la normalidad es una mierda

Miguelito tiene que llevar uniforme para ir al colegio. A Miguel le gustan algunos uniformes. Le gusta el chándal de educación física, le gusta el uniforme de entrenamiento, le gusta la primera equipación de los partidos de los sábados, y le gusta también la segunda. Pero el uniforme del colegio, el de pantalón gris, polo blanco y jersey azul marino y mocasines, no. ¿Por qué unos uniformes le gustan y otros no? me pregunto. A juzgar por los que sí y los que no, deduzco que los que son cómodos para el juego, que es lo que a él le divierte, le parecen bien, y los que no, no. Me pregunto por qué diseñarán uniformes escolares que son tan poco compatibles con el juego, cuando todo el mundo sabe que si hay algo que hacen los niños, muy a pesar de las clases, es jugar.

Y como no lo entiendo, y además me parece una tontería, llevo dos o tres años haciendo trampas con el uniforme antijuego. Concretamente, con el calzado. Descubrí que hay una marca que hace zapatillas deportivas más o menos camufladas de azul marino y negro, muy duras y resistentes, con las que se juega mucho mejor que con mocasines, y que además duran todo el año. Todo son ventajas.

Alguna vez la profe le ha dicho que esos no eran zapatos escolares. Y yo le he dicho que le diga que si hay algún problema con sus zapatos que lo hablen conmigo: al fin y al cabo, yo soy la que los compra, la responsable de la supuesta infracción y la que puede explicar los por qués de la misma. Pero nunca lo han hecho.

Antes de comprar los zapatos de este año quise confirmar con Miguel que los quería del mismo tipo que los años anteriores, convencida de ir a obtener un sí como respuesta. Pero la respuesta fue ¿y no me puedes comprar unos mocasines como llevan los demás?

¿y por qué quieres unos mocasines?

porque quiero ser NORMAL!!!!!

¿que quieres ser normal?

sí, lo contrario de normal es anormal, y ser anormal es una mierda.

bueno, depende de la palabra que escojas, si dices que eres anormal suena mal, pero si utilizas “especial” suena mejor, no? eso se llama marketing… en fin, vamos a lo importante: qué es lo que más feliz te hace en el mundo?

jugar al fútbol.

¿y vas a jugar cómodo en el recreo con mocasines?

Miguel no contesta.

bueno, entonces qué hago, ¿quieres mocasines o deportivos?

pues …  cómprame unos zapatos que parezcan normales y que también sean un poco deportivos… pero menos que el año pasado.

El cazo y la sartén

Ana era nueva en la oficina. Administrativa.

Ana era bajita, de ojos muy pequeños cubiertos con unas gafas de pasta, y cristal muy ancho. Tenía mucho pelo, fosco, y castaño, y lo llevaba corto, con flequillo y raya en medio. Su cuerpo era desproporcionadamente ancho con respecto a sus piernas, delgadas, que se juntaban a la altura de las rodillas. Andaba con una ligera cojera. Siempre usaba pantalón con raya, camisa metida por dentro,  jersey sobre sobre los hombros, y pañuelo en el cuello. Ana sufría una discapacidad que le impedía vocalizar. Había que concentrarse mucho para entender lo que decía, y cuando se le hablaba de algo, jamás contestaba con otro algo que guardara la más mínima relación, al más puro estilo de dónde vienes, manzanas traigo. Nunca aprendió a utilizar el pestillo del lavabo, ni tampoco su contraseña de Windows.

Isor era nuevo en la oficina. Informático.

Isor era de talla media y debía rondar los veinte años. Su pelo era grasiento en las raíces y estropajoso en las puntas, que llevaba teñidas de color naranja, y atadas por mechones formando coletitas. Comía con su MP3. Trabajaba con su MP3. Caminaba por los pasillos solitario y cabizbajo con su MP3, eludiendo cualquier saludo. Y cuando no podía eludirlos directamente no contestaba. Solía llevar pantalones con raya, camisa clara, jersey de cuello de pico de rombos, y corbatas ajadas de colores absurdos. Siempre llevaba su mochila a hombros y dentro guardaba un batido de chocolate que tomaba a modo de tentempié.

Una mañana, Ana me pidió ayuda para meter su contraseña. Pero cuando lo intenté ya era tarde, y la había bloqueado. De modo que llamé a Isor, el informático, para solicitarle el desbloqueo y una clave nueva. Isor llegó con sus mechas, sus coletas y su MP3, se sentó sin mediar palabra, restauró la contraseña y se marchó sin mediar palabra. Como Ana estaba visiblemente apurada, nada más marcharse Isor, traté de quitarle hierro al asunto, y le dije que no se preocupara, todos teníamos alguna vez problemas con la informática. A lo que ella me contestó algo que, traducido, era así como “desde luego, es que este chico es raro, raro, raro

A mí entonces, me dieron ganas de pensar “le dijo el cazo a la sartén”. Pero, visto lo visto, preferí concentrar mis pensamientos en la subjetividad de la realidad, con sus respectivas normalidades y rarezas.