Seis personajes en busca de

Al final terminamos en una mesa en la calle. Habíamos estado discutiendo si dentro o fuera, pero su amiga dijo que fuera, aunque estuviera enferma e hiciera frío, porque no estaba acostumbrada a soportar el ruido. Por lo visto llevaba muchos años viviendo en Hamburgo. Yo no he vivido nunca en Hamburgo, creo que ni sabría situar Hamburgo con exactitud en un mapa, pero recordé que hacía tan solo dos noches me había tomado una copa en unos quince minutos que se me hicieron largos, incomodada hasta la náusea por el ruido de un grupo enorme con el que compartía bar. Y por el silencio. Era uno de esos grupos de personas expansivas, exitosas, felices, que gritan al verse, que gritan al abrazarse, que gritan al hablar, que gritan al reírse, que presumen de dientes y voz a partes iguales, y que hacen imposible que nadie que no sea como ellos, pero con un tono algo más elevado, pueda decirse nada. Algo impensable en nosotros. Lo recordé y, a pesar del frío, no me pareció del todo mal la idea de permanecer a la intemperie.

Javier al principio no paraba de ir y venir. Nos quedamos solos por un momento con la amiga que vivía en Hamburgo y llevaba orejeras. Este puede parecer un dato banal, pero no lo era. Le pregunté qué hacía allí y no me contestó. Entiendo que fue porque las orejeras le restaban audición y no por descortesía. Yo me puse a hablar de mis clases, que es un tema al que recurro cuando no hay mucho que decir. Entre tanto, y con Javier yendo y viniendo, llegaron otros amigos, actores. Javier volvió a contar una vez más que me conoce desde que íbamos al colegio, y que su primer grupo de música lo formó conmigo, y saca a relucir muy orgulloso que teníamos unos grandes hits en los recreos. A mí ese momento siempre me produce bastante vergüenza, y agacho la cabeza. Los actores estuvieron hablando de sus perspectivas de futuro, y alabando el trabajo de Javier.

En el colegio él ya sabía que quería ser actor. Creo que todos lo escuchábamos como quien escucha al niño que dice que quiere ser futbolista. Con ternura y escepticismo. Desde que terminamos el colegio dejamos de tener contacto, pero cuando me entero de que ha estrenado alguna obra, o que aparece en alguna película me gusta ir a verlo. Y cada vez que ocurre me asombra. Su amiga actriz le decía que su trabajo había sido impecable. Javier contestaba que no había sido su mejor noche. Deja el látigo, decía ella, yo no te he visto actuando en ningún momento, desde el principio he visto al personaje.

Eso es algo que yo no le he podido decir nunca. Cuando digo que me asombra no quiero decir que al verlo actuar me asombre con la transformación. Me asombra porque lo veo una y otra vez como lo he visto siempre, como un chaval de dieciséis años ingenuo, optimista y entusiasta diciendo que de mayor va a ser actor. Es imposible que me crea que es un inspector de policía, un yonki, un asesino en serie, o un secretario. Yo veo a Javier. Siempre. Y me gusta ver a Javier, y asombrarme.

En los últimos veinte años no nos hemos visto mucho. En alguna actuación, alguna vez que nos hemos encontrado casualmente. Un día incluso quedamos. La última vez hace no tanto tiempo. Creo que somos un poco extraños ya. Cuando murió Dolores me envió un audio por teléfono cantando su canción y me puse a llorar.

La conversación es torpe y poco fluida. Yo nunca sé cómo comportarme en esas ocasiones y eso que mi hermana me dio hace poco la receta mágica: lo que tienes que hacer es no parar de preguntar. Siempre se me olvida ponerla en práctica. Pero no pasa nada porque Javier, que al fin y al cabo es el nexo común, se sabe esa receta y va haciendo ronda de preguntas. El actor habla de su videobook y de que tiene hambre, Javier habla de sus próximas películas, la hamburguesa de orejeras no habla de nada porque probablemente no oye nada, yo hablo de las clases. Creo que en el fondo a nadie le interesa mucho lo que los demás vamos diciendo para rellenar vacíos. Aunque posiblemente en eso se basen las conversaciones sociales entre personas que no se conocen mucho, e incluso aquellas en las que sí se conocen mucho. A nadie le importa demasiado lo que se diga mientras se diga algo. Incluso haciendo frío. La hamburguesa rompe su mutismo para ponerse a hablar con el camarero en árabe, creo que acerca de los dialectos del Magreb. El árabe sí parece atravesar las orejeras. Probablemente esa conversación fuera más interesante y no lo estoy diciendo con ningún tipo de ironía ni reproche.

No tengo mucha paciencia, a los veinte minutos me disculpo y me voy. Los demás también se levantan para ir dentro huyendo del frío.

No sé cuándo volveré a ver a Javier. En realidad ni siquiera estoy segura de que tengamos mucho que decirnos. Conservamos el recuerdo de tres o cuatro años de amistad que compartimos hace más de veinte años.

Parece que basta.

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