Pesadillas

Ayer soñé que, sin querer, paría un hijo en medio de una total indiferencia. Salía del baño, con cierta angustia, sujetando a esa criatura resbaladiza unida todavía a mí por el cordón. En la casa había mucha gente, casi toda desconocida. Creo que tú sí estabas, y creo que eras tú a quien le pedía ayuda para cortar el cordón, pero no estoy segura. Estabas en la cocina recogiendo el lavaplatos. Interrumpías la tarea para mirarme allí de pie, desnuda de cintura para abajo, con las piernas ensangrentada, sujetando a una criatura que aún no había llorado. Y me decías con voz dulce y tranquila “yo con eso no puedo”. Después te volvías a dar la vuelta, cogías el cestillo de los cubiertos y los colocabas con diligencia en su cajón. El pasillo estaba oscuro y se escuchaba el sonido del televisor. En una de las habitaciones alguien cantaba. En otra se oían ecos de conversaciones multitudinarias, voces desconocidas, risas.

De alguna forma que no se mostró en el sueño se solucionaba el escabroso asunto de la separación del hijo. Mi desasosiego contrastaba con el ambiente en la casa. Entonces se me metió en la cabeza la incómoda idea de acudir a un hospital. A los niños cuando nacen los revisan, para comprobar su estado de salud. Alguien debería hacerle el test de Apgar, tal vez. Pero no era capaz de articularlo con palabras. Esperaba que a alguien se le ocurriera tomar esa iniciativa.

En el siguiente plano, la criatura está guardada en una bolsa de tela respetuosa con el medio ambiente. Antes de ir a un hospital debemos comprar el pan y hacer algunos otros recados. Procuro dominar mi ansiedad: por fin estamos de camino. La barra de pan está en la misma bolsa que el niño. Entonces me percato de que aún no ha llorado. Agito un poco la bolsa. Me da miedo mirar dentro. Me da miedo que pueda hallar un ser inerte, enfermo, no apto para la vida. Quizás por eso no lo he tomado en brazos en ningún momento. Agito las asas de la bolsa de tela. Entonces el niño llora.

La cámara del sueño a veces enfoca a través de mis ojos, y estoy en el asiento del copiloto de un coche. Otras veces enfoca dentro de la bolsa y yo puedo ver lo que hay dentro. Un bebé muy pequeño, anormalmente pequeño, amoratado, sucio, desnudo, está abrazado a la barra de pan, y tiene la boca pegada a ella. Entonces siento en mi propia lengua el tacto de la corteza áspera por primera vez. Aún hay que hacer alguna otra compra. Hay ofertas. Entre medias liquido un impuesto, y aparece una mujer que traiciona tu confianza. Vuelvo a agitar la bolsa. Escucho un llanto débil.

Sigo sin decir nada. Trato de ir disolviendo la ansiedad y resignarme, porque por fin he comprendido que este es uno de esos sueños en los que jamás voy a llegar a mi destino. Nadie me va a decir si esa criatura está bien o no, si es capaz de vivir, si puedo quererla, si existe. Quizás nunca la sostenga en brazos. Alrededor todo continúa en equilibrio, como si intentara hacerme entender lo absurdo de mi deseo contumaz. Nadie excepto yo la ve, y nadie excepto yo la oye. Nunca vamos a llegar a ningún hospital ni esa criatura va a salir de la bolsa. Y me da igual. No lo necesito. Ni eso ni corroborar su existencia. Ya la quiero. Con resignación trato de destensar los músculos de mi espalda y de acomodarme en el asiento de ese coche. Me conformo con agitar de nuevo la bolsa. Y escuchar el llanto.

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