Crónica del aislamiento. Día 6.

Esta mañana me ha despertado el despertador y además le he dado al botón de diez minutos más. He vuelto a engordar los doscientos gramos que había adelgazado ayer. La cerveza y los anacardos.

Hoy he tenido mi primera video conferencia con un compañero de trabajo. Ha propuesto una reunión diaria de no más de veinte minutos para tratar de aliviar el whatsapp. Por fin alguien que también está cansado de que se le vaya el día con eso. Él está sin los hijos en casa, con fiebre desde hace cuatro días y confinado en una habitación. Su pareja le lleva la comida y se la deja en una bandeja en la puerta de su cuarto.

Yo me alegro de que esto nos haya pillado con la casa llena de criaturas. Cuando entro a despertarlos les pregunto cómo están. Todas las mañanas. Hasta ahora contestan que bien. A veces incluso que de puta madre. Son un torrente de energía. Ayer a la hora de la cena les pregunté que cómo lo llevaban.

-El qué.

– Pues esto, lo de estar en casa todo el día.

-Joder, de puta madre! -lo sé, su léxico no es muy variado, yo me limito a trascribir fielmente- Yo estoy encantado. -Miguel está más que encantado. Pletórico.

-Joder, y yo. -Pablo también.

Hugo dijo que se aburría un poco.

-La alternativa es ir al cole.

-Entonces prefiero esto.

Ayer por la noche, en la cena, pusieron First dates. Hemos empezado a limitar la ración de informativos a uno al día, el del desayuno. La comida es sin tele. La cena ahora es con First Dates. Pablo dice que es un buen vaciado cerebral para sacarse el coronavirus de encima. Sale una mujer buscando pareja con 77 años. Esto causa sorpresa. Pablo, después de meditarlo, afirma que él, de ir a un programa así, lo haría con esa edad. Total, con esa edad, si a alguien no le gusta que no mire, es el momento de hacer lo que uno quiere sin pensar en el qué dirán. Entonces se retracta y dice que bueno, que lo haría si a sus hijos no les molestara verlo en un programa semejante. Y yo le dije que los hijos qué, qué menos que respetar la decisión de los padres, que son mayorcitos. A los hijos a veces hay que ignorarlos. Y me dice, tú no me ignoras a mí cuando te pido que veas Jojos conmigo, no? aunque no sea lo que más te apetezca hacer. Creo que no es lo mismo, pero me callo y me enternezco.

Son las ocho y acaban de sonar los aplausos. Ayer no los oí. Pensaba que el hecho de que yo no los hubiera oído era síntoma inequívoco de que no hubo, porque era perfectamente comprensible además que la gente, al tercer día, ya se hubiera cansado. Pero no, solo fue síntoma inequívoco de que yo no lo oí. Recuerdo que, tras el éxito de la primera convocatoria de aplausos, empezó a circular por las redes otro tipo de convocatorias, de tipo más melódico y no solo de percusión. Unos pedían el himno de españa, al estilo italiano, otros pedían Resistiré del Dúo Dinámico. Yo pensé que con haber logrado ponernos a todos de acuerdo con el aplauso se podían dar con un canto en los dientes, y ni siquiera, que al menos yo ya anduve mirando el espectáculo con recelo. No nos ponemos de acuerdo con un tema musical que nos represente ni de coña. Como no sea alguna canción del mundial invocando al fútbol, ese gran fenómeno de cohesión social y de hacer dinero. El caso es que seguimos con los aplausos. Hoy algunos estaban aderezándolos con percusión en cacerola. De hecho no solo no se han cansado sino que ampliaron convocatoria, ayer una segunda a las nueve. Cacerolada en toda regla contra el rey. Es el momento social del día.

Yo no lo necesito tanto porque me ha tocado hoy hacer la compra y he estado charlando con la farmacéutica, que también lleva mascarilla y guantes. Mientras estaba con ella ha pasado el chico de la tienda de vinos, al que le gustaba ese navarro de etiqueta bonita que luego resultó tan decepcionante, preguntando por una mascarilla. No, no hay. Me pregunto si continuarán abiertos. Si lo hacen no me extraña que quiera una. A estas alturas ya todos conocemos a alguien que está pasando la enfermedad o que es susceptible de estar pasándola -otra cosa que no tenemos son equipos de diagnóstico-. Si los chinos llevan una mascarilla, es más, si para los chinos es obligatorio llevarlas, es que servir sirven. Otra cosa es que aquí ya supieran las autoridades que no iba a haber para todos y tuvieran que priorizar, y que, para que no acabáramos con todas como una plaga de langostas y no fuera a haber siquiera para sanitarios y enfermos graves, nos contaron la milonga de que, en realidad, casi era peor, que paraba el virus pero que luego te la tocabas con la mano y fíjate, un pan como unas tortas. Y que además, si la gente no tenía el virus de qué te iban a prevenir. Y luego mira, que la gente sí tiene el virus pero no lo sabe. Y entonces todos asentíamos y decíamos, claro, una soberana estupidez lo de la máscara para protegerte. Y yo la primera. Pasan estas cosas y es sorprendente que quienes vehementemente decían una cosa, a los cuatro días y con la misma vehemencia, defendían la contraria.

En fin, que yo ahora me voy a saltar. Antes me escribieron un email los del gimnasio para que rellenara un formulario con el fin de recibir un entrenamiento personalizado para hacer en casa. Y me preguntan que qué quiero, y entre paréntesis me dan ejemplos de lo que puedo querer: perder peso, mejorar técnica, mantener… Y son unos incautos, y en lugar de un desplegable con opciones cerradas, dejan una caja de texto para poder redactar los deseos. Así que yo redacto. Pues yo lo que quiero es desentumecerme, estirar, no ponerme como una bola, no volverme loca. Pero claro, que si puedo aspirar a más, como a perder peso, a ganar técnica o a tener por primera vez en mi vida eso del vientre que llaman sixpack, pues estupendo, pero esta solicitud está hecha desde el más puro escepticismo, desde quien no cree en seres fantásticos y superiores, como dioses o tele entrenadores todopoderosos.

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