El pensar desordenado.

Podría decir que escribo por torpeza. Durante mucho tiempo pensé que se trataba de torpeza en mi expresión oral. En realidad, durante mucho tiempo no necesité la expresión oral más que para mantener conversaciones o debates informales, para comunicarme con las personas que me rodeaban. Y, normalmente, después de una conversación, me quedaba con la impresión de no haber capaz de expresar aquello que realmente pensaba. Sin embargo, cuando me detenía en escribir y ordenar ideas y razones, con tiempo para pensar, rectificar, investigar y ordenar, sí me he sentido muchas veces conforme, y releyendo me he dicho a mí misma, sí, esto era.

De hecho, muchas veces he necesitado acudir a la escritura no solo para comunicarme con los demás, sino para comprenderme a mí misma. Especialmente ante el desconcierto que me provocan el enfado, la rabia o la tristeza. Porque, especialmente en esos casos, las voces de mi pensamiento se multiplican, hablan todas a la vez, sincronizan argumentaciones, me sitúan simultáneamente en diferentes recuerdos, y no se callan, no se callan en ningún momento, y soy incapaz de relacionar sus voces, de encontrar la conexión entre los recuerdos, de alejarme de mí misma y entenderme.

Pero al escribir me pasa lo mismo que al hablar. Y tras la lectura de un primer borrador pienso qué desordenado escribo. Pero no. El problema no es que hable desordenado, ni que escriba desordenado. El problema, mi torpeza, es que pienso desordenado.

Por eso, las ventajas de escribir frente al hablar, en mi caso, son evidentes. Tengo más tiempo para ir desentrañando mis voces, para encontrar la relación que existe entre ellas, y, además, la posibilidad de rectificar su orden y estructura. La escritura es una aliada para combatir mi torpeza.