Permanent holiday

Tengo la sensación de que en enero las cosas se han ralentizado, incluida yo. Ya desde por la mañana salgo de casa para llevar a Miguel al cole diez minutos más tarde que el trimestre anterior, y además sin prisas, como si de fondo sonara Bob Marley, como si los tiempos reglamentarios de empezar las clases o el trabajo hubieran tomado el carácter de orientativos, o, simplemente, como si nos diera lo mismo. Miguel ha dejado de meterme prisa y avisarme de los minutos que van pasando, y espera tranquilamente, despidiéndose del móvil. Continúa preguntándome antes de salir si he cogido mi comida y si llevo las llaves del coche. Él también se ha ralentizado. Y el tráfico. Porque el trimestre pasado, salir con diez minutos de retraso habría supuesto una absoluta debacle horaria a causa del infierno circulatorio en la cuesta de san vicente. Pero no ha habido debacle. Quizás no la habría habido nunca, en realidad.

En mi trabajo, hasta la semana pasada he estado en un modo de eficiencia cero, con la desmotivación añadida de que dentro de mi nutridas y variopintas tareas a desempeñar, se acumulan las tediosas. El viernes pasado mi cuerpo ralentizado entró en rebeldía ante la urgencia y el tedio de aquello que tenía que terminar, y grité.

Estoy experimentando nuevas músicas. No quiero escapar a mi naturaleza obsesiva y poco descubridora. De vez en cuando descubro algo o a alguien que me gusta, y me quedo enganchada a esa música y la pongo una y otra vez, y otra, durante horas y días y años. Hasta que dejo esa adicción por otra. Sé que así soy, y que mi exploración durará lo que tarde en engancharme de nuevo, pero, no obstante, ahora estoy explorando sendas más luminosas, con la excepción de Modelo de respuesta polar. Necesito dosis de La guerra y las faltas, y El cariño diarias.

Tanto Pablo como Miguel siguen ralentizados en sus estudios. En esto no ha habido diferencias este mes, es tendencia.  Las primeras semanas lo dejé pasar, es tan fácil, tan cómodo y tan maravilloso dejarse arrastrar por la inconsciencia y la ralentización… pero ya estoy empezando a acercarme al barro, me he descalzado, y he metido los pies. El recurso de ordenar estudiar desde la distancia es tan sencillo como estéril. Por otra parte, cuando empieza una evaluación bajarse al barro tiene su gracia. Cuando aún no estamos cansados y nos queda humor, reestudiar, reexplicar, y repreguntar se amplía a un espacio de debate y humor. Muchas veces nos divertimos. Dejo anotado que mientras Pablo me contaba de qué iba el Cantar de Mio Cid (por cierto, empiezo a pensar que el oscurantismo medieval no va a terminar nunca, en cuatro años no hemos llegado al siglo XVI, es como revivirlo en tiempo real) y me cuenta cómo el Cid le ofrece al rey que lo ha desterrado para obtener su perdón. ¿Y lo perdona? Todavía no, me dice. Intervengo diciendo que el rey era un vengativo y un rencoroso de mierda. Y Pablo contesta que eso es lo que en la época llamaban honor.

Con Miguel todo es fácil aún, para mí al menos. Con Pablo cada vez menos. Si tengo que ponerme a estudiar la regla de ruffini, o el modelo atómico de bohr y rutherford, de entrada me cago en la puta, y mentalmente empieza el argumentario ese de que yo ya pasé por ésto, y por qué demonios me tengo que poner a estudiarlo todo con él cuando la responsabilidad es suya. Pero en esos momentos se me olvida que, últimamente, los pocos momentos que compartimos y, por ello, las pocas oportunidades que tenemos para divertirnos juntos, son esas, y cada vez irán a menos. No obstante, si el año que viene que ya puede elegir, se quiere quitar todas las asignaturas de ciencias, no seré yo quien trate de convencerle de lo contrario. Esta noche he conseguido seducirle para compartir un tiempo mucho más lúdico. Gracias, Tarantino.

Ayer por fin conseguimos diagnóstico para Miguel, que lleva lesionado desde noviembre, y tiene una calcificación en el ligamento deltoideo, así que va para largo, quizás para el resto de la temporada, y posiblemente con un final de artroscopia. ¿Estás muy disgustado? Sí. No te preocupes, esto se cura. (Por un momento llegué a tener mis dudas. Una mañana  lo miré mientras entraba en el cole, cojeando y triste, y lo imaginé en un futuro sin deporte, que es lo que más feliz le hace en el mundo, y en esa imagen seguía cabizabajo y triste, y fui llorando todo el camino hasta el trabajo. Así que mientras todos se disgustaban con el diagnóstico yo respiré. Se cura. Ahora nos queda el futbolín y la canasta de su cuarto.)

También ayer mi madre cumplió 60. Mientras la acompañaba a comprar una tarta y velas le dije que lo llevaba muy bien, bueno, tú nunca has tenido problemas con cumplir años. Y me miró con una sonrisa de esas suyas, con esa chispa pícara heredada de su padre, mi abuelo, y me dijo, no, que me quiten lo bailao, que ni ha sido poco, ni ha estado mal.  Hoy han llegado las fotos que la hice. Tendrían que haber llegado el lunes para habérselas podido dar ayer, pero no llegaron. Tengo ganas de verlas, a ver si lo he conseguido. Mi madre es de esas personas que siempre están mejor al natural que en una foto. Creo que se merece una foto que refleje todo lo que es. O que al menos se le arrime un poco. El listón es tan alto.

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Después de ver Truman.

Me gusta acercarme a la muerte de vez en cuando, para ir aprendiendo a aceptarla, para enfrentarme y vencer el miedo, como quien vence el vértigo a golpe de saltar una y otra vez desde un puente suspendido por una cuerda.

Cuando era joven me resultaba tan insoportable y tan inconcebible que a veces me paralizaba. Me sobrevenía la conciencia clara de que mi muerte llegaría en un momento tan real como el presente y no solo en esa nebulosa del futuro, esa que cubre los sucesos importantes, tanto los que uno desea como los que teme, y que hace que se imaginen casi imposibles, como si no fueran a llegar nunca. Como las vacaciones de verano en el mes de enero, como el momento de terminar el colegio cuando tienes diez años, como el parto cuando te enteras de que hay una criatura creciéndote por dentro, como… la muerte.

De vez en cuando tenía ataques de hipocondría. Recuerdo mi primer viaje a Lima, con mi madre y mi hermana. Tenía 17 años. Me notaba un algo extraño en la garganta, como un bulto, y estaba convencida de un cáncer de laringe, mi castigo por fumar. Recuerdo el pánico paralizante, el frío, el no poder concentrarme en ninguna conversación, recuerdo las manos congeladas, el despedirme todo el tiempo, ese tratar de ponerme en contacto con algún ser superior que pudiera resolverlo como el dios del que había renegado hacía pocos años, y al que aún tenía la inercia de volver en momentos de pánico a pesar de ser muy consciente de estar lanzando ruegos al vacío, más que ruegos tratos, hasta que recordaba que había renegado, que había decidido que ahí fuera no había nadie con quien pactar. Entonces empezaba a buscar el sentido de una muerte inminente, o mejor dicho de mi vida transcurrida, y pensaba que no tenía ninguno. Morir entonces no tenía ningún sentido. Ni mi vida tampoco. No me había enamorado de nadie, o solo de alguna forma platónica y pura que a mi juicio distaba mucho de lo que debía ser, no sabía lo que era el sexo, la independencia, trabajar, vivir por mi cuenta, o tener un hijo, no había probado casi nada, no había hecho nada que mereciera la pena…. Lo mío no sería una vida sino un proyecto de vida, algo así como tirar a la basura un cuaderno en blanco. Para qué el cuaderno.  Mi madre terminó llevándome a un especialista en cabeza y cuello para que me convenciera de que estaba sana. A la que le vieron algo fue a ella, de eso ahora sólo le queda una cicatriz de un lado a otro del cuello.

He sentido ese miedo muchas veces. El miedo no sólo a la muerte, sino a la ausencia de control sobre ella. A no saber ni cuándo ni cómo, a esa obligación que parece existir de aceptar las cosas como vienen, incluso cuando implican un largo sufrimiento estéril, lo del valle de las lágrimas. Y lo he enfrentado lo suficiente como para darme cuenta de que, en determinadas circunstancias sí puedo decidir el cómo y sí puedo decidir el cuándo. Esta libertad descubierta me hizo sentir más fuerte, incluso poderosa.

Mi aceptación de mi muerte llegó un día de crisis de hipocondría, cuando tras el balance inevitable, cuando esperaba empezar a romperme en pedazos como me había pasado hasta entonces, me sorprendió el siguiente pensamiento: pues ha estado bien, ha estado muy bien. Pensé en mis dos niños, en todas las personas que he amado, en las que amo, en las que amaría, y en ese momento lo amé todo, lo que era mi vida y lo que había sido hasta ese momento. Qué coño bien, ha sido la hostia.

Fue otra falsa alarma, y a partir de ese momento mis ataques de hipocondría son casi inexistentes, y cuando alguna vez amagan lo hacen con menor intensidad. Eso no significa que haya dejado de pensar en la muerte. La pienso, porque sigo con muchas ganas, con mucha curiosidad, y con mucha avidez, y no quiero olvidar que mi tiempo es limitado, que hoy estoy bien pero que no tengo ninguna garantía sobre mañana. El momento de vivir es ahora.

De la muerte no se habla, cada uno puede elegir enfrentarse a este hecho o evitarse el conflicto, pero jamás hablarlo. Es un tabú social, uno de los pocos que quedan, y ese tabú perpetúa el miedo y la no aceptación de que igual de natural es morir como nacer, crecer, relacionarse. Y en eso suelo resultar provocadora y molesta, porque si la muerte sale a relucir en alguna conversación de soslayo, yo entro cruda.  Y recuerdo la tarde de ayer, estudiando historia con Miguel, y le explicaba lo que significaba monoteísta, y hablábamos de las diferentes religiones, y me pregunta de pronto que por qué la gente cree en dioses, y me sorprende con su pregunta habida cuenta de que va a un colegio de curas, y le digo que supongo que para algunas personas la idea de morir es más fácil si creen que después hay un cielo, la vida eterna o la reencarnación. Pablo, que está frente a su portátil con los auriculares puestos, interrumpe su ausencia  e interviene:  yo no creo en dios. ¿Y tú, Miguel? Yo tampoco. ¿Y tú, mamá? Yo tampoco. Entonces Pablo grita “¡¡¡somos ateos!!!”, levantando el brazo como si se sintiera orgulloso de nuestra ausencia de red, y de que los tres nos hubiéramos despojado de ella, y Miguel y yo nos contagiamos, y los tres nos sentimos valientes, desafiantes, como tres kamicaces locos que se burlan del peligro, felices de atreverse a vivir,  con el final que eso implica.