Relato: Tomasa: sin nostalgia al telefonillo

 

Cuando era muy chico pasé la polio, y soy cojo desde entonces.
De chaval yo soñaba que corría cuando mis amigos soñaban que volaban. Pero para mí no ha sido nunca un drama. De hecho, el ser cojo de profesión tiene ciertas ventajas. Como el no tener que trabajar para ganarme el pan, porque me asignaron una pensión de invalidez. Y mis padres sus ahorros. Que tampoco es para tanto, digo yo. Ni la invalidez ni la pensión, ni los ahorros. Pero el caso es que tengo aquello que otros tanto desean: tiempo. Bueno, tiempo y una plaza de aparcamiento reservada única y exclusivamente para mí en la puerta de mi casa. Vamos, que en la placa azul aparece un guiñapo en silla de ruedas que no soy yo, pero una matrícula que sí es la de mi coche. ¿Qué más se le puede pedir a la vida siendo de Madrid, y viviendo en un barrio de zona azul?


Los días se hacen largos, pero tengo mis entretenimientos. Uno de mis favoritos es aparcar lejos de casa y quedarme mirando por la ventana mi suculenta plaza. En cuanto algún incauto osa ocuparla, llamo a la policía y a la grúa municipal. El ver la cara de un incauto cuando al ir a recoger su vehículo se encuentra el cepo en las ruedas, o mejor aún, el hueco, no tiene precio. Un día de estos la voy a diñar de un ataque de risa, y que Dios me perdone por este sentido del humor tan cabrón que tengo, pero yo de niño no pude llamar a telefonillos y salir corriendo, y eso deja trauma. Además, él mejor que nadie para entenderme, teniendo un humor, a mi juicio, tan parecido.

El caso es que dedico horas y horas a mirar por la ventana. Bueno, lo hacía hasta que un día de esos en que estaba yo tan entretenido, comprobando que todo estuviera en orden, cayó otro en la trampa. Le costó un mundo salir del coche. No era otro, era otra. Preñada. Vamos, como una mesa camilla. Reconozco que dudé antes de marcar, pero yo soy un tío constitucional por encima de todo, y no hago distinciones por motivos de sexo, raza o religión. Mientras realizaba la denuncia, vi que se metía en mi portal. ¿Qué iría a hacer? Conozco ya a casi todos los amigos y familiares de los vecinos de mi edificio.

 

Bajó al cabo de media hora. No le había dado tiempo a la grúa, pero los municipales habían colocado la receta y el cepo. Se montó en el coche con más torpeza incluso que al salir, y arrancó confiada. Eso es lo mejor. Se me saltó la lagrimilla de pura risa. Para grabarlo estuvo. Al cuarto intento salió del coche. Le costó mirar un rato hasta que se dio cuenta. Se recostó en el coche. Mujer, ya sé que es una putada, pero para esos gestos constreñidos tampoco será. La cosa iba a más. Cogió el móvil, y al cabo de un momento lo tiró al suelo. Se agachaba, se tocaba la panza, y se volvía agachar. Esto ya no debe ser cosa del enfado. Bueno, alguien parará, digo yo. A preguntarle, digo yo. Nadie. Es que tiene narices. Nadie. Si al final tendré que bajar yo. Hay que joderse con los cojos de espíritu.

  • Señora, ¿qué le pasa?
    – No me encuentro bien. Que a lo mejor es el disgusto, fíjese, he comprado el 2ºA, y venía para ver lo que me tienen que arreglar. Se figurará que me corre prisa, que necesito que esté listo cuanto antes. Y he dejado aquí el coche un momento, pero cuidado que son rápidos los municipales….
    – Señora, rápidos pero no lo suficiente. Es mi plaza, y yo tuve que aparcar lejos de aquí mi coche porque cuando vine alguien la estaba ocupando. Siempre igual. No, no era usted, descuide… ¿La llevo a algún sitio?
    – Tendré que coger un taxi, pero tengo que ir primero a un cajero, no sé dónde hay uno, he llamado a mi madre y para variar no lo coge… y es que duele, no me puedo mover, y me estoy poniendo más nerviosa de lo que ya estoy.

     

Al final terminé llevando a la gorda que sería mi vecina al hospital. Tampoco era la cosa tan urgente, que aún tardó 20 horas la criatura en nacer. Que lo sé porque me quedé allí. Para una cosa apasionante que me ocurre, no me la iba a perder. Por eso y porque no llegaba nadie más. La madre no se enteró hasta el día siguiente. No sé si es peor ser cojo o sordo. Y no hubo nadie más. La madre y yo. Ha sido un niño.

Desde entonces miro menos por la ventana. Es un demonio de crío, pero me gusta subirlo a mi casa, mientras la madre llega de trabajar. O sacarlo al parque. Total, será por tiempo. Me dice que le enseñe a Tomasa, la pierna tonta, que así la llama. Y se la enseño. Le digo unos días que fui un valiente soldado, que me lo hizo un enemigo en la guerra. Otras que cazando cocodrilos. Otras fue un tiburón mientras sacaba a una niña de su sucia bocaza. Aunque no me cree nada, el jodío. Me besa y me pinta soles, y unas caras que llama esmailis, pero yo de inglés no entiendo. Y ahora voy con la Tomasa pintada de soles, andando por la calle sin mirar con nostalgia los telefonillos. Y hay días en los que incluso sueño que vuelo. Que ya decía yo que lo de ser cojo no es para tanto, y que paso los días entretenidos.