el misterio de los lenguajes incomunicantes

Murúa Niño a veces se desconcertaba con cosas que sin embargo eran comprensibles para la mayoría, y bautizaba sus desconciertos -no le gustaba llamarlos “cosas”- con nombres que resultaban comprensibles para él y desconcertantes para la mayoría. Al último desconcierto, Murúa Niño lo había llamado “el misterio de los lenguajes incomunicantes”. Para él era sencillo y directo entender que se trataba del desconcierto que le producía el hecho de una persona quisiera decir algo a otra, y utilizara un lenguaje para poder expresar ese algo, e, incluso a pesar de que esa otra persona utilizara y conociera ese mismo lenguaje, podía llegar a no entender ese algo, a no entender el mensaje, a no llegar al lugar.

Murúa Niño tenía asumido que lo que él quería explicar no resultara comprensible para la mayoría, incluso en ocasiones para nadie en absoluto, porque las palabras, el idioma en sí, podía llegar a ser muy complejo, y él solía utilizar, y aún no había conseguido poner remedio, formas complejas y poco directas. Y es que Murúa Niño tenía formas poco directas de explicar nada, pues él siempre veía relaciones y nexos, y cada relación se relacionaba a su vez, -por no hablar de los nexos-, y así, sucesivamente, y a veces no era capaz de ver más que una maraña de asuntos interrelacionados, que terminaban en el propio sentido del universo, y el universo era algo que lo sobrepasaba con creces. Murúa Niño había observado que había personas con el don de tener ante sí una situación compleja y múltiple capaces de desenredarla hasta hacerla simple y única. Y por deducción supuso que él debía tener el don contrario, y cualquier cosa aparentemente sencilla terminaba convirtiéndose en un desconcierto mayúsculo. Y por eso, por ese conocimiento de sí mismo, por esa aceptación de la propia dificultad, sabía que el hecho de que él escogiera el lenguaje de la palabra, ya fuera oral o escrita, no significaba en modo alguno que sus interlocutores, por dominado que tuvieran el idioma, fueran a comprender el mensaje.

Pero escapando de sí mismo, Murúa Niño observaba cómo con otros lenguajes ocurría lo mismo. Con la música por ejemplo. Una persona podía componer una canción, y al margen de la letra, que suele dar pistas acerca de lo que quiere contar, la música juega un papel destacado, y para él muy claro. Pero sin embargo, Murúa Niño había comprobado también que canciones que para él querían decir algo, o le hacían -de hecho- sentir algo, sin ningún tipo de ambigüedad, en otras personas decían algo completamente distinto, o, lo que es peor, no decían absolutamente nada. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que no te transmita nada? ¿Cómo es posible que escuches esto y no te diga nada? Con el lenguaje poético lo mismo, o con la expresión corporal, con el gráfico, con todos. Y esta dificultad entre personas para poder unirse, comprenderse, compartirse con mensajes y emociones, muy a pesar de haber creado tal cantidad de lenguajes, le abatía.

Pero Murúa Niño, complicado e incomprensible, no se resignaba, y probaba nuevos lenguajes -o nuevos al menos para él- lo intentaba una y otra vez, sin perder la esperanza de poder decirle algo a alguien y tener la certeza de que ese alguien, por fin, estaba en el mismo lugar. Probó con el lenguaje de los símbolos, con el de las notas, con emoticonos, con la percusión de un lápiz en la mesa, probó con el lenguaje de los volúmenes de sonido, con el de la intensidad de la mirada, con la sudoración y temperatura de las manos -lenguaje que le costó un cierto esfuerzo dominar-, con tipografías, con dibujos, con esquemas, con el lenguaje culinario, con el musical, con el de los recuerdos, con el de la locura, hasta con el de la normalidad.

El día en que Murúa Niño decidió el nombre para su último desconcierto, fue el de su último desconcierto. Ese día, Murúa Niño había tenido una idea reveladora. Si un lenguaje puede ser universal es el del amor. El lenguaje del sexo también podía ser universal, pero no siempre es sincrónico. Y se le ocurrió inventarse una forma de declararlo que pudiera ser comprendida. Incluso viniendo de él. Una forma honesta, simple, sin ambigüedades, sin relaciones, incluso sin nexos. Una forma primaria.

Sin decir una sola palabra se fue a la cama y se desnudó, y esperó a que llegara después y se desnudara también. No contestó nada. No dijo una sola palabra. Shhhhhhhh, no digas nada, cierra los ojos y no pienses, siente. Pensó. Pero no se lo dijo, porque estaba tratando de desarrolllar una forma de comunicación directa, pura, simple, extrasensorial. Lo entendería. Seguro. Se concentró en sentir. Cerró los ojos. No pienses, siente. Sólo siente. Con los ojos cerrados. No digas nada, lo entenderá. Extiende una mano, a ciegas. Es un hombro. Amo ese hombro. Siente que lo amas. Concentra  tu amor en la mano. En esa mano sobre el hombro. Deja que la mano hable. Que la mano hable su amor al hombro. Y del hombro a la cintura. Amo esa cintura. Esa cintura despierta en mí todo el amor del mundo. Concéntralo en tu mano. Y que hable. Las caderas. No hables. Calla. Sigue en silencio. No abras los ojos. No pienses. Sólo siente. Siente su pierna. Su ingle. Siente el amor por su ingle. Siente. Tiene que haberlo sentido. Tiene que haberlo sabido. Tiene que haberlo entendido. 

Ante la falta de respuesta, Murúa Niño abrió los ojos y los que vio lo miraban extrañados. Podría incluso decirse que atónitos. Y se sintió un tanto avergonzado. No pasa nada, pensó, aunque no lo hayas entendido, y aunque sé que lo sabes, te he dicho lo que te quería decir. Una vez contrastado el fracaso del lenguaje puro, directo, y extrasensorial, dio las buenas noches oralmente, pronunciando con la mayor claridad de la que fue capaz, una palabra, y después la otra. Buenas noches.

Y ya a oscuras, mientras esperaba a que llegase el abatimiento, que llegaría, Murúa Niño se entretuvo buscando el nombre de esa cosa desconcertante en concreto.

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mecanismos de recuerdo

No lo entiendo.

Es una frase vacía, una frase que escribí para colaborar.

Me trae la hoja y la miro antes de examinarlo. Tengo que hacerlo con la hoja en la mano. De lo contrario no puedo comprobar si lo sabe porque yo tampoco lo sé. Recuerdo hace años en el colegio. A juzgar por mi expediente académico entonces sí lo sabía. Y rellenaba mapas mudos. Pero nunca he conseguido mantenerlo en mi cabeza mucho tiempo. Si quieres ganar al trivial no hagas equipo conmigo.

Miro la hoja y empiezo por las fáciles. Capital de Francia, capital de Alemania, de Portugal, de Reino Unido, Italia, Grecia, Finlandia, Suecia, Países Bajos… Sigo pasando por la lista con curiosidad: Eslovenia, Montenegro, Azerbaiyán. Miro sus capitales. No es que no cayera en ese momento, es que me da la impresión de no haber leído esos nombres jamás. Liubliana, Podgorica, Bakú.  Me aferro fuerte a la hoja, pero no hago tampoco ningún esfuerzo por ocultar al niño que estoy comprobando que sabe cosas que yo desconozco por completo. No puedo evitar por un momento caer en la ingenuidad de pensar que ante mí tengo la oportunidad de aprender lo que no aprendí en su día, de ser una cotizada compañera de trivial o de concursos televisivos. Aunque en realidad no entienda muy bien la importancia de retener en la cabeza datos y más datos así sin más, para ganar al trivial, o para aprobar sociales.

El otro día recibí una convocatoria a modo de correo electrónico para participar en una iniciativa de las magadalenas. Consistía en escribir una frase con un máximo de 140 caracteres y el hashtag #te vi. Todo el mundo ha visto a alguien en el metro, se ha enamorado de alguien, hubiera querido decirle algo a alguien, pero no se ha atrevido. Pues eso.

El caso es que estuve pensando. Yo no me he enamorado nunca de nadie en el metro, puede que alguna vez alguien me llamara la atención, no lo recuerdo, y no siento, por tanto, necesidad alguna de mandar ningún mensaje. Durante años he utilizado el metro para ir a trabajar, y a pesar de los dos trayectos diarios, no soy capaz de rescatar un recuerdo que encaje. Sí he visto cosas que me han gustado, que me han emocionado. La pareja aquella en el andén, un señor y una señora ya mayores, caminando cogidos de la mano, por ejemplo. Pero no quise decirles nada. Y ahora tampoco. Me lo dijeron a mí. Les hice una foto. Yo creo que eso ha ayudado a anclarlo. A lo mejor debí haber hecho fotos de Podgorica, de Minsk, de Vilna, de Vaduz. O haber escrito sobre ellas. El recuerdo tiene sus mecanismos. El caso es que el único recuerdo que me venía nítido era el de un músico que tocó una vez en el vagón.

Y recuerdo a ese y no a otros. No recuerdo su cara, ni lo que tocó, ni su sonrisa. Pero sé que sonrió. Lo sé porque lo que recuerdo es el efecto que produjo en mí. Ese día yo había entrado en el vagón vencida. Y la sonrisa y el optimismo de ese hombre me devolvieron la esperanza. Recuerdo que salí con la determinación de levantar las ruinas. Hoy he estado rebuscando en esa época, porque yo juraría que te había hablado de él, pero no fue un correo electrónico, fue aquí. No lo recordaba.

Seguro que este señor no tiene ni la menor idea de que hay por ahí una chica que no recuerda las capitales a pesar de sus esfuerzos reiterados, pero que lo vio sonreír un día tocando en un vagón de metro, y recobró la fe, y lo recuerda.

Así que, pensándolo bien, en realidad no era una frase vacía. Y para escribir esto, he tenido que volver a buscar en google el listado de países y capitales.

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a diez metros del suelo

hace tanto tiempo que me cuesta empezar. de hecho, antes de sentarme aquí delante me he preparado un café, he descargado el último reconocimiento médico. sólo me paso en cinco puntos el límite del colesterol, así que a pesar del asterisco lo doy por bueno. no obstante, en el informe se han empeñado en el rigor, en el asterisco y en enviarme todo un tratado acerca de la dislipidemia. también he preparado café, he mirado el teléfono por si tenía algo que contestar. después me han llamado. era mi padre. se me ha olvidado el café. y después me he acordado, y lo he puesto en una taza, y he visto que casi no hay zumo, y he pensado en bajar. y también en doblar la ropa que lleva ya cuatro días tendida, que ya no está tendida sino abandonada. o en mudar las sábanas. excusas y más excusas para no hacer lo que tengo que hacer, y después sentirme atrapada por las obligaciones. así que aquí estoy. y me está costando. y he tenido que ponerme música.  me ayuda a la introspección. viajar también. ya sabes que me quedo muda, que soy el copiloto más aburrido del mundo. sólo escucho música, y miro, y escojo los discos, casi siempre los mismos porque tengo una forma obsesiva de escuchar. y poco a poco se me van yendo de la cabeza las cosas que me sujetan al suelo, todas esas cosas que te hacen estar pegado al suelo. y por eso me callo, porque de pronto empiezan a pasar cosas. empiezo a darme cuenta de cosas que sólo suceden así, que sólo siento así. como las montañas de ayer. miro las líneas discontinuas de la carretera y se mueven despacio. y miro a mi derecha el quitamiedos, y los matorrales, y los filmo y van a cámara rápida. pero miro las montañas y están quietas. tú dices que parecen un espejismo. en realidad dices que parecen irreales, como si las hubieran puesto ahí, pero fueran de cartón piedra, como si no fueran de verdad. entonces vuelvo y te pregunto ¿como si fueran un espejismo? y tú me dices sí. y ya que estoy aquí aprovecho para hacer unos cigarros.. las montañas están a mi derecha en el viaje de ida. a la vuelta se habrán ido. y sigo mirando. montañas, matorrales, paneles solares, fábricas, naves, ruinas, nada, todo. son solo cosas, pero todas me hacen sentir. a diez metros del suelo lo siento todo. soy. y tú lo sabes, porque me miras y me ves. no es nada que yo te haya contado, nada porque soy muda y el copiloto más aburrido del mundo, y a pesar de eso me ves.

me he estado quejando mucho últimamente de la cárcel del suelo. he llorado rejas e hipoxia. ¿te acuerdas cuando sólo había que ir a la calle urraca para estar a diez metros del suelo?

a la vuelta sigo muda, a diez metros del suelo, pasándome cosas. vuelvo a mirar el quitamiedos, y los matorrales, y la forma de las nubes. cuando estoy así pienso mucho. recuerdo mucho, se va mezclando todo. pero sobre todo siento. soy. la música ayuda. es otra de las cosas que estuve pensando. si en la radio lleváramos puestas las noticias posiblemente habría estado más dicharachera, y te habría regalado una disertación acerca del resultado de las elecciones en grecia, cuando en realidad, ayer, en el asiento derecho de tu coche, grecia no me importaba nada. hasta qué punto puedo hablar y hablo a lo largo del día de muchas cosas que en realidad no me importan nada, escuchar cosas que no me importan nada, y hacer cosas que no me importan nada. a la vuelta, en ese asiento derecho, me importaba ser consciente de los efectos antigravitatorios de la música. la música y el viaje. y no me refiero  al viaje que se cuenta en kilómetros, sino al que se cuenta en metros, al de los diez perpendiculares al suelo. y que si hay cosas que desconectan de uno mismo,  también las hay con el efecto contrario. claro. y estuve pensando en eso, y que tengo que fijarme más, y conocer aquello que me ayuda a llegar aquí. la soledad, el silencio, la música, mirar por la ventana en el coche, y qué más?  pienso y miro por la ventana. y me fijo en que las montañas están a mi derecha en el viaje de vuelta.

he estado pensando en eso. y en la ingenuidad de asociar la libertad a un lugar físico. la libertad es un estado de conciencia. en mí los diez metros del suelo. en mí ese estado íntimo de ser y de sentir. hoy aún me quedaba un poco. esta mañana en la reunión, mientras hablaban y hablaban de las prioridades para la semana, de lo que hay que hacer, que memorias, cuadre de analítica , comisiones delegadas…. y yo de pronto me sorprendí levantándome de la mesa, dejando de escuchar, mirando fijamente mi brazo, mis piernas, lo bonita que era la luz que las iluminaba. qué bonita la luz. y pensé en hacer una foto y mandártela. pero no tenía el móvil. después he tenido que volver a la silla, y seguir el resto del día con el cemento atado al tobillo, bien pegada al suelo. hasta ahora, aunque me ha costado. te juro que he estado a punto de irme a comprar zumo, a rellenar la nevera, a doblar la ropa que parece tendida pero está abandonada. pero he abierto la hoja en blanco. y he puesto música. y he vuelto. he vuelto para contártelo. que sólo cuando yo soy yo y tú eres tú nos vemos. y somos. y ni tú ni yo somos en lo práctico ni en lo útil, ni en oficinas, ni en las logísticas físico cuánticas. nosotros somos a diez metros del suelo. allí donde se siente. y desde allí lo demás.

concierto en badajoz

algunos días soy activa. tengo muchas ideas en la cabeza y además las hago. hago una cosa, después otra, después otra. me encantan los días de hacer.

cuando tengo muchas ideas o muchas cosas que quiero hacer me gustan las listas. me gusta tachar cosas de una lista y sentir que había algo pendiente que ya está terminado. me gusta cerrar. y me gusta abrir. pero primero cerrar. o no. no lo sé. me gustan los días en los que cuando llega la noche me faltan los dedos para enumerar las cosas que he hecho, los sitios donde he estado, las cosas de la lista tachadas, y parece que ha sido larguísimo, aunque en el momento se hace corto.

algunos días soy contemplativa. no siento en absoluto ninguna necesidad ni ninguna gana de hacer nada. algunos días podría tumbarme en la cama y mirar a través de la pared durante horas. después a través del techo. después a través de la ventana. y nuevamente a través de la pared. en realidad da igual hacia donde dirija la cabeza porque miro a través. esa misma situación también puede darse en un sillón con la tele encendida. o apagada. durante horas. no me refiero a los días de agotamiento. en esos días cuando me tumbo por extenuación física me duermo. me refiero a los de contemplación. al final del día parece que se ha quedado en nada, aunque en el momento se hace larguísimo.

la contemplación me cansa. en pequeñas dosis me pacifica. pero si me paso lo pago. y me canso. me canso mucho. para quitarme ese cansancio necesito una lista para ponerme a tachar. si no hay lista decido abrir una nueva. me gusta abrir. empiezo a escribir cosas que quiero hacer, cada vez se me ocurren más. me asaltan tantas ideas que no sé si seguir enumerándolas o ponerme con ellas. me gusta cerrar.