Lo que sé gracias a Mendel

Le pregunté que si quería un huevo o dos, y sin dejar de mirar la pantalla, con los auriculares puestos, me dijo que dos.

Cuando entro en su cuarto siempre está frente al ordenador, mirando a la pantalla con los auriculares puestos, incluso si no está escuchando nada. Supongo que los lleva porque escucha cosas con frecuencia y debe ser bastante tedioso tener que estar poniéndose y quitándose los auriculares constantemente. Así que como cuando entro en su cuarto está con auriculares mirando a la pantalla y no sé si me escucha, pruebo a hablarle. Si me oye me contesta -casi siempre-. Si no me contesta me acerco a él y le muevo un solo auricular de forma que le dejo libre una de sus orejas, pero la otra puede continuar con lo que estaba. Y entonces le repito lo que sea que le hubiera preguntado, y ya sí contesta. Pero esa noche no hizo falta. No solo me dijo que quería dos huevos, también que veía mal, que veía unas lucecitas por algunos sitios en la pantalla y que no conseguía enfocar.

Después de haber preguntado al resto me fui a freír los huevos. No tardé demasiado. Es una cena rápida, aunque no me gusta porque casi siempre se me rompe algún huevo y tengo que decidir a quién darle el roto. Mi madre y mi abuela se quedaban siempre con los huevos que se rompían.  En general se quedaban con lo que menos nos gustaba al resto. Se lo servían y reservaban con tanta naturalidad, con tanto gusto, que yo de verdad pensaba que ellas preferían los huevos con la yema rota, las cabezas del pescado, y los empieces del redondo de ternera. Yo alguna vez sí que me he comido los empieces del redondo de ternera, pero las cabezas de pescado las tiro, no fastidies. Alguna vez también me he puesto un huevo que se me ha roto, pero pocas, porque no me gusta mucho el huevo frito, y casi nunca lo como. En cualquier caso, creo que cuando yo me quedo con la comida fea, con la que no quiere nadie, no me sale tan natural como les salía a ellas, a mi madre y a mi abuela.

Otra razón por la que no me gusta hacer huevos fritos, a pesar de que sea tan rápido, es que, además de que no me gustan y a veces se me rompen, es que el aceite salta. Siempre me salta en la cara. Me están empezando a salir manchas marrones en la cara. Yo no me lo noto tanto, creo que porque me las veo a diario y tengo costumbre. Pero deben empezar a ser evidentes porque tanto mi madre como mi hermana me regalaron protección 50 para el rostro. Así que me pongo protección 50 a diario, incluso en invierno cuando el cielo está gris y en los partes meteorológicos no dicen nada acerca de los niveles de radiación, como si no existiesen,  para evitar el sol y las manchas que me están empezando a salir. De modo que se puede comprender que tras tanto esmero y cuidado me irrite profundamente ir a freír un huevo y quemarme la cara con el aceite.  El aceite es democrático al saltar y no solo lo hace en mi cara, también por toda la cocina. Pero eso a mí me irrita bastante menos. Esa es la parte de freír huevos que le disgusta a mi compañero, que es quien recoge.   A mi compañero no le gusta que le llame compañero, porque le parece un término demasiado tibio para la relación que nos une. Un compañero, como uno de trabajo, como uno de piso, como uno de facultad… Reconozco que puede ofrecer connotaciones insuficientemente vinculantes hoy en día, pero me hace gracia la acepción nostálgica de la época republicana que por otra parte ni siquiera viví. Supongo que será nostalgia de la literatura y la cinematografía. En cualquier caso, cualquier término quedaría impreciso, y nosotros sabemos lo que somos.

Tardé mucho menos en hacer la cena esa noche que en relatarlo. Pablo no se presentó en la cocina para ayudar a poner la mesa. Normalmente doy la señal a modo de grito desde la cocina. “Chicos, la mesa”. Pero en el caso de Pablo no siempre funciona (y eso que grito bastante alto cuando me lo propongo), por el asunto de los auriculares. Antes de ir a buscarlo yo misma vino su hermano a decirme que se había acostado. Fui a verlo y estaba en la cama, con los brazos protegiéndose la cara, gimiendo. Me dijo que le dolía mucho la cabeza. Me dijo que se había tomado un ibuprofeno. Pensé en los destellos. Yo he padecido migrañas toda mi vida. Tenía pinta de ser la primera de las suyas. Bajé las persianas, apagué su ordenador, sus auriculares, su teclado y su ratón, y le llevé una bolsa fría para su cabeza.

Los demás estuvimos cenando mientras el Madrid ganaba la liga. La mitad de los comensales daba gritos y saltos de alegría, la otra mitad no. El plato de Pablo se quedó entero con las yemas intactas.

Fui a su habitación esperando encontrarlo dormido, pero seguía gimiendo. No se podía dormir y el dolor era muy fuerte. Le temblaban las piernas. Era una migraña de libro. Necesitaba poder dormirse.

Esperé una hora más. Pablo estaba perdiendo los nervios. Seguía temblando. Tenía náuseas. Quería ir al médico. Por un lado pensé en lo innecesario. Por otro se me pasó por la cabeza el pensamiento trágico. El pensamiento trágico es ese que de vez en cuando asoma para hacerme vislumbrar posibilidades remotas pero terroríficas. Pensé en la historia del hermano de mi abuela, ese que con diecisiete años se encontraron muerto una mañana en su cama después de una embolia cerebral. Fue después de carnavales, mi abuela contaba que la tarde anterior había salido disfrazado de pierrot. Me hacía gracia que utilizara la palabra pierrot y no payaso. Pero ella siempre que contaba la historia la contaba empleando las mismas palabras.

El caso es que le dije que se vistiera y me fui a buscar el coche. Mi compañero lo acompañó hasta el portal, caminaba regular, estaba blanco como la cera. En el habitáculo de mi coche había botellas de agua a medio llenar, algún carmín, un par de mecheros sin gas, El siglo de las luces de Alejo Carpentier, y una bolsa de papel. Le di la bolsa por si quería vomitar. Pablo fue con ella todo el camino. Y consiguió dormirse. Llegamos a urgencias y no había nadie más enfermo. La mitad de Madrid debía estar en Cibeles. La otra mitad en su casa. Le atendieron enseguida. Tras exponer los hechos la doctora me miró y me preguntó que si era su madre. Sí. ¿Tiene usted migrañas? Sí. Esto es una migraña. Lo imaginaba. La doctora volvió a interpelar a Pablo. ¿Te cojo una vía y te pongo un medicamento en vena para aliviarte? Pablo suplicó que sí.

Nos dejaron en un box a oscuras. Pablo en la camilla tumbado con una vía de la que pendía un medicamento que iba cayendo gota a gota. Le estuve dando la mano toda la noche, hasta ese momento, para dejarle dormir. Lo consiguió poco antes de que vinieran a preguntarle si estaba mejor. Un poco.  Antes de prepararnos para volver a casa me acerqué a él, le di un beso, y aprovechando que estaba sin auriculares le acaricié la cara y le dije que vaya herencia le había dejado, refiriéndome a las migrañas, en clave de humor. Entonces él me dijo mamá, te quiero. Yo lo interpreté como sarcasmo, así que repliqué, bueno hombre, alguna cosa buena también te habré legado. Y él me miró fijo, y me dijo muy serio, no es sarcasmo, me da igual lo de las migrañas, que te quiero, te quiero mucho.

En el camino de vuelta estuvo mejor. No podía echar la cabeza hacia atrás porque la tenía dolorida, pero estuvo pinchando su música, así que di por hecho que no podía dolerle tanto. Volví a dejarlo en la puerta, y cuando llegué a casa después de aparcar dormía profundamente. Estuvo durmiendo hasta casi la hora de comer del día siguiente. Entonces, ya como nuevo, se levantó y se puso sus auriculares para celebrarlo.

Unos días más tarde me llamó mi madre. Hablo con mi madre una vez a la semana. No es mucho, pero el día que hablamos la conversación se alarga un buen rato. Casi siempre le cuento cosas que pasan con mis hijos. Esa tarde me llamó mientras conducía, y estuve hablando con ella con el manos libres, casi no me oía, pero yo seguía hablando. Le estuve contando las novedades en el proceso de admisión del instituto de Miguel, y que no le habían puesto los puntos por tener un hermano estudiando en el centro, así que había tenido que poner una reclamación. Y le conté la primera migraña de Pablo. Mi madre se quedó muy disgustada, porque ella también las tiene, y siempre se ha sentido responsable de mis migrañas, y ahora de las de su nieto.  Se había podido comer las yemas rotas y los empieces del redondo de ternera, pero no había sido capaz de controlar su genética. Entonces me hubiera gustado cortarla en su discurso, y decirle te quiero, mucho, a pesar de las migrañas, a pesar de cualquier cosa. Pero no lo hice. Tanto escribir y tanto hablar, y mi hijo, con sus auriculares puestos, sabe decir las cosas a tiempo bastante mejor que yo.

 

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Zonas grises

Cuando entré en su habitación ya conocía toda la historia. Primero porque me lo había contado mi madre, y, segundo, porque me lo había contado ella misma por teléfono. Aún así, hablamos de ello una vez más aunque ya estuviera hablado, de qué si no.

Me dijo que cuando se dio cuenta de que había roto la bolsa, de vacaciones en aquel pueblecito de costa, y fue al hospital, y entró diciendo que era un embarazo monocorial biamniótico con posible síndrome de transfusión feto-fetal y rotura de bolsa de veintidós semanas de gestación, la atendieron con suma urgencia, como cabría esperar que atendieran a un tráfico, o a un accidente vascular.

En el hospital del pueblecito de costa eran especialistas en picaduras de medusa, traumatismos y golpes de calor, pero en embarazos monocoriales biamnióticos no, y la residente que atendió el caso puso cara de angustia y dijo que ella no podía hacer nada. La bolsa de una de las gemelas se había fisurado y había perdido líquido, aunque no todo, y las niñas estaban bien, por el momento. Pero existía el riesgo de que se desencadenara el parto y entonces necesitaría asistencia médica para dar a luz a dos niñas que nacerían muertas.

Ella llamó a su ginecólogo, el que sí era especialista, y le confirmó que tras una rotura en la bolsa tenía que esperar cuarenta y ocho horas en el hospital por si se desencadenaba el parto. Pero que si tras ese tiempo seguía estable, que pidiera el alta voluntaria y volviera cuanto antes a su ciudad directa a su hospital de referencia. Allí sí sabían qué hacer.

Aguantó esa cuarenta y ocho horas estable y pidió el alta voluntaria. Me contó que en el viaje de vuelta llevaban anotados los hospitales que había en el camino, la ruta y la distancia a cada uno de ellos, por si acaso ocurría algo, pero que no obstante su marido condujo tan deprisa llevado por el pánico (en ese momento imagino que él no conducía un coche aunque pareciera un coche, sino una ambulancia no medicalizada), que ella me contaba que por un momento pensó que si no moría desangrada por complicaciones durante el camino, lo haría en un accidente de tráfico.

Sin embargo llegaron a salvo al gran hospital de referencia, y volvió a entrar presentándose como embarazo monocorial biamniótico con fisura en una bolsa de veintidós semanas de gestación, volvieron a darle prioridad frente al resto de los pacientes que esperaban en urgencias, y la ingresaron. Ella se quedó allí y su marido se fue a casa con la otra hija de ambos, de dos años.

Entonces empezó a llegar la información. Las niñas estaban bien, ella no tenía ninguna señal de ir a ponerse de parto y le estaban suministrando antibióticos de forma preventiva para evitar una posible infección de los fetos a través de la fisura. Pero que, no obstante, no se podía descartar la posibilidad de que ese parto prematuro se desencadenara en cualquier momento. Pero que ese cualquier momento ocurriera tendría unas consecuencias muy distintas según el estado de gestación. En ese hospital, dados sus sofisticados medios, eran capaces de poder intentar sacar adelante fetos nacidos a partir de la semana veintitrés. Pero las estadísticas en cuanto a supervivencia eran poco alentadoras, y, en caso de sobrevivir, el riesgo de que las niñas quedaran con secuelas se elevaba al 70%. ¿Qué tipo de secuelas? Preguntaron. Secuelas que pueden ir desde una sordera hasta una parálisis cerebral. Y todas ellas, las leves y las graves, entraban dentro del mismo porcentaje.

Los médicos les informaron de que entre la semana veintitrés y la semana veinticinco era la llamada zona gris. Eso quiere decir que sin ayuda médica las niñas morirían al nacer, pero si las reanimaban podrían intentar sacarlas adelante con esas perspectivas que les habían contado. Y que eran los padres quienes debían decidir, y dejar por escrito qué querían que hicieran los médicos si el parto se producía en ese cualquier momento, en el de la zona gris. Intentar salvarlas o dejarlas morir. Después, entre la semana veinticinco hasta la veintiocho o la veintinueve, ya no había elección para los padres. Los porcentajes de supervivencia aumentaban y los riesgos de secuelas disminuían hasta un 50%. Y si conseguía aguantar y que nacieran después de la semana veintinueve, ya no serían grandes prematuros sino prematuros de engorde, y el pronóstico sería muy bueno.

Ella me estuvo hablando del sufrimiento que les había supuesto esa decisión, y del conflicto moral al que se habían enfrentado. Y que decidieron que si el parto se producía en esa llamada zona gris, negarse a la intervención médica. Me dijo que, en general, sus familiares y amigos habían sido comprensivos con la decisión que habían tomado, aunque sí que habían recibido algún reproche por parte de alguna persona puntual.

Entonces intervine, y le planteé la cuestión que a mí me surgió ante todo aquello que me estaba contando. ¿Y por qué le habéis contado a todo el mundo este dilema y la decisión que habéis tomado? ¿Qué necesidad tenéis de someteros a un juicio público?

Entonces ella me contestó que por dos motivos. El primero de ellos era que necesitaban desahogarse y compartir esa situación que estaban viviendo. Y que el segundo, que aunque estas disyuntivas morales no se daban muy a menudo, ocurrían, pero que nadie lo cuenta, así que nadie lo sabe, así que entonces es como si no existieran. Pero existen. Y entonces un día te ocurre a ti, y te parece que estás solo. Que eres la única persona en el mundo que tiene que tomar una decisión así de terrible, y les parecía importante que ciertas cosas también se supieran, que se supiera que ocurren, que se creara sensibilidad, y que se generara respeto. Y que, además, aunque sonara horrible, la zona gris, aquella zona en la que habían podido elegir, aunque esta decisión hubiera sido tan difícil, les había dado una cierta tranquilidad. En esos momentos, cuando yo estaba con ella, ya había salido de esa zona. En esos momentos ya no podía decidir, si se ponía de parto los médicos intentarían sacar a sus hijas adelante, con un riesgo de secuela de un 50%. Me decía que los médicos le hablaban de que ya se encontraban ante un riesgo bajo y asumible. Pero supongo que ella pensaba en la posibilidad del 50% de tener dos hijas con parálisis cerebral, y, desde su perspectiva, el porcentaje no era ni tan bajo ni tan asumible. Así que por delante le esperaban tres semanas de gestación críticas, sin moverse apenas en aquella cama de hospital, separada de su marido y su hija, para intentar que sus hijas se desarrollaran lo suficiente como para tener casi las mismas oportunidades de cualquier bebé nacido a término, de nacer sanas, y poder llevar una vida normal.

Después, creo que hablamos de personal sanitario, de educación, de adolescentes, de un peligroso juego suicida en redes, y de lo mucho que hablamos las mujeres de mi familia. La llevé una botella de agua, dejé puesta la televisión tal y como me pidió, para estar un poco distraída, dijo, y salí. Los pasillos del pabellón de maternidad ya estaban oscuros. Solo se oía el llanto de algún recién nacido.

 

Los amorosos

Hoy he cumplido 39 y se me ha olvidado escribir. Y no solo. Estamos poco imaginativos. Perder la imaginación es como quedarse ciego.  Hoy he cumplido 39 y he empezado de cero aunque no sea posible empezar de cero. Hoy he cumplido 39 y he escrito tres líneas. Casi cuatro. Que es casi como empezar de cero, o llámalo volver a empezar, o, si quieres, volver.

Los amorosos. Jaime Sabines.

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.