Cine japonés

Ayer estuvimos en el cine viendo Nuestra hermana pequeña de Koreeda. La cultura japonesa me llama la atención y sí que había leído algo, pero creo pelis no había visto ninguna. Lo suyo habría sido empezar con Kurosawa, pero aunque suene poco culto ponerme Los siete samuráis me da mucha pereza.

Volvimos andando a casa. Sin elementos de comparación íbamos intercambiando impresiones, conscientes de que eran un poco paletas, con un tremendo riesgo de ponernos a juzgar el todo por la parte. A Koreeda como director por solo esta película, al cine japonés completo por solo esta película, al pueblo japonés al completo por solo esta película. Pero aunque lo prudente habría sido cerrar la boca y no decir nada, teniendo en cuenta que nuestras impresiones se mantendrían en la más estricta intimidad, asumimos los riesgos.

 – A ver, es bonita. Pero hay ciertos momentos que me han resultado cursis.

 – Bueno, es que los japoneses pueden llegar a resultar cursis, son todos muy educados, muy respetuosos, tienen buenas palabras, unas formas exquisitas, un tono de voz bajo, movimientos lentos y rituales, sentido del honor y la dignidad…

 – No, pero yo con cursi me refiero a un cursi de necesidad, a un cursi insoportable, a un cursi que chirría, a esos momentos en los que de pronto para la acción, la cámara se detiene, y aparece una música de fondo que podría haber salido de la banda sonora de Love Story… como el de las cuatro hermanas mirando el acantilado, o cuando van los dos niños en la bici bajo los ciruelos en flor… a eso me refiero con cursi. Esos momentos me han molestado realmente. Lo demás me ha parecido bien, contar la cotidianeidad me parece difícil, y creo que la cuenta con sutileza, y con cariño, y sabe escoger gestos y detalles que expresan muy bien la relación de cada una de las hermanas.

 – A mi me ha parecido bonita. Eso sí, se me ha hecho un poco larga.

 – ¿Cuánto ha durado?

 – Casi dos horas y media.

 – Coño, es que es larga. Quitando esas escenas cursis posiblemente lo deja en veinte minutos menos. Volviendo a la peli… dios, todos son  buenos, ¿te has dado cuenta? todos se llevan bien, aceptan con entereza lo que les ocurre, sin grandes aspavientos, todos perdonan, se respetan, tienen un gran sentido del honor… joder, si hasta el director del banco es bueno! es un poco como el cine que se hacía hace años, con esa ingenuidad…

Estábamos más o menos a medio camino cuando de pronto nos paró un tipo y nos preguntó que si éramos de allí.

 – Perdonad, es que me habían dicho que justo en este sitio suele haber gente durmiendo…

 – Sí, aquí suele dormir una pequeña comunidad gitana, pero hoy no están.

 – Os explico, soy canario, bailarín y actor, y mi padre trabaja en una panadería, y muchos días monto bolsas con lo que le ha sobrado en el día, y salgo a repartirlo, porque me da pena tirar la comida. Y ya llevo dando vueltas un montón de tiempo, esta es la última bolsa que me falta por repartir, y me habían dicho que aquí habría gente y no hay nadie. ¿Sabéis dónde pueden estar?

 – No, lo siento.

 – Pues quedároslo vosotros, son unos panes de pasas y nueces y trucha ahumada, de verdad que es excelente, es que ya no me voy a dar más vueltas y es una pena tirarlo.

 – Nosotros no lo necesitamos, pero de camino a casa pasamos por otra zona donde hay gente en la calle. Si quieres se lo damos nosotros por ti, y así no te tienes que dar más vueltas, y la comida llega a quien necesita.

 – Muchísimas gracias.

 – Gracias a tí!

Así que continuamos nuestro camino con la bolsa de los panes y los peces, y cuando llegamos al punto de encuentro de los toxicómanos nos pusimos a elegir a quién abordar. Nos pareció bien un grupo grande en animada charla, tambaleantes, dirigiéndose los unos a los otros en voz muy alta y muy despacio. Nos acercamos, les ofrecimos la comida y la aceptaron de muy buen grado. Un señor con un solo diente y una lata de cerveza la examinó y nos explicó en voz muy alta y muy despacio, que con eso iban a poder cenar todos. Nosotros también nos alegramos, y nos marchamos dejándolos en pleno júbilo.

Y mientras nos aproximábamos a casa me dio por pensar que estaba siendo una noche de lo más extraña. En ese momento la acción se detuvo,  la cámara fijó el plano en nosotros para después irse alejando dejando una vista aérea de la ciudad iluminada, y me pregunté de dónde saldría esa música que se había puesto a sonar, -piano y violín-, de un cursi intolerable… Salvo por esa puta música, estaba siendo todo muy bonito… Igual eran cosas de Koreeda. Ojo con el cine japonés.

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La elección de los primeros treinta.

Antes de que yo conociera la teoría de mi amiga Raquel, mi abuela ya se había decidido a probarla. Ella no se lo planteó como una forma óptima de gestión de recuerdos, en realidad se vio obligada ante la incapacidad de su cerebro para continuar almacenándolos. Imagino una conversación entre ambos en la que él le dice a ella mira, yo con todo esto no puedo, pesa demasiado y estoy muy viejo, como mucho podemos quedarnos con treinta años de recuerdos, elige tú cuáles prefieres: tus primeros treinta, tus segundos o los treinta últimos. 

Yo supongo que a mi abuela le debió resultar una decisión difícil, lo primero por tener que renunciar a sesenta años de recuerdos. Concretos y generales. A todos. Y lo segundo por tener que decidir entre esas tres franjas. Yo quizás me habría quedado con unos cuantos de cada una, pero su cerebro se negaría en rotundo a esa opción por juzgarla excesivamente laboriosa, y sólo cedió a una elección en bloque, un bloque de treinta años cronológicos. Cómo elegir… En sus tres bloques ha tenido situaciones muy duras, pero también las ha habido lo suficientemente buenas como para querer quedarse con cualquiera de las tres, lo sé porque mi abuela siempre ha sido muy de contar, y además la he conocido en los dos últimos y ha sabido pasárselo bien a pesar de las dificultades o las pérdidas. Está en su naturaleza. Pero lo cierto es que los últimos siete años han sido los peores. Su enfermedad degenerativa le ha ido deformando los huesos hasta impedirle la autonomía, por no hablar del dolor físico. Así que entiendo que es una causa más que legítima para justificar su decisión de sacrificar primero esta última. Y en esa tesitura resulta evidente que lo más razonable era escoger  la primera antes que preservar los recuerdos entre medias, sin saber nada de lo que ha pasado antes ni después.

No fue un proceso drástico. El cerebro de mi abuela, una vez recibida su decisión, la fue llevando a cabo, pero poco a poco. Hay que tener en cuenta que es provecto, y deshacerse de tal cantidad de recuerdos, un trabajo excesivo. Casi siempre aprovechaba las infecciones de orina que terminaban llevándola al hospital, y allí en reposo, medicada, con suero, casi todo el tiempo dormida, sin tener que preocuparse por nada,  a su cerebro le cundía más. Mi madre, que no sabía nada de la decisión de mi abuela, (se cuidó muy mucho de comunicarla, supongo que por si generaba incomprensión), al principio pensaba que eran despistes. Y cuando mi abuela empezó a preguntar por los muertos, como su hermano Antonio, o por mi abuelo, mi madre le explicaba, le recordaba, y la re-situaba. Pero de manera paulatina, mi abuela empezó a rechazar explicaciones que no le cuadraban, y a enfurecerse cuando la contravenía. Mi madre tuvo que ir aceptando que estaba cerca el día en que ya no pudiera hablar con ella como hasta entonces lo había hecho, que los despistes tenían carácter de continuidad, que, de hecho, no eran despistes, y fue este un proceso triste al que no se resignó fácilmente, y que terminó del todo este verano, después la última cistitis.

Desde este verano, cuando voy a ver a mi abuela no sé si me va a conocer. Las primeras veces, después de aparcar el coche en el parking de la residencia, me fumaba un cigarro como para coger ánimo, o aire. Y salía de allí llorando, por mi abuela y por mi madre. Pensaba que si a mí se me hacía tan difícil e iba a verla sólo de cuando en cuando, cómo estaría mi madre que se pasaba los días allí metida, y que sin embargo lo llevaba con tanta naturalidad, hasta con humor. Una de las últimas veces me rendí a este último cuando, al verme, mi abuela puso cara de asombro, y me dijo “huy! qué casualidad encontrarnos aquí, verdad?”. Sabe que nos conocemos, sabe mi nombre, sabe que soy algo de ella, pero no tiene idea de qué. Y es que tiene treinta años y desde luego nietos no. Qué alegría verte, dice. Alegría efímera,  porque a los tres minutos de haberme ido no recordará nada. Ahora todo para ella es efímero, solo permanecen sus primeros treinta años. En eso su cerebro fue riguroso. Pongo como ejemplo lo que ocurrió la última vez que me acompañó Manuel a verla. Le preguntó su nombre. Me llamo Manuel. Ella se quedó un rato pensativa, y después, mirando al infinito dijo ¡Manuel! ¡Por un Manolo perdí yo la cabeza….! Después le pregunté a mi madre, simplemente por confirmar, que cómo se llamaba el primer novio de la abuela, ese que había tenido y se había muerto. Manolo.  Más tarde conocería a mi abuelo, pero cuando iba al cementerio siempre siempre lo visitaba.   

Su cerebro ha cumplido pues con rigor. Sus primeros treinta años están intactos. Sin embargo, que tu cabeza vuelva a los treinta mientras que todo lo demás no, tiene grandes inconvenientes. Uno de ellos es la desorientación permanente. No entiende por qué mi madre se va cada noche y la deja allí. No entiende dónde está, no entiende por qué no están sus hermanos, ni por qué no están sus padres, ni quien es toda esa gente a su alrededor, no entiende nada. Y muchos días llora, otros se enfada, pero algunas veces, después de la ira o del llanto, se arranca con alguna coplilla. Sigue estando en su naturaleza.

28/03/2016

En realidad no es fácil recordar los momentos concretos. La penúltima vez que quedé con mi amiga Raquel estuvimos hablando sobre esto. Me decía que hacía y que le pasaban tantas cosas que le resultaba imposible recordarlas todas, y que eso le parecía terrible y le daba miedo, le tenía mucho apego a sus recuerdos, a sus experiencias, a sus lecturas, a sus conversaciones, a sus anécdotas, a sus viajes, a todos sus momentos, y que notaba cómo se le iba olvidando, y me decía que había desarrollado una teoría acerca de cómo sería la existencia perfecta, a efectos de poder vivirlo y recordarlo todo mejor, y decía que la vida debería estar repartida en tres franjas estancas, con una memoria nueva para cada una de ellas, de cero a treinta años, de veinte a cincuenta y de cuarenta a setenta. Lo que no sé es si en su óptimo se conservaban los recuerdos de las franjas anteriores, y si las décadas que se repetían era con las mismas vivencias y la repetición era sólo a efectos de fijar mejor, porque ya no lo recuerdo. En cualquier caso como es un deseo de ciencia ficción, tampoco importa demasiado.

A mí también me preocupa el olvido y las deficiencias de la memoria, su inexactitud, la erosión de los recuerdos. No sé si fue ayer o antes de ayer mirando unas fotos de los chicos te sorprendías de cuánto habían cambiado en los últimos años. Tirando de memoria te llega más o menos una imagen de cómo eran de pequeños, o de más pequeños, pero de pronto una foto te planta su imagen el día 6 de junio de 2013, a las 13:56. Y aunque ese día yo hubiera estado tratando de fijar todos los detalles, y aunque ese día resultara inconcebible olvidar nada de eso, si no hubiera sido por esa fotografía, en mi cabeza sólo habría quedado un combinado de imágenes en pretérito imperfecto de cómo eran los chicos de pequeños, o de más pequeños. Un combinado inexacto y resumido formado por tres o cuatro fotogramas por niño para representar todos sus momentos concretos de varios años. Y ocurre lo mismo con las conversaciones, con el sonido de la voz, con los olores, con lo que se siente. Dentro de unos años recordaré cómo nos queríamos en estos años, pero no seré capaz de recordar ni de una manera precisa ni tan siquiera aproximada la mañana de ayer y viviría el resto de mi vida en la mañana de ayer. Y es posible que, por eso y para intentarlo, durante un tiempo busque repetir la mañana de ayer. Pero no serán la mañana de ayer, serán otras. Y es posible que me sienta frustrada por no conseguir esa exactitud. Es posible incluso que tenga que olvidar la mañana de ayer para poder sentir de nuevo la mañana de ayer. Solo que en ese momento me parecerá nueva. Y única. Y quizás lo sea.

 

Mi primer recuerdo concreto de la infancia

Sé que tenía menos de cinco años el día en que me caí de un taburete porque aún vivíamos en Aluche. Tendría dos, o tres, o cuatro. Fue el día en que aprendí la palabra chichón y su significado. No recuerdo cómo aprendí el resto de las palabras de mi primera infancia. Sólo esa. No recuerdo cómo me caí del taburete, ni tampoco cómo llegó mi padre, aunque teniendo en cuenta cómo va ahora cuando se cae un nieto imagino que corriendo con cara de pánico, pero sólo lo imagino. En mi recuerdo yo ya estoy llorando  y mi padre me tiene en brazos, y está tranquilo y no tiene cara de pánico porque ya ha comprobado que no ha sido nada grave, y me dice con su voz tranquila y tranquilizadora que no pasa nada y que solo es un chichón. Y después me pregunta, con su tono de voz de contar historias  misterioso y fantástico y con un poco de sorna, que si sé cómo se curan los chichones, y le contesto que no, y me dice con su tono de eureka que comiendo pan con foie gras. Así que me preparó una tostada y me senté a comerla en el sillón acurrucada a su lado.

Recuerdo que en la tele había fútbol, porque recuerdo que era domingo por la tarde. Recuerdo también que al empezar a comer el pan con foie gras el chichón dejó de doler de una manera fulminante. Lo que no recuerdo es cómo quedó el partido, pero como esta parte no altera lo esencial del recuerdo, y no pudiendo apelar a una justicia universal por miedo a que una vez más no exista, voy a tomármela por mi cuenta, y ya que mi padre me quitó el dolor, me enseñó el poder curativo del foie gras,  y que gracias a él aprendí la palabra chichón, su significado y su cura, diré que esa tarde jugaba el Atleti y que ganaba.

Qué menos.

 

Por qué ayer no llevé la cámara

Nos habíamos escapado creyéndonos invisibles entre toda esa gente, creyendo que separarnos discretamente del grupo doblando aquella esquina resultaría imperceptible, creyendo que mientras corriéramos sin mirar atrás nada podría sucedernos, que al otro lado de la puerta de un bar la oscuridad nos mantendría a salvo, como si aún no supiéramos que el peligro venía de quien nos daba pulso. Allí, detrás de esa puerta, escuché Diecinueve por primera vez. Lo recuerdo por tu cara, porque empezaste a mirar muy fuerte, y rompiste a llorar.
Era en esa época en la que todo lo que ocurría era tan real y producía consecuencias drásticas, que cada paso que dábamos resultaba trascendente. La conciencia eran siete puntas afiladas, y las bordeaba un abismo. Y vivir era terrible porque sabíamos que tendríamos que atravesarnos las entrañas con una de esas puntas, que era como tenerlas ya dentro, o bien caeríamos al vacío para siempre, que era como estar cayendo. Y también, y al mismo tiempo, era maravilloso, porque esa trascendencia constante nos hacía sentir vivos. Y el amor. El miedo y el amor son dos grandes amplificadores de la conciencia de estar vivo, de ser frágiles, de saber que, en realidad, no tenemos ningún control sobre nada, que ni siquiera tenemos nada, solo ese sentir que reverbera y grita, y siente, terrible y maravilloso.

Unos años después reaparece Maga en concierto. Ya no corremos por la calle para ponernos a salvo sino porque vamos tarde. Ya no estamos en peligro. Salvados.

Por la mañana, antes del concierto, repaso Diecinueve, Como nubes a mi te, Vacaciones de un minuto, y me llevan a ese origen salvaje en un instante, y cuando me quiero dar cuenta estoy mirando fuerte. Quiero hacer ese viaje contigo, y no pensar, solo sentir. Entonces te llamo y te digo que estoy pensando en no llevar la cámara. ¿Te pasaba algo esta mañana? Me dices. No, nada. Está todo bien. Contesto.