empoderarse en un sentido literal

Me manda un mensaje para invitarme a una fiesta de muertos mexicanos, en un ambiente family friendly. Imposible, tengo un fin de semana repleto de actividades, también muy family friendlys, pero a ver si nos vemos. Sí, que además me tiene que contar un proyecto nuevo, un howards en plan humilde. Yo no sé que coño es un howards. La escuela de harry potter (estoy fuera de contexto). Me dice que en estos tiempos necesitamos nuestros poderes, que obtenerlos es una cuestión de metodología, y que está comprobado que funciona. Además, ante mi pregunta de si hace falta algún don especial, como en el Howards de la peli, me dice que no, todos tenemos  poderes, son innatos. Soy poco de método, pero lo de tener poderes me seduce. Le pido que me deje de contar vía mensajes, que prefiero que me lo cuente en persona. No tengo muy a menudo conversaciones que versen sobre la obtención de superpoderes, tampoco muchas oportunidades. Mientras llega el día voy a ir pensándome qué poder pedirme, por si se pudiera elegir. Lo de la teletransportación ya estaba descartado. Estoy entre volar o controlar las mentes (ajenas, claro). Con un adolescente en casa y otro en ciernes me va a venir que ni pintado, para eso y para lo del aumento….

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Si me preguntas que cómo lo vi te diría que contento.

Y no contento por estar unos días en Madrid, o no solo, me pareció que era feliz en general… no sé cómo explicarlo,  llevaba una amplia sonrisa, como la de los niños, con esa forma diferente que tienen ellos de sonreír, como si no hubieran estado tristes nunca, con una especie de alegría limpia y total. Y eso que, por lo que contó, en Berlín las cosas no son fáciles. De hecho quiere mudarse a Barcelona…

Le estuve preguntando en qué grupos estaba tocando ahora, y me dijo que en muchos. En muchísimos. En todos los que puede. Que apenas pagan por tocar en ningún sitio. Que el trabajo mejor pagado era el de músico de estudio, pero que siempre llaman a músicos alemanes, y que sólo tenía dos alumnos, como si ahora nadie estuviera interesado en aprender, o en pagar dinero por aprender. Contó que al menos la vivienda era barata, y que podías permitirte el lujo de malvivir como músico en un piso en una buena zona de Berlín. Nos tachó de idealizar la vida en Alemania, pero que allí la realidad era otra, que sufre mucha gente. Contaba esas cosas, se quejaba de lo cerrados que eran los alemanes, de lo difícil de la integración, de lo difícil de sobrevivir de la música, y acto seguido, volvía a sonreír, como si eso en realidad no fuera con él, como si estuviera por encima, como si en cualquier caso y a pesar de todo, estuviera encantado y entusiasmado con la vida….

Pero esto en realidad no es lo que me marcó. Fue la conversación que mantuvimos después, a raíz de que me preguntara que qué tal con la batera. A mí me pareció una pregunta de cortesía… imagina, qué puedo aportarle yo de mis experiencias de autoaprendiza a él que es profesional y toca con profesionales, y convive con profesionales. Pero como preguntó yo contesté, y le dije que bien, que técnicamente era muy mala, pero que me divertía. E igual esperaba que me detuviera ahí, con esa respuesta cortés tras una pregunta cortés, y más teniendo en cuenta que él y yo no habíamos hablado en la vida. Es decir, saludarnos, coincidir alguna vez en algún concierto, o después de un ensayo, eso sí. Pero yo creo que hablar nunca. Sin embargo no me detuve. Le conté lo que cuento siempre, que ya empiezo a aburrirme a mí misma, pero es que es lo que me pasa, y es también lógico que me aburra a mí misma porque yo me estoy oyendo siempre, pero él no, a él hacía muchos años que no lo veía, y además, era la primera conversación de tú a tú que manteníamos. Le solté eso de que yo no sé hacer nada, pero cuando suena la música, cuando la siento, entonces empiezo a moverme y se mueven las baquetas, y empieza a marcarse el ritmo y a pasar cosas. Le conté el ejemplo de las pruebas de sonido. Dios, qué mal lo paso en las pruebas de sonido en el estudio, me siento como una completa estafadora cuando en silencio y yo sola escucho por auriculares “ahora toca la caja, ahora el bombo, ahora el charles, ahora toca todo un poco”, y al otro lado de la pecera están los técnicos mirándome, y mis compañeros, y yo me quedo con cara de imbécil, y pienso y qué toco, si no sé tocar nada. O como cuando tocamos con Víctor, que es pura improvisación, la versión en música del sexo sin compromiso. Simplemente quedamos cada quince días nos desahogamos y nos largamos. No hay un proyecto de banda, no hay temas, no va a haber bolos, apenas nos conocemos y llevamos cuatro o cinco años tocando juntos, justo desde que empecé… hay lo que ocurre en la sala esas dos horas, como un fin en sí mismo.  Él empieza con un riff de guitarra, y lo seguimos. Yo cierro los ojos y lo único que hago es sentir y hacer lo que me pide el cuerpo. No pienso lo que hago, no soy muy consciente de lo que hago, sólo lo siento. Alguna vez me ha parado y me ha dicho, ¿puedes tocar lo que estabas haciendo? Y es como si hubieran encendido la luz, me hubiera despertado y no recordara nada. Y le he tenido que decir, lo siento, no puedo. Y cuando algunas veces tengo que tocar algo diferente de lo que intuitivamente me sale, me bloqueo, me descoordino, y vuelve esa sensación de estafadora.  De hecho, alguna vez me ha pedido que hiciera un ritmo determinado y me ha sentado hasta mal.

Entonces se rió y me dijo que, efectivamente, eso era exactamente igual que el sexo sin compromiso. Si no quieres compromiso no me impongas condiciones.

Exacto (en realidad si lo piensas, las condiciones son regulares también con compromisos, pero ese ya es otro tema, y por suerte reprimí el impulso de analizar y filosofar y desviarme del tema). Porque aún no he llegado al momento para mí más significativo de esa conversación. Que fue cuando le dije que una de las cosas que más me gusta de tocar, a pesar de mis limitaciones técnicas, es que además de esa emoción personal, estaba la magia colectiva. Al principio me parecía increíble, no sé cómo puede ocurrir, pero ocurre. Si yo estoy metida en el tema los demás también lo están, si estoy sintiendo, los demás también sienten. Pero no por mí, sino por todos, es decir, yo no podría sentir si los demás no lo hicieran. En una sala con varios músicos hay una única emoción, es imprescindible que todos y cada uno de los que están ahí dentro participando la sientan. Si estoy desconcentrada, si está siendo un mero ejercicio, si estoy fuera de la música, los demás también están fuera. O estamos todos dentro, o nos quedamos todos fuera. Y a mí, esa energía que se forma en el grupo, incluso aunque no nos miremos y estemos con los ojos cerrados, me parece completamente mágica, y amplifica la emoción.  Y entonces me dijo que estaba de acuerdo, y que esa emoción era el motivo por el cual él había decidido ser músico. Y me dijo otra cosa.  Me dijo que le estaba dando cierta envidia porque echaba de menos esa emoción. ¡¡¡La echaba de menos!!! ¿Te das cuenta de lo trágico de esa declaración? Él, que dedica su vida a la música porque se emocionaba tocando, ¡echa de menos emocionarse tocando!

A partir de ahí anduvimos disertando acerca de los pros y los contras de la profesionalización del arte, de las dificultades del artista que necesita vender su trabajo, de las consecuencias en su sensibilidad, mencionó la palabra prostitución, hablamos de libertad, y de la falta de ella, bueno, una conversación interesante pero algo larga y densa, que interrumpió para pedir más cerveza. Al volver tenía en la cara de nuevo su sonrisa despreocupada y feliz. Como si a pesar de los sacrificios y de lo que ha ido perdiendo por el camino continuara muy seguro de su camino, que es la música, y aún la amara. Incluso si algunas veces se emociona menos, incluso si a veces se le olvida lo importante porque tiene que comer, incluso si la vida es fría en Berlín, incluso. Eso sí, es posible que la próxima vez que nos veamos pase de preguntas de cortesía ahora que sabe que las contesto…

Y yo sigo haciendo arte. Katja Perat.

Se dice que, en silencio, las personas

se esfuerzan por morir, porque todo lo orgánico

lucha por convertirse en inorgánico

y todo movimiento avanza y lucha

para dejar de serlo.

Las cosas se derrumban porque quieren

que se las deje en paz.

Los tristes se rinden;

un pueblo medieval se rinde

tras un asedio interminable, a duras penas,

bajo sus propias condiciones.

No pueden soportar la carga;

la culpa y la tristeza se comparten

entre todos los presentes.

El rechazo no ayuda,

ser insensible es útil,

aunque aseguren los psicoanalistas

que renunciar al deseo es una muerte anticipada.

Me resulta difícil plantarme ante el espejo. Me obliga

a enfrentarme a mi cara y a odiarla sin piedad.

Eso me aleja de las niñas de papá,

que pueden permitirse la maldad y la ira

sin nada que perder, pues se las ama y asegura por adelantado.

Existe gente honrada, gente que sabe gestionar la transparecia

sin recordarse a sí misma todo el tiempo

que jamás algo falso ha sido hermoso.

Gente que nunca esquiva su tristeza y que, al afrontar

sus errores, dice, con cierta calma:

«Soy consciente de que me has abandonado. Estás

fuera de mi alcance. Insistir

carece de sentido; nadie ama cuando está

obligado a hacerlo».

Esa gente ha aprendido cosas

que yo no soy capaz de aprender. Estamos separados

por la debilidad, que se disfraza de sentido del honor

y convierte en teoría todo lo que toca.

Cuando se vuelve insoportable de verdad,

solo puedo, con mi delicadeza exagerada,

esperar una lluvia que equipare el tiempo con mi humor.

Existe cierto encanto en emplear el arte

para liberarse. Encanto en lo que dices

cuando estás libre de las restricciones de un único punto de vista,

encanto que previene el habla y que evidencia la incapacidad,

encanto que no eludes nunca,

pues estás débil como para sobrevivir

al nivel de exposición que exige el ser humano.

El encanto y el afecto requieren esfuerzo,

y es verdad que, para mí, nada es sencillo.

«Es irrelevante»,

dijo alguien que conozco.

«Tus poemas son irrelevantes;

el arte necesita otras cosas».

El arte no necesita nada,

me gustaría añadirlo.

****

Katja Perat (Eslovenia, 1988) poeta y filósofa. Ha publicado sus poemas en España (en Mil novecientos violeta, de El Gaviero Ediciones), así como en revistas y antologías de Estados Unidos, Bélgica o Rumanía.

Este poema es una traducción de Juan Fernández Rivero

causa y consecuencia

Soy la cantante del sol naciente

Que metió nanas en botellas

y las tiró al mar impredecible

para llegarte a la isla en que te ahogabas.

Soy el pincel que pintó de amarillo los quinientos diez mil millones

de kilómetros cuadrados de superficie terrestre

y los usó para alear tu cuerpo con el mío.

Soy el poeta que atrapa

las palabras que nos decimos,

Incluso si no las pronunciamos,

ya sabes:

soy contigo,

la primera vez no es un ordinal sino un estado de ánimo,

que quizás seas mi propio origen,

y que antes de saber que te amaba ya te amaba.

Soy la narradora de Murúa Niño,

que unas veces es tú y otras yo,

a veces los dos incluso

y tiene un millón de dudas,

y una única certeza.

Y si decidí ser músico,

fue para hacer prácticas de salto al vacío

y para hacerte saltar detrás

porque no hay sueños para el cobarde.

-de eso sabes, porque en otros abismos ya habías estado

antes y primero.-

Aunque parezca confuso

en esa extravagante multiplicidad

está mi yo que más me gusta

y coincide preciso con el que más amas,

y conquista tu sorpresa.

Es que si lo piensas, la sorpresa es aire

¡Cómo el aire podría renunciar a ser aire!

¡a mantenerte con vida!

a salvar la mía…

Y tú…

tú estás detrás de todo,

de ese yo que me gusta,

de la inconstancia volátil…

Tú, que eres causa y consecuencia.

veintisiete años de espera o el por qué de la química

Desde los cinco u ocho años, el niño elabora mentalmente un mapa en el cual encajará en el futuro su ideal amoroso. Ese molde de circuitos cerebrales preestablecido es el que hará que cada quien se enamore de una persona y no de otra. Los niños desarrollan esos mapas entre los 5 y 8 años de edad como resultado de asociaciones con miembros de su familia, con amigos, con experiencias y hechos fortuitos. Así pues, antes de que el verdadero amor llame a la puerta, el sujeto ya ha elaborado los rasgos esenciales de la persona ideal a quien amar.

Teoría de la correspondencia.