El cuento de la bailarina y el poeta

Suelo estar pendiente de hacerme alguna foto y tener el álbum nutrido. A la gente le gusta mirar. Ayer le pedí ayuda a Néstor, en clase, con la barra. Néstor es un buen bailarín pero es un incapaz con la cámara. Cómo es posible que sea tan malo. No enfoca una, no está pendiente de la luz, no se fija en el detalle. Ahora todo el mundo sabe hacer fotografías. Cualquier niño de quince años se hace unas fotos soberbias. No publican ninguna foto que no parezca profesional. La mierda, lo feo o lo cotidiano lo dejan para historias con veinticuatro horas de vida. Yo tengo que estar atenta a esto. Es la nueva forma de estar en el mundo. No es la única, claro. La mía es la barra. Bailar en una barra ofrece grandes posibilidades fotográficas.

Esa tarde nos pasamos las dos horas modificando la coreografía. Néstor tiene razón, llevo con ella mucho tiempo. Mis clientes no parecen aburridos, pero podrían aburrirse. Me da pena eliminar algunos pasos. Los tuyos. Mi reticencia lo exaspera. Dice que soy más conservadora que su madre y que eso no casa siendo stripper. Aparto el sentimentalismo, hago lo que me manda. Él desde luego lo tiene muy pensado. Yo no, porque mi cabeza se niega a idear aquello que yo no quiero hacer. Pero entiendo por qué Néstor es el mejor. Una vez que recibo su aprobación me graba y me miro. El resultado es espectacular incluso para mí, que llevo viéndome piruetear en una barra más de diez años. Podría decirse que he hecho costumbre. Sin embargo me miro y me asombro. Tengo las piernas llenas de moratones. Una vez los recorriste uno a uno y trazaste los caminos que los unían con besos y coca. Llego a casa y no hay nadie.

Voy a la barra y repaso. Esta vez con otra música. Cierro los ojos y me sitúo en el escenario. Cierro los ojos y siento la muchedumbre, escucho los gritos, las copas, el sudor, las miradas. Y en el centro tú. Y entonces ya no tengo dudas. Ya no tengo que pensar en los pasos que vienen. Llegan solos. Desde dentro. No me doy justo al curvar la espalda con la barra en el interior de la rodilla. No me hago más moratones. Solo giro y vuelo. Termino y abro los ojos. Sigo sola. Me voy a la cama y me acaricio. Me detengo en el abdomen y en los dos kilos que tengo acumulados. Me miro en el espejo. Me fijo en las ojeras. Me meto en la ducha. Me pongo la bata. Me pinto. Me tumbo en el sillón. Me abro una botella de vino. Demasiado joven. Demasiado ácido. Me bebo una copa. Después otra.

Llegas una hora más tarde. Me había quedado dormida pero me despierto. Te acercas y me das un beso rápido en la frente. Espero que vuelvas, pero no vuelves. Me levanto. Te has puesto el pijama. Estás escribiendo y fumando hierba. Siento la tentación de bailar. De bailarte. De escuchar ¿qué tal tu día? Bien, tengo una coreografía nueva. ¿Te la enseño? Ahora estoy escribiendo, en otro momento. Mejor no te digo nada. ¿Qué tal tu día? Ahora contestas que bien. Bien. A veces no entiendo dónde estamos.

Me tomo dos copas más de vino, invierto un tiempo indeterminado en mirar fotografías en redes sociales. Es increíble la cantidad de gente que baila en barra. Hay que joderse. Son aficionadas, no bailan desnudas, no las miran más que sus compañeras y su profesor, y sus padres en un baile de fin de curso, no les pagan, pagan, no han estado en un antro de striptease en su vida, pero hacen unas fotos mucho mejores que las mías. Néstor es un puto inútil. Tengo el vídeo que me ha hecho con la coreografía nueva. No me resisto y lo cuelgo. Al cabo de un rato has pinchado me gusta. Entro en tu blog y veo que has publicado una poesía. Sufres más que nadie. Me tomo dos copas más. Creo que te odio. Me meto en la cama. Sueño que es jueves. Y bailo. Sueño que bailo.

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