La excusa

Ella me contó que su pareja ya estaba bien, y que en realidad, sospechaba en el fondo que tampoco había estado tan enfermo como para no ir a trabajar, con un tono en el que se adivinaba cierta carga de reproche. Entonces, para quitarle hierro, le dije que quién no había hecho eso alguna vez, y le conté la anécdota aquella que a su vez me habían contado -lo típico- de un tipo que en cada empresa donde había trabajado hacía una de esas llamadas a la oficina para decir que no podía ir, pero que la excusa que utilizaba era que se le había inundado la cocina. Lo de estar enfermo es  un recurso del que se ha abusado demasiado. De modo que para resultar creíble, el tipo había optado por la estrategia de lo rocambolesco. Quién se inventaría una cosa así.

La pequeña anécdota hizo que se desviara el tema, y comenzamos a disertar acerca de los mecanismos de la mentira. Ella analizaba en voz alta que además, según fuera el tipo repitiendo esa excusa seguramente iría incrementando el nivel de detalle, hasta llegar a un punto en que, a fuerza de repetirlo, cada vez con más nitidez, debía resultarle  tan sencillo y tan natural narrar dicha ficción como narrar realidad.

Quizás, con una suficiente rotación de empleos -continué yo- por la fuerza de la repetición, es posible que el tipo terminara incoporando en su registro de recuerdos ese suceso como real. E incluso puede que se considerara a sí mismo como el desafortunado hombre de las inundaciones periódicas.

Lo que sí es cierto, dijo ella, es que existe un cierto morbo en el hecho de mentir; genera adrenalina.  Y se corre el riesgo de que una vez se empieza con las mentiras ya no es fácil parar.

como cuando uno se atreve con la verdad, pensé.

Entonces entramos en el metro.