necesitan. ¿Hay o no hay una cuestión ética? ¿No tiene que ver la ética con una distribución equitativa y sostenible de recursos que nos permita a todos nacer, crecer, reproducirnos y morir con un mínimo de dignidad -alimento, alojamiento, atención médica, y algo de tiempo para el cariño, el entretenimiento y el desarrollo personal?- y no sólo a nosotros sino a quienes vengan después? ¿Qué es lo necesario? ¿Qué es lo suficiente?

Quizá, uno de los primeros pasos para diseñar un modelo económico que conlleve otra filosofía de vida y otra forma de entenderla en la que el ser humano -así como cualquier otro ser o bien- deje de ser un medio de obtención de riquezas, y sea concebido como un fin en sí mismo, y que lo justo de un precio provenga de justicia y no del punto donde se cruzan oferta y demanda, sería quizás el darle una vuelta al concepto de beneficio suficiente o beneficio necesario, hasta incluso revisar el concepto de racionalidad, si nos sintiéramos con la osadía suficiente. Qué, ¿empezamos?

http://lalineadeeuler.wordpress.com/

La libreta y la memoria

A veces me maravillan los mecanismos de nuestra memoria, y cómo tienen que ver con el interés.

Una amiga a la que quiero mucho me sorprendió un día con una práctica que me pareció cuanto menos curiosa:  anotaba en una libreta las cosas malas que le habían ocurrido con su pareja, aspectos negativos de él, situaciones o reacciones que le habían dolido, etc… Me explicó que hacía eso porque tendía a olvidarlo, y a ver y recordar sólo lo que a ella le interesaba: lo bonito, de forma que terminaba idealizando a la pareja. Y después, el choque con la realidad en todas sus dimensiones era brutal. De modo que de vez en cuando leía en su libreta la lista de pegas, y así se sujetaba a la realidad en su doble faceta. Claro que, si acudía a la libreta cada vez que tenía que hacer un nuevo apunte, es decir, en un mal momento, y se leía la cola de apuntes anteriores… quizá la realidad en ese momento sólo fuera negra. Supongo que ella tiene una cabeza que quiere ver una realidad blanca, y una libreta con una lista que la convierte en negra. ¿Entre las dos quizá se compensan?

La memoria es un recurso importante, porque nos ayuda a interpretar la realidad. ¿Quién no ha tenido un profesor de Historia que no le justificara la importancia de su asignatura con el consabido «no se puede entender el presente sin conocer el pasado»? El pasado nos da perspectiva, nos da muchas pistas acerca del por qué hoy somos como somos y estamos como estamos, y, siendo optimistas, nos da la oportunidad de aprender tanto de los logros, para insistir en ellos, como de los errores, para rectificarlos cuando es posible o para no volver a cometerlos -si es que pudiéramos evitar aquello de tropezar una y otra vez con la misma piedra-

El problema de la memoria es que no es del todo fiable, porque la manejamos nosotros. Nosotros decidimos muchas veces qué recordamos o qué olvidamos (consciente o incosncientemente), porque siempre tenemos alguna motivación o interés que nos impulsa a seleccionar unos recuerdos en detrimento de otros. Y como nuestros intereses nos incitan a seleccionar, he observado que predominan dos tendencias a la hora de ir construyendo nuestros recuerdos a largo plazo, o memoria histórica, y de que ambas tendencias pecan de maniqueas. O recordamos sólo lo bueno, idealizando, o recordamos sólo lo malo, demonizando. Los resultados de ambas son injustos, y además generan sufrimiento.

Pero también he observado una tercera tendencia en cuanto a los recuerdos. El de eliminarlos todos y no guardarnos nada.  Alguna vez  esa eliminación total es de forma inconsciente, gracias a algún tipo de mecanismo de defensa que elimina traumas terribles que podrían llegar a impedir continuar con la vida. Ojalá yo dispusiera de ese mecanismo y lo supiera, y oye, si algún día me sucede algo terrible, de lo terrible de verdad, de esas cosas que impedirían que continuara con la vida, al menos con la vida tal y como la conocía, mi mecanismo acabaría con ese recuerdo, y yo podría seguir siendo feliz. Como podría ser por ejemplo que un terrorista matara a un hijo mío, o sufrir torturas y violaciones por motivos políticos, o presenciar en mi más tierna infancia los cuerpos de mis padres lanzados junto con otros en una fosa común, no sin antes haber estado presente durante su ejecución. Cosillas de esas traumáticas. Pues nada oye, que teniendo ese mecanismo natural, no habría más que pulsar el botón de olvido total, y a seguir con la felicidad, que la vida son dos días.

Sin embargo ese tipo de eliminación inconsciente funciona pocas veces, y toca arrastrar esos traumas, y vivir una vida que no es vida. Así que cuando hablamos de eliminación total suele ser consciente y así, suprimimos la memoria histórica para quedarnos sólo con los sucesos recientes. Y al interpretarlos perdemos perspectiva. Muchas veces nos la cargamos ante sucesos recientes que podrían llegar a considerarse cagadas, o que, según nuestros intereses queremos interpretar como cagadas, pero sin hacer uso de la memoria para esa interpretación.

Y a lo quería llegar con todo esto, es que me maravilla hasta qué punto importa poco todo lo bueno que haya podido hacer una persona a lo largo de su vida, que como la cague una vez, una sola vez, aunque sea parcialmente, aunque sea una cagada discutible si es que convertirlo en cagada interesara de verdad, todo lo bueno quedará en el olvido.  Nos puede pasar a todos. Nadie está a salvo. Ni una madre que haya dedicado gran parte de su vida y esfuerzos a sus hijos, ni un empleado que ha desempeñado con diligencia y rigor su trabajo toda su vida, ni un amigo que ha compartido un millón de aventuras y ha puesto un millón de veces su hombro, ni un deportista que ha hecho vibrar durante unas cuantas temporadas, ni un juez que ha tenido el coraje de enfrentarse con narcotraficantes, terroristas, crímenes dictatoriales sin importar las fronteras, crímenes de guerra…..

Así que creo que mi amiga era muy sabia con el tema de la libreta. Aunque yo lo apuntaría todo, lo bueno y lo malo, -por si acaso- y así interpretar con perspectiva. Los mecanismos de nuestra memoria histórica, definitivamente, no son de fiar.

http://lalineadeeuler.wordpress.com/2012/02/10/doble-o-nada/

Elegir y elegirnos

¿Por qué no todas las personas de nuestro entorno nos conocen de la misma forma? Creo que hay una respuesta. Creo que además de la imagen subjetiva que quienes tenemos a nuestro alrededor se forman acerca de nosotros mismos, también hay que añadir un hecho fundamental e impepinable. Y es que tampoco nosotros somos iguales con unas personas que con otras. ¿Quién no ha tenido esa sensación con ciertas personas a las que quizá acaba de conocer de poder abrirse y hablar con ellas como si las conociera de toda la vida? ¿O quién no tiene cerca personas a las que conoce,  puede incluso que de toda la vida, y con las que por alguna razón es imposible el hablar de nada que no sea superficial?

Y creo que hoy voy a escribir a base de preguntas -si es que yo ya lo he dicho muchas veces, que más que respuestas lo que tengo son preguntas-. Porque no es sólo una cuestión de por qué con ciertos seres la relación que se establece es de una superficialidad inquebrantable y con otros de una profundidad tal que no queda un sólo resquicio de pensamiento íntimo, de sueños, dolor, orgullo o vergüenza que quede por compartir. No. La cuestión va más allá de que haya personas con las que es sencillo compartirse y otras con las que existe un muro de Berlín, y es que hasta nuestro carácter es variable en función de con quien interactuemos. Hay personas que estimulan en nosotros el ingenio, el sentido del humor, la creatividad, la energía, el optimismo o la generosidad … y otras nos hacen irritables, agresivos, cínicos, e incluso pueden llegar a despertar al asesino que llevamos dentro.

¿Será que nosotros no somos sólo nosotros, así en absoluto, sino nosotros con los demás, y que las personas que nos rodean influyen en nuestra propia identidad?

Porque no se trata sólo de cómo nos ven quienes están a nuestro alrededor. Sino también de cómo nos vemos nosotros con ellos. Yo me gusto más cuando estoy con ciertas personas que con otras. Es algo de lo que me di cuenta hace mucho, y que me hacía sentir confusa. (¿Cómo soy yo realmente: como cuando estoy con fulanito, como cuando estoy con pepita, como cuando estoy sola, cómo me gusto más, con quién me reconozco?). Hay personas que sacan lo mejor de mí,  otras tienen el efecto contrario, y otras, sencillamente, me dejan igual. Tras el contacto con las primeras me siento mejor, segura, estimulan en mí sentimientos, actitudes y comportamientos que hacen que me sienta orgullosa, que esté más a gusto conmigo misma y que  me reconozca.  Tras el contacto con las segundas me siento avergonzada, o fingidora, a veces reniego de mis actos, de mi acritud, de mi enfado, no me gusto;  reniego de mí. Tras el contacto con las terceras simplemente tengo la sensación de que he perdido el tiempo.

¿Significa eso que eligiendo a las personas que pasan a formar parte de nuestra vida también nos estamos eligiendo a nosotros mismos?

¿Merece la pena elegir? ¿Elegirnos?

http://lalineadeeuler.wordpress.com/

Homenaje a Neorrabioso

Porque no puedo evitar detenerme cuando leo sus palabras, y porque me gusta que no se asiente lo que se me ha movido al leerlas. Porque es el único nombre escrito con spray que se me ha grabado. Y porque bajo muchas de sus palabras, a gritos en plena calle, también escribiría mi firma.

Gracias.

De condiciones necesarias y de esquizofrenias…

«El pájaro no canta porque es feliz, es feliz porque canta

(Proverbio cuya nacionalidad desconozco)

Supongo que al pájaro no le basta con cantar para ser feliz, también tendrá que volar, tener un nido, otros pajarillos con los que hacer bandada, migrar cuando hace mucho frío, volver a casa cuando temple, un gusanillo y algún grano cada día…. y aún con todo eso es posible que el pajarillo tenga un día de esos  grises. Pero lo que sí está claro es que si cantar no es condición suficiente para que sea feliz sí es condición necesaria. Porque está en su naturaleza. Como volar.

Si cambiamos de especie y pensamos en… por poner un ejemplo al azar… el ser humano,  la cosa se complica -parece que cuando cualquier cosa empieza a girar en torno nuestro siempre es más complicada, y es que al no tener la posibilidad de mirarnos desde fuera, o desde lejos, se pierde perspectiva-. Algunos seres humanos, pocos, tienen una naturaleza que no admite lugar a error. Casi desde que tienen uso de razón saben los que son, saben lo que quieren, y sólo les falta un poco de determinación para alcanzar por lo menos esa condición necesaria, que no es otra que la de ser coherente con la naturaleza de uno.  Yo en casa tengo un ejemplo claro. Mi hijo Miguel, desde que tiene uso de razón, se ha inclinado por los deportes. Tiene una psicomotricidad muy desarrollada para su edad, tiene facilidad para aprender y practicar cualquier ejercicio físico, y lo mas importante: disfruta con ello, en especial con el fútbol.  Cuando Miguel sale al terreno de juego despierta admiración. Pero no la que surge ante un suceso maravilloso, sino la que provoca la observación del cumplimiento de un orden natural, no sé si me explico, como cuando miras un pez que nada, y piensas, ¡oh, qué bien nada!, y no es que sea nada del otro mundo, los peces nadan, es natural que naden, todos son gráciles en ello, han nacido para eso, pero no obstante, el contemplarles nadar despierta admiración. A eso me refiero.

Sin embargo no siempre está tan claro. De hecho, casi nunca. Al menos yo siempre he tenido muchísimas dudas. ¿Cuál es mi naturaleza? ¿Para qué estoy hecha? ¿Dónde está mi sitio? Y todas estas preguntas al final desembocan en una última, en la gran pregunta ¿quién coño soy? Debería ser más sencillo poder contestarlas. Debería. Pero casi nunca lo es.

Pensaba en lo que hablaban Carmen y Ana acerca de la identidad de un grupo, y la identidad individual. Es muy complejo. Es muy complejo desde el momento en que en cierto modo estamos determinados por el lugar y el momento en que nacemos. Quizás si nos reprodujéramos por esporas, quizás si fuéramos seres absolutamente independientes, sería más sencillo el encontrar respuestas. Pero no somos sólo seres individuales, tenemos una dimensión social. Y nuestro lugar en la sociedad, en nuestro entorno de trabajo, en nuestro grupo de amistades y en nuestro núcleo familiar pesa en lo que somos -¿somos lo que hacemos?-, tanto o más que nuestra propia naturaleza. Ya que esos entornos sociales, desde el más genérico (por ejemplo usos y costumbres de la sociedad occidental del siglo XXI) hasta el más particular (la familia), implícitamente -o explícita en demasiadas ocasiones- esperan de nosotros una determinada forma de actuar, que determina nuestra forma de ser. Somos ese aspecto social. Pero nuestra propia naturaleza implícitamente -demasiado implícita casi siempre- también nos pide que actuemos de una determinada forma, o que seamos de determinada forma, de acuerdo con ella. Supongo que a estas alturas ya está claro por dónde voy: el problema que existe cuando hay una incompatibilidad entre nuestro ser social -lo que se espera de nosotros, la necesidad de sentirse aceptado- y nuestra propia naturaleza. Y eso nos genera contradicciones, desorientación, y sufrimiento.

Vamos a volver al pájaro, que por naturaleza canta. Imaginemos un pájaro que trabaja de 9 a 19, gana un buen sueldo, paga religiosamente sus impuestos y  la hipoteca de su jaula, lleva a sus pajarillos al parque, come con sus padres los sábados y con sus suegros los domingos,  colabora con su amada pájara en las labores domésticas… Es un ciudapájaro ejemplar. Pero nuestro querido pajarito siente un cierto vacío,  una permanente falta de energía, el ánimo decaído. Y se pregunta desconcertado el por qué. No entiende qué es lo que falla, qué es lo que está haciendo mal. Pero pajarillo, ¿tú cantas? Casi nunca. En el trabajo, no puedo, normal por otra parte, porque si cada pájaro se pusiera a cantar se montaría un cirio monumental, y hay que dar imagen de empresa. En casa tampoco, porque es que las crías andan todo el día con Clan tv, y les molesto, por la noche tampoco, porque hay que acostarse pronto, es que no veas qué madrugones, y los fines de semana, entre limpiar y los compromisos con amigos y familiares…. no queda tiempo. De lo de volar hablaremos otro día, porque con las jaulas, mucho más confortables que los nidos, para estos pájaros usar las alas se ha convertido en algo anacrónico e inútil.

Pero claro, si el haber renunciado a cantar y a volar en aras de cumplir con su rol dentro de su sociedad le ha convertido en un ciudapájaro ejemplar, ¿en qué se convertiría si para cantar y volar modificara ciertos aspectos de su vida actual?

Parece que el pajarillo tiene un conflicto. Él no ha elegido la forma de vida de la sociedad en que ha nacido, ni tampoco ha elegido nacer pájaro.   El pájaro es las dos cosas, y no ha elegido ninguna de ellas.  Lo que sí está en su mano es la forma en que equilibrará sus dimensiones contradictorias, claro que exigirá renuncias. Pero al menos el pájaro sabe que es pájaro, y que en su naturaleza está cantar y volar. Conoce sus condiciones necesarias.   Qué fácil se ve todo con pajaritos, verdad?   Qué difícil se ve todo cuando se trata de nosotros, verdad?

Y es que si no podemos prescindir de nuestro yo social, tampoco podemos vivir de espaldas a nuestra propia naturaleza. Si encima nuestra naturaleza es heterogénea y sumamente implícita, vamos, que no sabemos ni qué demonios somos, ni cuáles son nuestras condiciones necesarias, si somos pájaros que cantan -y son felices porque cantan-, o que vuelan -que son felices porque vuelan-, o si somos peces que nadan -que son felices porque nadan-, si somos animales domésticos o salvajes -¿de verdad he de seguir?… – o cuántas cosas al mismo tiempo somos, tenemos como resultado a un ser humano perdido y desorientado. Y en mi caso particular, a un ser humano desconcertado, que no comprende cómo hemos ido construyendo una identidad social tan opuesta a la identidad que nos ha sido dada por naturaleza, y que en tantos casos nos hace sentir contradictorios y en permanente esquizofrenia.

«No debe compararse con los demás; y si la naturaleza le ha creado como murciélago, no pretenda ser un avestruz. A veces se considera raro, se acusa de andar por otros caminos que la mayoría...»

(Demian. Herman Hesse.)