Trastornos

Mi psiquiatra dice que mi trastorno estaba ahí antes de aquello, latente, y tendrá razón, seguro, pero hasta entonces llevaba una vida aparentemente normal, o no muy diferente al menos a la del resto de la gente, que viene a ser lo mismo. Lo digo en el sentido de que, por ejemplo, a mí no me parece normal dormir con un revólver bajo la almohada, quiero decir, que si salgo una noche con un tipo, tomamos una copa, nos parecemos bien, decidiéramos tener sexo y decidiéramos que fuera en su casa, -yo suelo preferirlo porque así me puedo ir cuando quiero, me siento más libre- y si ya en su casa, aprovechando el momento en que él está en el baño, quizás después de haber practicado sexo, yo sintiera curiosidad, porque soy una persona curiosa y creo que eso no es necesariamente consecuencia de mi trastorno, y me pusiera a mirar un poco, superficialmente, como si fuera normal, y levantara la almohada, solo para ver qué tipo de pijama usa para dormir, y encontrara un arma de fuego, saldría de allí pitando. Intentaría vestirme a toda velocidad, puede que incluso saliera de la casa con la ropa en la mano, y me fuera poniendo las bragas en el descansillo, y abrochándome la camisa en el ascensor, confiando en que a esas horas los vecinos duermen, pensando sin duda antes en ponerme a salvo de un tipo que tiene una puta pistola en su casa antes que de miradas ajenas, porque al final mi cuerpo es muy parecido a otros cuerpos, no tiene nada de especial, a pesar de que puestos a hablar de anormalidades, encontrar a una mujer poniéndose el sujetador en el descansillo lo es, y puede que el vecino en cuestión también saliera de allí pitando, pero más por un miedo a la anormalidad, que es un miedo que existe, que por miedo a perder la vida. Pero si en lugar de haber nacido en Madrid me hubiera criado en Texas, si al ponerme a curiosear inocentemente bajo la almohada de mi amante hubiera encontrado un arma de fuego, me habría parecido normal, no habría temido por mi vida ni me habría arrojado desnuda a un descansillo, porque además, si me hubiera criado en Texas sabría que mi desnudez resultaría mucho más agresiva que un arma, y me habría quedado tranquilamente en la cama esperando a que mi amante saliera del baño, tranquilamente, con la paz que da el tener un revólver al lado. De hecho, probablemente, si  yo me hubiera criado en Texas también tendría un arma. O dos. Seguro. Lo sé porque me conozco, y más allá del trastorno las tendría.

Me he excedido con la relatividad de lo que es normal y me he desviado de mi trastorno, que es el gran protagonista, y que, como decía, debía padecer ya antes de que se manifestara. La ubicación del momento donde empezó todo fue un supermercado. Habría preferido otra localización, pero ocurrió donde ocurrió.  La culpa la tuvieron esas cajas de autocobro que instalaron, que despidieran a tres cajeras y mi furia porque el supermercado redujera servicio al cliente, puestos de trabajo, y no bajara los precios. Una tomadura de pelo en toda regla. Al principio miraba las cajas recelosa, ni siquiera sabía muy bien qué era eso.  Después me indigné, me entró la vena sindical, “esto lo único que consigue es destruir empleo”, y continuaba poniéndome a la cola de las cajas tradicionales, que cada vez eran menos y las colas más largas, y miraba con odio a quienes se colocaban en las nuevas, y esperaba mi turno para pagar sintiendo una gran gloria, pensándome salvadora y adalid de la conservación del empleo y la dignidad humana, y nadie se daba cuenta, pero yo en mi cabeza tenía en alto el puño izquierdo y cantaba la internacional, y se me ponían los pelos de punta.

Pero unos días más tarde, o unas semanas más tarde, o un tiempo más tarde, el que fuera, qué más da, me acerqué a una de esas cajas nuevas, un día en que parecían decirme “prueba, sé cajera por un día”. Me prometí a mí misma que solo sería una vez. Y probé. Quizás por conocer al enemigo. Por ahorrar tiempo. Y sobre todo por aquello de imaginarme siendo cajera, y más aún en esta época de las experiencias. Regala una experiencia. Parece que vivir ha dejado de ser experiencial, y tenemos que rellenar ese vacío a golpe de visa, como hacemos con todo. O es que como ya no sabemos en qué chorrada gastarnos el dinero, pagamos por tirarnos de un puente con una cuerda, por una batalla de pistolas láser, por dormir una noche en una casa rural, por ordeñar un día a una vaca, por protagonizar una sesión fotográfica de estudio. Así que yo lo enfoqué así, tenía la oportunidad de ser cajera por un día y además gratis. De modo que me di los buenos días, pasé mis artículos por el lector, me informé del importe de mi compra, y me pregunté si iba a pagarlo en efectivo o con tarjeta. Con tarjeta, me contesté. Así que verifiqué mi identidad enseñándome mi DNI y pagué. Pero una vez hecho todo esto, me di cuenta de que no había tenido en cuenta las bolsas: tenía un montón de artículos pagados y no podía recogerlos. Había bolsas, pero tendría que haberlas escaneado previamente y pagado junto con el resto de artículos. En esa encrucijada tuve que ser fuerte y tomar una decisión que marcaría un antes y un después en mi vida, aunque en ese momento no fui consciente de la trascendencia, y opté por robar.

Salí de allí apresurada y con un nudo en el estómago, pero no pasó nada. No sonó ninguna alarma, nadie me denunció, no me interceptaron los guardias de seguridad en la puerta, nada. Salí de allí como si fuera cualquier otro día, crucé la calle como si fuera cualquier otro día, y es posible que si no hubiera sido por la adrenalina que segregué con mi pequeño hurto, todo habría seguido igual. Pero aunque todo pareciera igual no lo era. Volví aparentando normalidad pero en cuanto traspasé el umbral de mi casa, di un grito, se me escapó una carcajada nerviosa y  estuve riendo durante un buen rato. Nada pudo detener lo que ocurrió a continuación en mi cabeza, que ya estaba preparando el siguiente golpe. Después del éxito de las bolsas en el supermercado necesitaba dar un paso más. Un paquete de chicles. Después quizás algo de ropa en un gran almacén, y con un poco de tesón, inteligencia y estudio, podría llegar a perpetrar algo memorable, un golpe de los que después inspiran guiones de películas, que posiblemente interpretaría algún actor con perfil de tipo duro estilo… no sé, Clint Eastwood, o alguna buenorra de cuerpo atlético, como Anjelina Jolie, para hacerlo más verosímil.

Creo que en esos momentos me alivió el no haber probado ser sicaria por un día, y no por disquisiciones morales, sino porque entonces supe que matar también podría llegar a gustarme. Joder, por eso se hacen las normas. Por eso se crean esos límites infranqueables. Porque quizás por matar a alguien, a una sola persona, una sola vez,  en un momento determinado, no arrastrado por un impulso malvado y violento, sino por curiosidad, como hecho experiencial, como un oye, es que yo no me quiero morir sin haberlo probado, pues entiendo que tampoco habría un gran problema. Es posible que incluso, en casos determinados, resultara un gran bien común. Pero lo jodido de todo es que una vez traspasado ese límite se le puede coger gusto. Al menos en mi caso, aunque en mi caso quizás sea por el trastorno. Y un asesinato es una cosa muy seria, y muy distinto es practicarlo una vez de manera excepcional que tener que andar matando a diario, por vicio. Así que en cierto modo, a pesar de haberme iniciado en la disciplina del robo, me tranquilizó saberme con la lucidez suficiente como para tener tan claro que el asesinato mejor no probarlo. Y eso que por aquellos entonces aún no visitaba al psiquiatra. Después de esa reflexión pude dedicarme por completo a planear mis siguientes golpes.

Hablar con un psiquiatra me resulta bastante reconfortante. Hablar me resulta reconfortante. También por entonces. Vivía sola. Trabajaba de asistente en unos laboratorios de control de calidad de la industria cárnica. El horario de laboratorio terminaba a las cinco de la tarde. Un poco antes del cierre llegaba yo, y me quedaba en los laboratorios para vigilar que la maquinaria se mantuviera con los parámetros necesarios de humedad y temperatura, encargarme de los experimentos que terminaran por la tarde, autoclavar el instrumental para el día siguiente, y quizás redactar algún informe. No era madame Curie, pero me ganaba la vida y nadie se metía con mi trabajo. A las doce de la noche llegaba mi relevo. Y nada más. También sola toda la tarde. Por eso, con frecuencia, cuando terminaba, entraba al café Lunar a tomarme una copa y a hablar un poco. A veces en la barra había alguna persona receptiva con la que entablar una conversación y pasaba un buen rato. Incluso algunas veces hasta podía encontrar sexo. Pero la mayor parte de los días terminaba hablando con el malagueño que ponía las copas. Sin embargo desde que empecé con los robos, dejó de ser lo mismo.

Esa nueva faceta mía no podía compartirla. No creo que nadie fuera a denunciarme, en realidad es posible que nadie me creyera, o que al menos no me tomaran muy en serio, porque ningún delincuente va por ahí contando sus delitos en la barra de un bar. Pero pensarían que estoy chiflada. Y si la delincuencia espanta, la locura todavía más. Joder, yo me pasaba el día sola, y no acudía a un bar a las doce de la noche para continuar sola y espantar a la gente. Eso sí, ya que no podía sincerarme, aprovechaba para cometer algún pequeño hurto. Algo que no me pudieran achacar a mí, que era cliente habitual. Especialmente las noches en que terminaba en la cama de algún desconocido. Les quitaba alguna cosa pequeña. La cartera no, habría sido una torpeza, pero sí las examinaba. Cuántas tarjetas tenían, el carnet de identidad, el de conducir, los resguardos de las compras, alguno aún llevaba fotografías… En base a mi experiencia puedo decir que casi ningún hombre mentía acerca de su edad, pero sí acerca de sus trabajos y de sus cargos, era sencillo comprobarlo con solo mirar las tarjetas de visita. En casa, de vuelta, me entretenía a veces fisgando los movimientos de sus cuentas bancarias. Fotografiaba las tarjetas de coordenadas de sus bancos, y las contraseñas solían ser las fechas de nacimiento de los hijos. Casi siempre tenían hijos. Yo accedía a todo aquello, pero después me quedaba de recuerdo con la tarjeta de un restaurante, con una nota escrita a mano, con una foto que hubiera en la casa. Por aquellos entonces con eso me bastaba. Comprobar hasta dónde podía llegar, pero quedarme solo con un símbolo de lo que pude hacer y no hice.

Era una vida bastante solitaria. Emocionante, pero solitaria hasta el extremo de doler. Hay personas que son capaces de mantenerse siempre ocultas bajo la identidad que proyectan y sentirse bien. Yo no. Sin embargo, casi me había resignado. Hasta que apareció esa mujer una noche en el Lunar. Debía tener unos sesenta años, y llevaba uno de esos trajes de chaqueta un poco antiguos, de cuadros pequeños, la falda por debajo de las rodillas, medias de compresión, y zapato de horma ancha. Debajo del traje un jersey fino, y un pañuelo pequeño en el cuello. Una señora con pinta de ama de casa de las de antes, de las que se han encargado de llevar a los hijos al colegio, de que hicieran la tarea, de lavar y de planchar. De las que hacen croquetas con las sobras del cocido, y albóndigas y ensaladilla rusa, y que jamás han servido alimentos precocinados. De las que en casa se ponen una batita de flores, pero para salir a la calle se visten. De las que planchan los calcetines, los calzoncillos y las toallas. De las que van a la peluquería una vez cada quince días, y a misa los domingos, y que una vez al mes quedan con amigas para tomar chocolate con churros en una cafetería. Una señora que no desentonaría entrando en una mercería, pero definitivamente sí haciéndolo en el bar Lunar a media noche, trastabillando. Definitivamente sí sentada en esa mesita con las piernas juntas y el bolso viejo de piel marrón en su regazo. Definitivamente sí pidiendo una copa de jerez tratando de no perder una compostura que después de haber mantenido toda una vida amenazaba resquebrajarse tras beber un par de copas.

Me senté en su mesa, y me dijo que se llamaba Carmen. Para mí doña Carmen, le dije. Le pregunté qué hacía allí. Y doña Carmen no trató de inventar ninguna historia, ni justificar su actitud ni revestirse de respetabilidad. Sencillamente me contestó que un día había empezado a beber, y le había hecho sentir bien, así que había tomado la decisión de hacerlo más a menudo. Sin más. No trató de justificarse hablándome de una vida insatisfactoria, o de una viudedad, de deudas o problemas económicos. Lo resumió en que había tomado la decisión de beber. Y me pareció una respuesta tan sencilla y tan franca, tan sublime, que yo le conté a ella que robaba. Me dio un poco de miedo, pero no pareció recelar de mí, ni aferrarse más fuerte a su bolso, ni siquiera modificó su semblante. Dio otro sorbo de jerez, pero no por lo que acababa de escuchar, sino porque le tocaba -parecía beber a intervalos regulares, como si le marcara el ritmo algún tipo de mecanismo interno-, y simplemente dijo “qué cosas se te ocurren, hija”. A lo que le contesté “pues anda que a usted, doña Carmen” “pues tienes razón.” Y de esa forma tácita nos aceptamos con nuestras decisiones absurdas, o trastornos, o lo que fueran. Así empezamos a sentarnos cada noche juntas, y a charlar. Doña Carmen solo había tenido una hija, que se había colocado muy bien, y trabajaba en el extranjero, en Alemania. Me contó que ella había ido tres o cuatro veces, pero que le daba miedo el avión, y que Berlín no le gustaba mucho. Que para turismo estaba bien, pero no entendía cómo su hija podía vivir allí y parecer tan acostumbrada, porque a ella, por más que iba, se pasaba la estancia en un continuo desconcierto. Por la ciudad, por el frío, por las costumbres, y sobre todo por su yerno, que era muy extraño, cosa que achacó a su nacionalidad germana. Me contó que tenía dos nietos, y me enseñó fotos, y me decía que su marido solo había conocido al mayor. También me enseñó alguna foto del marido.

Doña Carmen hablaba primero, cuando llegaba, antes de que el jerez empezara a hacerle efecto. Solo se tomaba un par de copas, pero el alcohol, aunque lo consumiera regularmente, le sentaba regular, y cuando empezaba a trabársele la lengua se le terminaba la conversación. Se supone que debería ser al contrario, que el alcohol suelta. Yo creo que le daba vergüenza. Pensándolo bien, yo por mi parte le había contado que robaba. De hecho, cuando me llegaba el turno de palabra, le contaba mis golpes del día, y doña Carmen los apreciaba. Casi siempre se reía bastante, no les daba demasiada importancia, decía cosas como “por dios, qué chiquilla”. Sin embargo, jamás hubiera consentido que ella me viera robando. Una cosa es la franqueza y otra diferente perder el pudor.

Me di cuenta de que le había tomado verdadero afecto a aquella señora. Hasta dejé de ligar, porque no sentarme con ella para ir a charlar con algún tío me hacía sentir mal, como si la estuviera abandonando. Pero no me sentaba con ella para hacerle un favor, esperaba el momento contenta. Por las mañanas solía robar algo para ella. Un día le llevé una laca de uñas perlado, que era el color que solía usar. A mí me parecía espantoso, y tuve que hacer todo un ejercicio de respeto para no robarle también uno rojo o marrón, que llevaban nombres absurdos como glad passion, o nude dark, o gilipolleces así. Otro día le llevé una gargantilla de oro y brillantes, le dije que era mala para no hacerle sentir mal. Creo que fue la única vez que le mentí. Se la puso solo un par de días, me dijo que le daba miedo porque que la bisutería le solía dar alergia. No la saqué de su error.

No sé cuánto tiempo duró aquello, porque los síntomas de su enfermedad empezaron poco después. Ni siquiera me lo contó ella. Tuve que enterarme directamente en el hospital. Un par de días se ausentaba, he estado enferma, decía. Tenía una forma de hablar tranquila y serena, e igual contaba que por la mañana había comprado rabillo de ternera para hacer un guiso que simplemente un día tomó la decisión de beber. Hablaba de todo como si no tuviera excesiva importancia. Casi ninguna, en realidad. Me preguntaba si ese era un poder que llegaba con la edad. Y a raíz de hacerme esa pregunta me he dado cuenta de que, en los últimos tiempos, yo también he dejado de preocuparme por casi todo. Continúo robando, pero ya es porque he adquirido esa costumbre, casi como un compromiso conmigo misma, pero no me importa demasiado la perspectiva de ser descubierta. Ni siquiera en aquellos robos cuyas cuantías me habrían encausado por vía penal, quizás hasta con riesgo de cárcel. En realidad, qué pasaba si iba a la cárcel? Nada. ¿Y si perdía mi trabajo? Nada, ya habría otro. ¿Y si llovía y había salido sin paraguas? ¿Y si en mi destino para las vacaciones había estallado una guerra civil? ¿Y si el ébola se extendía de forma incontrolada y moríamos todos? ¿Y si las elecciones las volvía a ganar el PP? Nada. Nada es tan importante, en realidad. A veces le he hablado de esto a mi psiquiatra pero creo que no le termina de quedar claro el concepto. Aún no tiene el poder. No pasa nada. Hay quien lo adquiere y hay quien no. Hay quien no consigue adquirirlo nunca, y sufre por todo hasta el final. Y sigue sin pasar nada.

Pero cuando doña Carmen, después de ausencias intermitentes, estuvo más de una semana sin aparecer por allí, me preocupé. No podía soportar no saber dónde estaba, ni qué le pasaba, ni cuánto tiempo iba a estar fuera. Juro que a doña Carmen la había respetado casi del todo, pero lo mío es un trastorno, y a veces la voluntad por sí sola no basta para mantenerlo a raya. Así que un día también le había fisgado la cartera, y sabía dónde vivía. Fui hasta allí una mañana, y llamé al timbre media docena de veces. No contestó nadie. Busqué una cafetería para desayunar, para hacer un poco de tiempo antes de volver a intentarlo. Entré en una, pedí café con leche y churros, y me quedé mirando la puerta. Me entretuve imaginando que doña Carmen entraba, fantaseando con la cara que pondría al verme, que se tomaría un desayuno conmigo en lugar de un jerez, y que después me invitaría a subir a su casa. Y me daría croquetas, y me enseñaría un millón de álbumes de fotos. Evidentemente no entró, así que pagué el desayuno, volví al portal y seguí insistiendo, pero nada. Entonces llamé a las puertas contiguas, hasta que alguien me contestó, y pregunté por doña Carmen, porque en los barrios los vecinos, y más los mayores, aún se conocen, y así fue, y entonces me dijo que estaba ingresada, y dónde. Me fui al hospital, y pregunté por ella. Porque como le había fisgado la cartera conocía sus apellidos, Carmen Alegría Hernán. Me dijeron que estaba en la habitación 362, y cuando me acerqué al directorio, porque los grandes hospitales son laberintos con complejos sistemas de señales, vi que la habitación estaba en la unidad de cuidados paliativos. Doña Camen, pero ¿por qué está aquí? porque estoy enferma. ¿Y por qué está sola? porque no se lo quiero decir a nadie. ¿quiere usted que me vaya? no, ya que estás aquí…

Dejé mi trabajo y me quedé con ella el tiempo que estuvo ingresada. Creo que le senté muy bien, porque doña Carmen estaba hecha un desastre, sin arreglar, con esas batas horribles del hospital con las que se enseña el culo de espalda y con el pelo horrible. Yo robé para ella tal colección de camisones que terminó siendo la envidia de la planta, y le arreglaba el pelo y las uñas, aunque no me dejaban pintárselas. Me decía que le iban a dar el título de Miss Cuidados Paliativos. Seguía haciendo como que tampoco le importaba demasiado, pero bien que se pasaba un buen rato pensando qué camisón ponerse cada mañana después del aseo, antes de que me la llevara a dar un paseo por la planta en su silla de ruedas. También le llevé una botella de jerez, y por la noche se tomaba dos copas. Solo me pidió una vez una cosa, que fuera a su casa y le regara las plantas. Cuando me fue a dar las llaves le dije que no era necesario. Una vez dentro no lo pude evitar y fisgué. Miré los álbumes, y me dio por llorar, y me los llevé. En el hospital me los estuvo enseñando doña Carmen, que como tenía esa forma tan serena de contar las cosas no me puso triste. También le llevé morfina extra, que conseguí en la farmacia, y que nos vino muy bien para el final. Yo me quedé con unas dosis extra para mí, porque me gustan los trofeos y nunca había robado en una farmacia de hospital, y porque nunca se sabe. Los últimos días ella dejó de estar consciente. Como ya no podía enfadarse conmigo por hacerlo, le mandé un telegrama a su hija, y cuando llegó ella desaparecí. Me enteré de la muerte de doña Carmen pocos días después. Tuve que entrar una última vez en su casa.

A partir de entonces intensifiqué mi actividad. Como había dejado mi trabajo tenía que vivir de mis robos. Pero las cosas no se transforman bien en dinero. Al final me denunció un amante resentido, que se tomó que le vaciara su cuenta  como algo personal. No sé muy bien cómo dieron con mi rastro, putos delitos informáticos. Siempre me sentí mucho más cómoda en el mundo analógico. Habían sido seis mil ochocientos euros, y como no tenía antecedentes y por algo que debí decir al declarar, me condenaron a una rehabilitación psiquiátrica. Escuché la sentencia con la gargantilla de brillantes de doña Carmen. Pensé que le habría gustado.

Hablar con mi psiquiatra es reconfortante. A él le puedo contar muchas cosas de las que siento, y también del bar Lunar, del malagueño, de mis prácticas sexuales -que él denomina promiscuas y las relaciona con mi trastorno, aunque yo pienso que mi terapeuta tiene prejuicios religiosos. En realidad me da igual. No le puedo hablar de mis robos actuales, que han vuelto a ser vocacionales porque he conseguido un trabajo, solo puedo hablarle de los antiguos. Si acabara en la cárcel no pasaría nada, pero prefiero no ir. Tampoco puedo hablarle de doña Carmen. Ahora no puedo hablar con nadie de eso. Así que es posible que de vez en cuando hable sola. Es posible que me lo cuente todo a mí misma, como para darle realidad, porque de lo contrario podría parecerme que es solo algo que me invento, y salvo porque conservo mis trofeos y la gargantilla, y algunas fotos, correría el riesgo de pensar que estoy volviéndome loca, que es peor que padecer un trastorno. Aunque de ser cierto, tampoco pasaría nada.

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Fear the walking dead (y la historia)

Vuelvo a casa ilusionada porque Miguel quiere ver otro episodio de The Walking Dead. Quizás desde fuera parezca extraño que me alegre que se haya enganchado a una serie de zombis, pero es que Miguel habitualmente solo se interesa por los deportes en general y el fútbol en particular. En común tenemos el sentido del humor, el gusto por la música, y ahora estar enganchados a The Walking Dead. La serie en cuestión defiende una escala de valores de lo más paleta, y, como casi todas las apuestas acerca del comportamiento humano en un contexto apocalíptico, esta es también desoladora, los zombis me elevan los niveles de adrenalina y me voy a la cama al borde del infarto, pero aún así  me he enganchado. Son las drogas orgánicas. en mi caso la adrenalina. En el caso de Miguel, el hilo argumental no le interesa y no lo sigue, como le ocurre con el de cualquier historia, ya sea cinematográfica, televisiva, literaria o académica. Pero las escenas macabras, las cabezas saltando por los aires, los descuartizamientos, las desfiguraciones y sobre todo verme dar respingos en el sillón le hace reír a carcajadas. Si algo le gusta a Miguel es reír. Así que posiblemente también sean las drogas orgánicas las responsables de su adicción, en su caso endorfinas. Parece que yo gano en comicidad a los caminantes; ganar me gusta y alimenta mi ego. Y ver reír a Miguel. Cuarenta y cinco minutos de metraje le merecen la pena por un solo brinco mío. Incluso por la sola posibilidad.

Antes de ver la serie tengo que ayudarle a estudiar un examen de historia. Llevo todo el mes explicándole poco a poco el tema. A Miguel las historias no le gustan, no le interesan, no sigue los hilos argumentales, la Historia con mayúscula no es ninguna excepción. El tema abarca desde la prehistoria hasta la economía y sociedad española en el siglo XIX, explicado todo en 12 carillas repletas de fechas, nombres y términos como feudalismo, absolutismo, cortes, liberalismo, regencias, analfabetismo, ideas ilustradas, burguesía, proletario, sociedad de clases. Miguel no entiende siquiera esos términos. Tenemos una hora de tiempo. A pesar de que ya hubiéramos estado viéndolo poco a poco y de mi optimismo, el resultado es un completo desastre. Mis expectativas eran muy diferentes, así que al hacerme consciente de que era imposible hiciéramos lo que hiciéramos que tuviera la más mínima posibilidad de aprobar el examen, pierdo la paciencia y le grito. Mucho. Hasta hacerle llorar. Esa misma tarde había subrayado en un libro que no tener paciencia es falta de imaginación. Yo añadiría que también es una mala gestión de expectativas.

Después de pensar unos minutos en lo ocurrido fui a pedirle disculpas. Lo siento, Miguel. No debería haberte gritado, no debería haberte tratado así. He perdido la paciencia y lo siento. Se lo vuelvo a explicar una vez más. Me dice que lo ha entendido, aunque sé que no es así. Esta vez sabía que no iba a ser así antes de intentarlo. Supongo que lo hago para ponerme a mí a prueba, para redimirme, para saber que puedo tolerar la frustración y la impotencia sin convertirme en un polvorín. Impotencia por no ser capaz de ayudarlo. Por no poder hacer nada por remediar la mierda de sistema de estudios. De eso además debería saber, ya que asesoro con frecuencia a Pablo cuando se queja. Pablo, ahora mismo es lo que hay, si quieres mejorarlo, de mayor sé ministro de educación. Aguanto mi impotencia y ya no me convierto en ogro. Aprobar un examen no es tan importante, hoy lo importante son los zombis. De todas formas le digo a Miguel que puede conseguirlo tirando de la épica del deporte, tratando de hablarle como les habla su míster, o como yo imagino que lo hace.

Cenamos y vemos por fin un capítulo de The Walking Dead. Esta vez no doy respingo ni Miguel se ríe tanto. En el capítulo muere en el parto la mujer del protagonista, y su hijo mayor la remata de un tiro en la cabeza para que no se convierta. La mujer era una pesada insoportable, como a su manera casi todos los personajes de la serie, ella en concreto una pasivo agresiva de manual, que antes de morir no para de repetir como un mantra para despedirse de su hijo mayor “haz lo correcto, haz lo correcto”, lo correcto según la moral paleta que rige la serie, claro, aunque esto Miguel no lo sabe porque es su segundo episodio y además no sigue líneas argumentales. Pero es de corazón sensible, y empatiza con el chaval. Y dice en voz alta ¿y era su madre? Sí. ¿Y le tiene que disparar? Sí, para que no se convierta en zombi. ¿A su madre? Sí. (silencio) Joé. Y se queda cabizbajo. Cero endorfinas. Es el principio del fin de la serie para Miguel, él aún no lo sabe. Se acabaron las endorfinas y a él no le hace segregar adrenalina. La verdad, no me extraña que no le inquiete. El verdadero miedo no es un apocalipsis zombi, sino un examen de historia.

El San Juanito.

La casa de mis abuelos estaba en la calle de San Marcos y tenía un pasillo tenebroso. El salón y el gabinete, sin embargo, eran exteriores y tenían balcones a la calle. Cuando íbamos a visitarles, mi abuelo nos solía esperar asomado, y nos decía hola con la mano. Mi abuelo tenía un bigote como el de Clark Gable, y unos ojos pequeños que se iluminaban cuando se le ocurría un comentario mordaz.

Para ir desde el salón hasta la cocina había que atravesar el pasillo tenebroso. Recuerdo que lo hacía corriendo, especialmente en el tramo que daba al hueco del recibidor, de un oscuro absoluto, ideal para esconder una sombra, un monstruo, un espectro, un asesino en serie, o cualquier otro ente de los que articulan los miedos infantiles.

A un extremo del pasillo estaba la cocina, y desde allí se escuchaba el transistor con música, y al otro extremo estaban el salón y el gabinete, desde donde se oía la tele. En medio el pasillo. En el salón estaba mi abuelo viendo concursos o haciendo crucigramas. En la cocina mi abuela nos hacía zumo de naranja y cuando nos levantábamos ya había ido a comprar churros, y nos dejaba mojarlos directamente en el azucarero. Y nos llevaba a la Plaza del Rey a dar de comer a las palomas. También nos llevaba a la Iglesia de San José, y recorríamos las capillas para ver  las tallas de los santos, todas ellas de un realismo terrible, y le encendía velas al Cristo de la buena muerte. Las tallas forman parte de los recuerdos asociados al pasillo. Las palomas y los crucigramas a los del salón y la cocina. Para ir desde el salón a la cocina había que atravesar el pasillo tenebroso, y el hueco del recibidor.

Cuando murió la tía Juana mi abuela ya era viuda, y la casa de la calle San Marcos iba camino de la ruina. Mi abuela no recibió un duro en herencia, pero sus sobrinos le regalaron como recuerdo un San Juanito (bautista) que había pertenecido a la difunta, y le aseguraron que se trataba de una talla singular de excepcional valor. El santo, de unos tres palmos, colocado sobre un pedestal de madera y protegido por una urna,  parecía haber sido disecado en su más tierna infancia y ungido después con pintura y barniz,  y descansaba con cara doliente y terrorífica. Como si ya supiera desde niño que un día perdería la cabeza, o que sería disecado y encerrado tras un cristal.

Mi abuela, que no había tenido un objeto valioso en su vida, colocó el San Juanito en el hueco del recibidor. Desde que había muerto mi abuelo, cuando yo iba a su casa tenía que enfrentarme a la persistente extrañeza de no encontrarlo ni asomado al balcón ni en ningún otro sitio, y a partir de entonces y además, hube de enfrentarme de nuevo al hueco del recibidor, que había pasado de albergar asesinos en serie imaginarios a Sanjuanitos disecados y corpóreos; el buen criterio de mi abuela al elegir su lugar fue incuestionable. Volví a correr por el pasillo.

            Cuando apuntalaron su casa, poco antes de que fuera declarada en ruinas para regocijo de su casera,  vi que el San Juanito había desaparecido del recibidor y se había acomodado en el dormitorio de mi abuela, uno de los pocos lugares de la casa donde no había vigas manteniendo los techos. Ése fue el precisamente el lugar que escogió el santo para comenzar a hablar. No puedo imaginar el susto que se llevaría mi abuela el primer día que San Juanito se dirigió a ella, aunque quizás, acostumbrada como estaba a dirigirse a los santos de las iglesias, no debió encontrarlo tan perturbador, incluso puede que llegara a parecerle razonable. “Fíjate, a mi edad, y viuda, y me voy a ver en la calle”. Y el San Juanito le decía que aunque fuera sólo un niño estaría a su lado, que ya encontrarían la manera de salir adelante, y también eso de que Dios aprieta pero no ahoga, está visto que también los santos recurren a los tópicos. El caso es que no sé cómo se las apañó, tan inerte como parecía, para hacer que le tocara una vivienda de protección oficial.

Estaba en el Puente de Vallecas, lejos del centro y de la iglesia de San José, y era luminosa y sin pasillos. Tenía balcones, pero allí ya no esperé jamás ver a mi abuelo, y aprendí que un cambio de contexto es mucho más rápido que el paso del tiempo para aceptar ausencias definitivas como la que implica morir.

Mi abuela, agradecida, colocó al San Juanito en su nuevo dormitorio junto a la foto de mi abuelo, esa en la que se parece a Clark Gable. Y se decidió a disfrutar en la vejez lo que no había podido de joven. San Juanito estuvo de acuerdo. Mi abuela organizó una fiesta de inauguración para toda la familia, y San Juanito la bautizó, aunque mi abuela no le consintió que lo hiciera como le hacía ilusión a él, rompiendo una botella al modo de los barcos.

Al poco tiempo, mi abuela había desplegado su encanto por el barrio, y ya conocía a los vecinos, al panadero, al pescadero, al cartero, a la enfermera. En el hogar del jubilado se apuntó a macramé, yoga, pintura, y se rodeó de un nutrido grupo de amigas con las que iba a misa los domingos y después a escuchar conciertos al Retiro y a tomar el aperitivo. La iglesia del barrio no tenía tallas significativas, y mi abuela se lo decía a San Juanito, en esta iglesia no hay ninguno como tú. Y San Juanito, con el pecho henchido, gozaba sus palabras, y se deleitaba con su obra viendo a mi abuela tan querida y tan feliz.

Yo creo que los problemas comenzaron a raíz del baile. El día en que mi abuela se animó a salir a bailar, a San Juanito se le notaba el disgusto en el semblante. No hizo reproches, pero estuvo parco en palabras. La segunda vez que salió ya fue incapaz de morderse la lengua. “¡Tú te crees que éstas son horas de llegar para una mujer decente!”, pero si pensaba que mi abuela se iba a quedar sin réplica es que esos años no le habían enseñado nada: “Ya soy mayorcita para llegar a casa y no tener que dar cuentas a nadie acerca de las horas a las que salgo y a las que entro, faltaría más.”

Don Carlos tampoco le gustó. Don Carlos era un caballero de los de antes, que vestía americana de lino y usaba sombrero, y cortejaba a mi abuela como se hacía antes: la llamaba por teléfono, le enviaba cartas, la invitaba a pasar unas vacaciones en su masía de Tarragona. A mí me gustaba que mi abuela hubiera ligado, y que se sonrojara cuando le preguntaba que por qué no aceptaba ninguna de sus invitaciones. Ella contestaba que nadie iba a ocupar el puesto de mi abuelo, que como él ninguno. Para San Juanito no debía ser suficiente, y cada vez que sonaba el teléfono y resultaba ser don Carlos tiraba de sermón: que si por qué siempre tenía que ir tan arreglada, que si se pasaba los días fuera de casa, algo acerca de la mujer y el pecado, y la sempiterna historia de Eva y la serpiente.

Don Carlos terminó cansándose de negativas y se acabaron las llamadas, pero la relación entre mi abuela y San Juanito daba muestras de cansancio, y al pequeño santo le irritaba todo: que la niña de la vecina estuviera en casa mientras la madre hacía recados, que mi abuela le dejara mojar los churros en el azucarero, que jugara a las cartas con sus amigas, su hora de llegada, que el panadero le reservara el pan, que la farmacéutica le llevara las medicinas a casa, el curso de macramé, hasta el aperitivo de los domingos. Las discusiones entre ambos pasaron a ser diarias.

Todo estalló cuando mi abuela volvió de aquel viaje al que se había llevado una cámara de fotos digital, y corrió emocionada a ver a San Juanito, sin rencores, a enseñarle sus fotos del viaje. Sin embargo no le contestó. Ni ese día ni al siguiente, ni al otro. Se comportaba como si fuera una simple talla, inerme. Mi abuela sabía sin embargo que no era así, que era un castigo, una demostración de su enfado por el viaje y sus días de ausencia, una consecuencia directa de sus celos y sus resentimientos enquistados. Mi abuela lo intentó todo, pero fue en vano, y al final terminó perdiendo los nervios, y le espetó que la cabeza la perdió mucho antes de que terminara sobre la bandeja de Salomé; ella misma reconoce que a veces le pierde el genio. La siguiente vez que fui a su casa el santo había salido del dormitorio, y estaba en el recibidor.

San Juanito no volvió a hablar. Nunca. Sus motivos son un misterio, al igual que la enfermedad de mi abuela. Sus huesos comenzaron a deformarse, una anemia inexplicable la dejó sin fuerzas, y los dolores le impedían dormir. Al cabo de un año había cambiado sus tacones por un andador. Los médicos la sometieron a todo tipo de pruebas, pero no encontraban diagnóstico claro. “A su edad, qué quiere”, decían. “Estar bien”, contestaba ella.

Cuando fui a conocer su residencia me fijé que en su cuarto estaba la foto de mi abuelo, ésa en la que se parece a Clark Gable, pero no vi por ningún sitio al San Juanito. Me contó que la habitación era muy pequeña y que no había espacio. La miré y vi lo poco que ocupaba ella. No obstante, sólo hacía dos días que había entrado y las doscientas personas que compartían espacio entre personal médico y residentes ya la conocían por su nombre.

El deterioro continuó implacable. Del andador pasó a la silla de ruedas. Cada vez hablaba menos, se quedaba dormida con frecuencia. La última vez que la vi estaba seria. Me dijo, consumida y con la mirada perdida, que quería regalar el San Juanito, que se trataba de una talla singular y de excepcional valor. Yo no lo quiero, abuela. Bueno, contestó. Y continuó mirando a lo lejos, como si no hubiera nada, sólo un oscuro absoluto.  Me aferré a su mano pero continuó ausente. Yo creo que ella en realidad ya no estaba allí, en esa silla, sino que había empezado a recorrer un pasillo tenebroso, hacia el salón. Y aunque al fondo escuchaba el ruido de la tele, con los concursos de mi abuelo, y llegaba desde allí la luz que entraba de los balcones,  ella avanzaba asustada, corriendo.

Éramos unos niños

Raquel me regaló el libro de Patti Smith. Fue a mediados de diciembre. El libro me gustó, mucho. Pero sobre todo me gustó Patti. En ese libro habla de la época en la que conoció y vivió con Robert Mapplethorpe, y de la relación que hubo entre ambos. Lo extraordinario de ella no es que se enamoraran o su enamoramiento en sí, sino su amor al margen del amor, y la lealtad de ambos. El enamoramiento, y el amar a alguien con quien mantienes una relación es un hecho ordinario, en el sentido de que aunque cada vez que ocurre, cada vez que presenciamos una historia de amor parece única y maravillosa, es algo que ocurre cada día. Pero preservar el amor por una persona incluso cuando la relación de pareja se ha terminado, porque aquello que te une está por encima de una relación de pareja, ser capaz de transformar ese amor romántico en un sentimiento incondicional y sagrado hacia una persona, no lo es tanto. A mí esa lealtad mutua me resultó conmovedora.  Y las personas que tienen la capacidad de amar de esa forma me parecen también extraordinarias.

Cuando terminé el libro, busqué más acerca de Patti Smith. Su incondicionalidad por Robert Mappelthorpe no fue aislada. Después del fotógrafo se volvió a enamorar y decidió casarse con su marido, y este fue su pareja hasta que murió. El pianista que conoció en una audición y que comenzaría a tocar con ella desde sus inicios, sería su teclista el resto de su vida, y lo mismo ocurrió con sus guitarristas, y con el batería. Y eso teniendo en cuenta que ella era quien componía y quien daba nombre a la formación, y que su carrera musical cuenta con más de cuatro décadas. Y a pesar del tiempo, de lo que cambian las personas, de las dificultades añadidas en las disciplinas artísticas con el tema de los egos, la fama, éxitos y fracasos,  ella ha sido fiel a sus músicos originarios, y al revés. Todo eso es muy significativo. Como también el hecho de que no se trate solo de un rasgo de carácter o de una patología de dependencia emocional, porque también hubo gente que no se quedó.

Lo increíble de Éramos unos niños es Patti Smith. Su forma de interpretar el mundo y de afrontarlo, pero sobre todo su forma de entregarse y de amar a las personas de las que se ha rodeado, y de preservar todo lo valioso y excepcional que supo ver en ellas. Y supongo que todo está relacionado. Ella es capaz de poner todo eso a salvo de la rutina, de las decepciones o contratiempos, de llevar la valía de quienes la rodean al terreno de lo sagrado, y mantenerlo ahí. Y yo tengo debilidad por esas personas, quizás por el contraste con la cultura de la banalidad y el usar y tirar. Y ese don que tienen y que yo admiro tanto, está más allá del talento o la expresión artística.