La ducha

A mí no me suele gustar compartir ducha. Es mi espacio, es mi momento, y sobretodo, soy intransigente con la temperatura del agua, y no es mucha la gente que soporta las temperaturas que son buenas para mí.

El sábado me estaba duchando tan a gusto con mi agua hirviendo, cuando aparece un pequeñito desnudo por la puerta diciendo “mamá, es que me quiero duchal contigo”.

Le dije que de acuerdo con fastidio interno. A Miguel es difícil negarle un sí. Pero no tenía ni la más mínima intención de bajar la temperatura. Va a aguantar dos segundos, y después se irá. Pero veo que  eso de tomarme tan en serio lo de criar tipos duros se está volviendo en mi contra, porque  el tío ni se inmutaba; estaba tan feliz escaldándose conmigo. Así que ahí estábamos compartiendo chorro, cuando de pronto se puso a jugar con un vasito de plástico. Jugaba a regatearlo con los pies. “Mamá, ¿a que no me lo quitas?”

Lo primero que salió de mí fue el prudente sermón de madre, así que muy en mi papel le dije: “No Miguel, no podemos jugar a los regates en la ducha, es peligroso y nos podemos caer. ” Pero lo veía tan entusiasmado con el vasito, e iba a ser tan sencillo quitárselo… Después de todo, ¿cómo decir no? Me estaba retando el muy mocoso. Así que sin darme cuenta, empecé a quitarme años de encima, miré a la alfombrita antideslizante como diciéndole “confío en tí”, y nos pusimos a jugar al fútbol con el vaso, a regatear, y a hacernos faltas sin árbitro que mediase, todo valía a fin de conseguir la posesión del vaso-balón.

Pero de verdad no fui consciente de que en ese momento ya no tenía treinta años sino tres, cuando, en lugar de estar preocupada por si el pequeño pegaba un resbalón y se lastimaba,   me sorprendí pensando “como nos caigamos y nos pillen, me va a caer una bronca…”. Y no obstante, pudo más el embrujo de las carcajadas de Miguelito, y seguimos jugando alegremente. Total, no se tienen tres años todos los días. Benditas regresiones.