Blade Runner 2049

La miraba. Mientras estuve en el escenario y me temblaban las manos no me di tanta cuenta de que la miraba tanto. Claro que sé que miraba a mi hermana, pero no de una forma tan consciente. Solo de vez en cuando levantaba la vista y ella me sonreía de esa forma tan completa, con la boca y con los ojos, y con los pómulos y con el flequillo y con las manos, y yo pensaba, vale, voy bien. Creo que algunas veces hasta me crecí y gané un poco de confianza. Temía comportarme como un palo cuando tuviera que salir a cantar, pero creo que cuanto más la miraba menos palo era y menos necesitaba mirarla. Cuando acabó y fui a buscarla ya se había ido. Aunque haga tanto tiempo que no vivamos juntas, ni tengamos un trato frecuente, me ha bastado una mirada suya para sostenerme. Qué frágiles somos.

No sabe muy bien Mariana cuánto nos acordamos de ella. Era baterista. Era una fuerza de la naturaleza. Iba a ser grande. Iba a marcar una época. Se fue a Barcelona a buscar un maestro, y al llegar allí dejó la música. Por completo. Estudió medicina oriental y ahora se dedica a sanar mediante técnicas milenarias. Parece todo muy raro, pero es que la vida es muy rara casi siempre, hasta cuando parece normal. Raquel y yo emprendimos el análisis hacia el por qué a veces aquello para lo que has desarrollado tanto talento te hace daño. La presión de tener que ser grande, la presión propia, la presión ajena. Lo fácil o lo difícil que es hacer algo aún sabiendo que ese algo probablemente jamás va a ser bueno en términos absolutos, ni te va a conducir a la posteridad, y la posteridad qué significa para quien pueda alcanzarla, si morimos todos. Lo fácil o lo difícil que puede llegar a ser permitirse la mediocridad, o no pensar en ella y permitirse el disfrute. De lo frágiles que somos ante la crítica ajena, y lo poco acostumbrados que estamos a los juicios y a sobrevivir a ellos, a hacernos fuertes a ellos. De lo frágiles que somos.

El beso del metro escondidos en los pasillos subterráneos de la plaza de Lima. Parecía que nos tocábamos, pero no nos tocábamos. O quizás no éramos sólidos del todo pero quizás sí que nos tocábamos. O quizás no era demasiado sencillo diferenciar si estábamos en estado sólido o líquido, si nos íbamos a caer al suelo en cualquier momento o si íbamos a elevarnos del suelo, de qué materia estábamos hechos, de realidades, de deseos, de imposibles. O quizás éramos hologramas. A veces la materia y la realidad se pierden las primeras veces que ocurre algo, debe ser algún tipo de ley física de la sorpresa. El color no era similar. Ni parecido siquiera. Claro que quizás debido a lo difuso de aquel estado nuestro mientras nos besábamos, que es lo único que sé que ocurrió con bastante seguridad, ya no sé si los colores que recuerdo son los de entonces. A veces el color cambia. Eso me hace sospechar. La memoria es frágil.

Nada. Solo la sucesión de fotogramas de gran belleza. Y esas preguntas. Las de ahí delante. Las de Pablo, en ese escrito suyo. Por qué es real lo real.

Sigue. Sigue hacia delante.

 

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Por dónde amanece

Durante muchos años estuvo amaneciendo delante de mi. Yo iba en el coche, casi siempre medio parada por el tráfico, muchas veces enfadada, con este enfado que me producen los conductores prepotentes que pasan por encima de los demás para llegar cinco minutos antes, empeorando el tráfico y creando situaciones de peligro, y que me hacen desear un arma contundente, un hacha, una catana, algo así…. y entonces, de pronto giraba una curva y allí estaba el sol, naciendo entre esas cuatro torres, inundando de luz lo que quedaba de noche, esas briznitas en el campo, las amapolas en primavera, todo aquello que aún faltaba por iluminar, hasta mi cabeza. Y, con luz, ya me daban igual los prepotentes de la carretera, se me quitaban hasta las ganas de decapitar, y la angustia por llegar tarde, y todo, porque solo tenía ojos para el espectáculo de luces entre las cuatro torres. Alguna vez incluso estuve a punto de tener un accidente. Y creo que alguna vez lloré.

Ahora amanece detrás. Recuerdo los primeros días. Ocurría algo extraño pero no terminaba de identificarlo. Los coches, la carretera, el horizonte, los pocos árboles que sobresalían en los márgenes, el asfalto. Todo tenía un color silencioso y quieto, como cuando uno está a punto sentir algo, solo a punto. Tenía color de emoción contenida, tan contenida que ni era. Ocurría algo extraño porque ya no me enfadaba con nadie, ya no veía prepotentes, no sentía ganas de matar, pero tampoco me iluminaba, no pasaba nada. Simplemente conducía quieta y silenciosa, a punto de un algo que no terminaba de pasar, seca. Encontré la explicación cuando miré por el retrovisor. Gracias al espejo vi que el espectáculo de luces naranjas y moradas seguía sucediendo, pero a mi espalda. Si hubiera podido mirarlo un rato un poco más largo me habría emocionado. Me quería emocionar. Tenía nostalgia de emoción. Sabía que el sol estaba ahí, pero solo lo podía ver a ráfagas rápidas y gracias al espejo retrovisor. Incluso con esa cautela de mirar por décimas de segundos alguna vez he estado a punto de provocar un accidente.

Esta mañana delante de mi se había plantado una luna. Una luna muy grande. Creo que ahora les ha dado por llamarla superluna, y hablan de ella en el telediario. Hoy no la habían anunciado, y sin embargo se ha plantado ahí delante. He mirado por el retrovisor. Allí estaba el sol a mi espalda, con su espectáculo de luces. Delante la luna grande. Me he quedado un poco desconcertada con los caprichos astrales y con esa forma que tienen de llamar la atención. He subido la música y he continuado el camino repartiendo mi atención. Delante, detrás. Delante, detrás. Y no distinguía colores, ni de amaneceres, ni de luces, solo sabía que mirara donde mirara había belleza. De verdad que un día de estos voy a tener un accidente, y entonces escucharé algún comentario machista o bien que seguro que fue porque andaba con el puto móvil. Creo que no me molestaré en explicar.