forever blue

La canción se puede escuchar pinchando en el original, yo pensaba que el reblogueo lo permitía, pero parece ser que no…..

Avatar de Eme NavarroITAR

Compuse forever blue para la taberna, como despedida, pero Chema se adelantó y cerró magistralmente. El tema siguió en Blue Identity y pasó por varios estilos, reggae, swing… pero no llegó a consolidarse para un directo pues la banda se deshizo. Cuando grabamos en Ventosa el primer single Chema sacó un ukelele, que usamos para September Rain y yo me quedé dándole vueltas en mi cabeza a una versión con ukelele. Un día grabé una maqueta con la acústica en el ordenador. Utilicé el micro de la webcam y Audacity para Ubuntu y sobre el tema cantando y tocado en una pista le hice unos arreglos de bottleneck. La base rítmica, en el estudio la ha hecho Chema con su ukelele y las solistas acústicas Manu.
Eme: voz
Chema: ukelele
Manu: acústica y bottleneck
Ernesto Lapeña: sonido

forever blue

Which part of you,my love, I can not tear?
Which…

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Persigue tus sueños

Avatar de patricia lodínlodín y lauda

La primera pieza. El proyecto surgió a raíz de la necesidad de una mesa de centro para un salón. La clásica LACK había muerto y era irrecuperable, pero descubrimos una mesa olvidada y sin tratar en el trastero.

En realidad el mérito no es mucho. Sólo hubo que lijar y pintar, al fin y al cabo somos principiantes.  Pero lo importante para nosotros no era la técnica sino el mensaje. Persigue tus sueños es un recordatorio importante para un salón, con tanta gente que compartiendo su tiempo allí, y de tantos tamaños….. a los más pequeños es muy fácil que nadie se lo enseñe en el cole pues es un concepto que no evalúa. Y los que ya estamos crecidos y lo hemos aprendido a lo largo del tiempo, que merece la pena, que la renuncia a los sueños es la renuncia a la vida, podemos llegar a olvidarlo con…

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Colapso

La primera fue en la calle. Llovía. Me estaba mojando pero no me daba cuenta de que me estaba mojando. El policía sí, y me dijo que podía esperar dentro del coche. Yo no me estaba dando cuenta de que me estaba mojando, que es como no estar mojándose al fin y al cabo. Me sentía menos mal esperando en la calle. Como si fuera a durar menos esa espera. Como si quien demonios tuviera que venir para denunciarme fuera a tardar menos por estar yo de pie en la calle en medio del frío y la lluvia. Miré a los niños. No sé si ellos se estaban mojando, o si se estaban dando cuenta, pero entonces yo ya sí. Abrí la puerta del coche, y les dije que esperaran dentro. Yo seguí en la calle. El policía siguió enfadado. Yo miraba al suelo, aún no me había hecho a la idea de que no iba a llegar a tiempo. Dijo que no se podía cortar una calle. Ni cinco minutos ni diez, bajo ningún concepto. Le dije que no me había dado cuenta. Que normalmente solía comprobar que no molestaba, pero que hoy tenía mucha prisa porque tenía cita médica, y que había aparcado deprisa y sin pensar en no colapsar la calle. El policía dijo que eso daba igual, que había que pensarlo. Entonces fue cuando pronuncié todas esas palabras seguidas: a veces no resulta fácil pensar en tantas cosas. Sólo después de escucharlas me di cuenta. Que son muchísimas. Demasiadas para mí. Pensar en respirar. En llegar a tiempo. A un sitio. A otro. A otro más. Pensar que para andar hay que poner delante del otro. Derecho, izquierdo, derecho. Pensar en las citas médicas del día, pensar en coger la documentación necesaria. Pensar dónde está guardada. Pensar en guardarla después, y recordarlo. Pensar en la comida para alimentarse. Pensar en buscar el dinero. En tenerlo. En ganarlo. Pensar en contestar los correos electrónicos. Pensar en las vestimentas, las necesarias para cada ocasión. Pensar en decir hola cuando llego y adiós cuando me voy. En echar gasolina cuando escucho un pitido que resulta ser el aviso de la reserva. Gracias pitido, porque de lo contrario tendría que pensar en mirar el nivel de gasolina en el salpicadero, y hace falta pensar más para mirar que para escuchar, yo creo que es más directo el escuchar. Pensar en  no colapsar la calle en la que se aparca. No un día, ni dos, ni diez, sino todos, todos los días que se aparca, y cada vez que se aparca. Pensar en respirar hondo porque me estoy sobrepasando. Pensar en aceptar que aunque he corrido para todo, voy a llegar tarde.

La segunda vez se lo diría más tarde a mi madre, cuando le explicara el por qué llegaba una hora tarde, que había colapsado una calle, colapsado en el sentido de obstrucción, no el que se le ha dado después del 11S, y que además había olvidado coger por la mañana lo que necesitaba llevarle al médico, por lo que había tenido que ir a casa. Mi madre me daría una bolsa con cosas que olvidé en su casa la última vez que estuve, cosas en las que tendría que haber pensado pero no pensé cuando me fui, y me mirará divertida mientras le cuento mis desastres, mamá, es que para vivir hay que pensar en demasiadas cosas. Y ya no diré muchas, como ahora acaba de decirle al policía, sino demasiadas. Aunque desde un principio fueron demasiadas. Así no hay manera de despegar los pies del suelo, con tanto que exige pensar.

Pero el caso es que yo miro a la gente que pasa por la calle, que parece tan compuesta y tan capaz de pensar en sus cosas, que también serán muchas, pero no en el sentido de demasiadas. Para ellos parecen las justas. Y caminan sin problemas, haciendo avanzar un pie delante del otro con total normalidad, bien pegados al suelo, y también aparcan sin colapsar calles, no olvidan las citas, ni los cumpleaños, no se pierden, no se desbordan. Para nada. Van tan compuestas, tan dominando las situaciones, tan sin perder el resuello, con esa capacidad para pensar en todas esas cosas que para mí son demasiadas.

Sólo después de darme cuenta de que no era capaz de pensar en tantas cosas me di cuenta de  de la lluvia y de que no iba a llegar a tiempo y me metí en el coche. El parabrisas estaba lleno de gotas que iban estallando y cayendo hacia abajo. Los niños estaban en el asiento de atrás, muy callados. ¿Y ahora qué va a pasar, mamá? Que me van a poner una multa. Y que hay que esperar. Se me cayó una lágrima por todo aquello en lo que tendría que pensar y no pienso. No lo vio nadie.

El coche oficial llegó poco después, con luces  y con sirena. De él saldría el poli bueno.

¿Hay que preferir la intimidad al amor?

Esta mañana he estado leyendo y traduciendo el informe de Jean-Paul Galibert acerca del libro De l’intime, Loin du bruyant amour, Grasset, fév. 2013, de François Jullien. Dice algo así:

«¿Hace falta sacrificar los ritos y los mitos del amor o bien celebrar la posibilidad dulce y nueva que nos ofrece la intimidad?
El amor, sobre todo el verdadero, mantiene un discurso que se despliega entre una declaración y una ruptura. Todo parece dicho de inmediato en ese “te quiero”, idealmente recíproco, donde cada uno define al otro como su objeto exclusivo. ¿No veía Kant el matrimonio como un extraño contrato de propiedad mutua que sólo la reciprocidad distingue de la esclavitud? El amor es un romance de otro desde lejos, que fracasa muy frecuentemente allí donde la intimidad triunfa de inmediato.
Jullien no firma un libro contra el amor, sino sobre y por la intimidad, ese nexo perpetuo y por tanto nuevo, donde desaparecen las distancias. Porque lo íntimo –esa es la magia que le es propia- disipa las fronteras. En la intimidad, lo interior deja de oponerse a lo exterior como si hubiera una línea que separara para siempre a los protagonistas de las operaciones amorosas.
Tomar lo íntimo como objeto es ir -más allá del objeto, incluso del sujeto mismo-, a lo que hay dentro del sujeto, y a la vez lo une con el otro y le impide ser objeto. Porque lo íntimo es esta intensidad del interior que me convierte en cómplice del exterior, como si mis profundidades rimaran, y encontraran por fin y en sí mismas, la voz de un par y de un igual.
Como se ve, más que acumular el amor, se trata en el fondo, de dar a la moral su verdadero punto de partida. Tras el silencio de los antiguos acerca de la intimidad, un resbalón con respecto a lo íntimo desde dios hasta el hombre, ante la perspectiva al fin y al cabo, de vivir en pareja, Jullien da más que una verdad: da el sentido

Al leerlo, si bien me ha parecido que la reflexión que se realiza sobre la intimidad, o esa definición de intimidad, es la clave de la pareja, me resulta un tanto extraño que se hable de ello como algo separado o diferente del amor. Incluso el título del texto parece sugerir que son excluyentes, que hay que elegir entre una u otro.

Es cierto que puede existir el amor sin intimidad, entendida la intimidad como esa unión interior que acaba con la frontera que se percibe entre dos personas y que hace que uno se sienta dolorosamente solo, intimidad que otorga esa sensación de ser en otro más que de pertenecer a otro. Es cierto que un amor sin intimidad se trata de un amor de lejos, como un amor platónico muy a pesar del sexo, y de la cercanía física. Quieres a otra persona, conoces sus costumbres, deseas estar junto a ella, pero nunca desaparece esa frontera que separa ambos cuerpos y ambos individuos. Nunca. Y es cierto que es un amor que puede llegar a resultar muy frustrante y causar de una gran sensación de soledad. Y es cierto que esa forma de amor es enormemente frecuente.

Y también creo que es posible el tener intimidad y ausencia de sensación de separatidad entre dos personas que no impliquen un amor de pareja, ni una vida en pareja. Sino un amor de amistad.

Lo que sí creo es que, no sé si el verdadero amor (en palabras de Galibert -porque supongo que verdaderos son todos, aunque unos resulten satisfactorios, otros frustrantes, unos duren siempre y otros caduquen…- ), pero sí el amor deseable, el óptimo, el que une esencias además de existencias,  el que comprende, el que engrandece, el que es sólido, el que es siempre, el que es uno…  necesariamente implica intimidad. Es decir, que lo que me ha resultado quizás artificial es ese tratamiento de amor e intimidad como dos hechos distintos, independientes, excluyentes incluso. Puede que los traten de esa forma de cara a una mejor comprensión, algo así como siguiendo un criterio pedagógico. Pero yo creo que el sentido, el óptimo, lo deseable, lo ideal y sin embargo alcanzable en cuanto a vida en pareja, tiene mucho que ver con una interrelación difícil de desligar entre el amor y la intimidad.

Vana exposición de motivos

Ayer estuve una hora delante del ordenador sin ser capaz de escribir una sola línea. Tal y como temía no se trata de una falta de tiempo o de espacio. Creo que he desarrollado una aversión al yo.

Una vez consciente de mi derrota en el ejercicio de la honestidad, me dediqué, en un intento de acercamiento al teclado  -cada día más hostil-, a continuar con un relato de ficción como resultado de mi contexto y la lectura de Plenilunio. Pero lo cierto es que cuanto menos escribo más me cuesta.

El otro día, en el programa de Torres y Reyes, le dieron cinco minutos al filósofo José Antonio Marina para hablar de educación y neurociencia, y el tipo vino a decir que en la medida en que nosotros somos pensamiento, y que el pensamiento se instrumenta con el lenguaje, cuanto mejor sea nuestro manejo y dominio del lenguaje, más capaces seremos de desenredar nuestros pensamientos  y de traducirlos en palabras precisas, y así comprendernos nosotros mismos, y poder traducirnos a los demás también. Comprendernos, comprender y que nos comprendan.

Eso es algo sobre lo que me había hecho pensar de manera explícita Vigotsky cuando hace un par de años me puse a estudiar Teorías, pero que ya previamente había intuido: recuerdo mi curiosidad sobre cómo pensarían los sordos si a esa voz interior le faltan las palabras, a través de qué instrumentan ellos su pensamiento. Pero también, intuitivamente, cuando hace unos años me puse a escribir reflexiones y pensamientos personales, y al cabo del tiempo me di cuenta en uno de esos momentos en los que se para uno a pensar ¿por qué escribo? Y una de las respuestas, aunque no sea LA RESPUESTA, es que me había dado cuenta de que resultaba terapéutico. A través de la escritura realizaba en realidad un análisis acerca de mi forma de ver las cosas, de sentirlas, y de sus por qués.  Y volví a pensar en ello a cuenta del neurocientífico y su speach de cinco minutos el otro día, y a raíz de eso he vuelto a reflexionar acerca del por qué ya no escribo. O de la conveniencia de volver a hacerlo.

Volviendo a la escritura como terapia aunque no sé muy bien por qué ocurre -la sanación-, pero lo cierto es que ocurre. Y es que el desentrañar el pensamiento y las emociones, el convertir ese indescrifrable que hay por ahí dentro  (que gruñe, que araña, invisible e informe, abstracto pero real), en palabras precisas que lo delimitan, le dan forma, lo concretan, lo dimensionan, y a través de ellas verlo desde fuera, con una distancia, es terapéutico. Un terapia psicológica supongo que es algo así. Pero no se recurre al lenguaje escrito sino al oral, con un terapeuta que está enfrente, y que se encarga de estimular y propiciar el análisis, y de dirigir las interpretaciones, y reconducir las destructivas a constructivas. Y me di cuenta de que hacer el ejercicio de tratar de poner en palabras aquello que de alguna manera me había afectado en el día, para bien o para mal, me servía. Porque muchas veces, algo me había dejado con una sensación molesta, o sin energías, o al revés, maravillada y feliz, aunque aparentemente no existiera ninguna explicación ni para una cosa ni para otra:  ¿por qué este hecho me ha tocado? Y muchas veces me ponía a escribir sin entenderlo. Pero haciendo el ejercicio de analizarlo, de ir un poco más adentro, de buscar los porqués, de convertir ese malestar informe o esa felicidad inexplicable en palabras escritas, me obligaba a estructurar y ordenar las ideas. Y hacerlo me iluminaba. Porque es más sencillo enfrentarse a algo conocido que a lo desconocido. Porque es más sencillo enfrentarse a algo cuando tiene un contorno definido que cuando lo ocupa todo. Porque si se conoce por qué se produce un dolor es más sencillo evitarlo o contrarrestarlo, y si se conoce el tipo de dolor es más sencillo curarlo, buscarle la medicina adecuada. Porque si se conoce el origen de la felicidad es más sencillo conservarla, recuperarla. Y porque, una vez reconocido el pensamiento o el sentimiento, una vez que se identifica y se limita, sacarlo fuera ayuda a tomar una distancia, y compartirlo a sentirse menos solo e indefenso.

Y yo lo reconozco, que aunque el entendimiento total, ese que se adquiere y ya es válido para siempre, para cualquier circunstancia, sea imposible, yo necesito entender. Hacer el esfuerzo. Al menos un entendimiento fragmentado y efímero, uno que me sirva para hoy. Aunque mañana tenga que construirlo y entenderlo de nuevo. Aunque sea cansado necesito entender. Y a lo mejor por eso soy tan pesada y tan desarrolladora de teorías. Que sobre cualquier tema termino elaborando una tesis, como si tuviera que andar explicándolo todo, como si lo supiera. Y no, no diserto para explicar condescendientemente a mi interlocutor, que casi siempre eres tú, diserto para comprender yo misma, para comprenderme yo misma, para reafirmarme yo misma. No estoy pretendiendo iluminar, estoy buscando. Siempre buscando. Y a veces las reafirmo, y otras tengo que admitir que lo que valió un día ya no, incluso que pude haber llegado a ser una completa estúpida. Y aunque lo intento no logro encajar mis pequeñas comprensiones o explicaciones fragmentadas en una comprensión global. Al final voy por la vida intuyendo luces, con muy pocas certezas, y un bastón blanco que no siempre me sirve para no ver los agujeros.

Lo que todo eso no explica es el por qué reflexionar en público. Escribir y que se lea. Pues por aquí también podría ponerme muy racional, y extenderme acerca de las necesidades de comunicación. O sobre la grandiosa paradoja del placer que se encuentra en el creerse único en el sentir y en el hallar un porqué a ese sentir, y en las palabras elegidas al efecto, para después sentir placer también al darse uno cuenta de que no se es único, es decir solo, y saber que hay otras personas que sienten de la misma forma, que se han sentido identificadas, que han estado en el mismo lugar que uno. Que yo. Con otras palabras. Sin palabras incluso. O quizás no sea nada de esto y estemos hablando de una mera cuestión de vanidad.

Y todo este razonamiento para qué, para que el otro día me sugirieras buscarme un lugar, un espacio, un tiempo, porque últimamente escribía menos, y terminaras con ese los pájaros tienen que volar. Tanta explicación, tanta racionalidad, tanto análisis y tanta tesis para darme de bruces con la esencia. ¿Por qué un pájaro vuela? Pues porque los pájaros son seres que vuelan. Y no hay ningún otro por qué, o muchos más pero todos pasan por el POR QUÉ. ¿Que por qué escribir? ¿Por qué escribo? Podría alegar que por terapia, por entretenimiento, por conocimiento, como forma de comunicación, por vanidad. Pero aunque todas ellas podrían ser la respuesta, ninguna es LA RESPUESTA. La respuesta me la recordaste el otro día. Porque yo soy un ser que escribe. Y por eso escribo.

¿El pájaro canta porque es feliz o es feliz porque canta?