Destino ajeno

– Perdona, pero voy a sacar una foto indiscreta. Ya, no se han dado cuenta.

– Pero, ¿por qué has hecho eso? ¿qué has visto?

– Es una tontería, pero es que ahí a tu espalda hay un señor blanco blanco charlando con uno negro negro, y me ha llamado la atención el contraste.

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– Te sorprende como si fuera la primera vez que ves un  hombre negro …

– Es que fíjate en el contraste mientras charlan, el blanco es blanco blanco: pelo blanco, gafas blancas, piel blanca… y el negro es negro negro.

– Son como los tres reyes magos, falta el rubio, ¿cómo se llamaba el rubio?

– Gaspar…

¡Mira! ¡Date la vuelta!

– ¡Gaspar!

– Perdóname la indiscreción, pero tengo que sacarles otra foto.

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– Te van a ver…

– No, no me han visto.

– Ya se han encontrado los tres, ahora, a hacer magia.

– No pueden. El negro y el blanco se conocen, pero el rubio no. ¿Tú crees que por separado también hacen magia?

– No lo sé, pero igual deberíamos presentarlos.

– ¿Y estropearles la sorpresa? No.

– En cualquier caso, en algún momento, sus vidas se van a cruzar y se conocerán.

– Si, no pueden escapar a su destino. Es curioso, ellos tan ignorantes sobre sí mismos, y nosotros al lado mirándolos, con un montón de certezas acerca de su destino. No sabemos ni cuándo ni cómo, pero que se van a encontrar eso es seguro.

– Sí.

– Y el pequeño Miguel pensando que no existen y son los padres….

– Igual tienes que volver a hablar con él y desmentirle la verdad.

– Igual….

 

 

 

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Destino Gambia

No tengo ganas de hacer nada. Ya me he quedado dormida una vez en el sillón. No me quiero ir a la cama porque me falta oirte, no quiero escribir, no quiero tocar, quiero apagar el cerebro, un rato. Es tarde para una peli, y tarde para decidir cuál. La última me recordó zihuatanejo como destino. Enciendo la tele. No sé dónde están los canales, me cuesta trabajo moverme con el mando a distancia. Tengo frío. Españoles en Gambia. Dejo el mando y me tumbo.

Ha estado lloviendo toda la tarde, en Gambia hace sol. La chica del vestido verde y el pelo casi rojo se desliza por los mercados. Habla con todo el mundo. Le preguntan por su familia, le dicen que está guapa, le cuenta a la que le vende los tomates lo que va a preparar para comer. Su casa es sencilla pero bonita. Dentro está el chico negro de las rastas. Tienen un poster collage en la pared, con fotos de Bob Marley y de otros muchos que no conozco, y mezclan el blanco y negro con el color. Hay tanta luz que casi me tengo que poner las gafas de sol. La chica del vestido verde se enamoró en un viaje, así que dejó su trabajo, su casa y a su familia, y ahora vive en Gambia desde hace dos años con el chico que canta reggae y hace ganchillo. El chico dice que es rasta. Explica qué es ser rasta. Rasta es unidad. Somos uno. Rasta es amor. Amo a todas las personas. Se sonríen y casi me tengo que poner las gafas de sol. En sus muebles hay cosas escritas. Algunas no las entiendo porque están en el idioma del chico de las rastas que es rasta, swahili, creo. Otras sí. Never give up. Todos los días sale el sol. No voy a ser más complicado que una flor. Ama y ensancha el alma. Y unos taburetes dejan de ser taburetes y una mesa deja de ser una mesa. Lloro. Salen a la calle juntos y todo el mundo los mira. Todo el mundo se mira, y se habla. La chica del vestido verde contesta con la misma naturalidad que come con la mano derecha porque no hay papel higiénico con la que habla de su futuro en Gambia pues es su casa si quiere vivir con el chico rasta. El chico de las rastas explica con la misma facilidad que canta canciones en un estudio y hace ganchillo en casa como  que su deseo en la vida es casarse y tener hijos y vivirla con la mujer del vestido verde. Se miran y casi me tengo que poner las gafas de sol.

Unas cuantas historias de personas que han llegado a Gambia para quedarse y no como experiencia temporal.

La última es de un marino mercante. Conoce países por todo el mundo. Y de todos ellos ha elegido Gambia para quedarse al final, cuando sus hijos ya no lo atan, cuando siente que por fin puede hacer algo diferente, creo que dice “ese cambio que todos buscamos”. Y su mujer se va con él. Se llama María. Llegó allí con ella. Y cada día le preguntan por ella. Tiene un barco para navegar el río Gambia. Se llama María le, dónde está María.  De todos los países que conoce ha elegido Gambia. Por qué Gambia. Por la paz. Gambia no tiene riquezas naturales, ni oro, ni diamantes. El país de Kunta Kinteh servía para abastecer de esclavos. Ahora ya no sirve para nada. No tiene riquezas pero tiene paz. Paz. Las personas son pobres y felices, confiadas, generosas, abiertas, acogedoras. Cantan reggea y bailan en la orilla del río. El marino mercante tiene paz y es feliz. Me emociono con la felicidad de esa gente que ha llegado a su destino, y hacen que todo parezca tan fácil. Lloro. Me seco la cara y me doy cuenta de que tengo los dedos congelados. Me fumo el último.

Destino zihuatanejo, destino gambia. Me gustaría pensar que no hace falta irse tan lejos.

Sólo dos viajes en autobús

El otro día volvía del cole en autobús con los chicos. Subimos y piqué el billete dos veces. Detrás de nosotros venía una señora muy mayor con un bastón, acompañada de una joven que la sostenía del brazo. La joven le preguntó al conductor que si podía bajar la rampa para que la abuelilla pudiera subir mejor. El conductor entre gruñidos le dijo que no, que la rampa sólo en el medio. Así que la señora subió con todo el esfuerzo del mundo el escalón, y no bien hubo subido, el conductor reinició la marcha con toda la brusquedad de la que fue capaz -aunque quizá lo subestimo y es capaz de más-. Avanzamos con dificultad hacia unos asientos libres al fondo, y de camino encontramos a unos compañeros del cole que no saludaron. Los chicos tampoco lo hicieron. Cuando nos sentamos Pablo me preguntó qué había pasado, qué le había dicho la señora y por qué el conductor había gritado, y le expliqué la escena, y empecé a manifestar -ya para mi misma- mi indignación por la actitud del conductor con la viejilla.

También había dentro un señor en silla de ruedas. Se bajaba en una parada antes que nosotros. El conductor abrió las puertas traseras y el señor le dijo que si le podía poner la rampa para bajar. No obtiene respuesta y tampoco sale la rampa. Una señora le dice que por favor baje la rampa. No hay respuesta y las puertas traseras se cierran. Varias personas entonces repiten que por favor abra las puertas y baje la rampa, y entonces el conductor responde a gritos que no está sordo y que lo ha oído a la primera. Entonces abre las puertas de nuevo y la rampa se baja.  En la siguiente parada nos bajamos nosotros, y un vecino al que saludo y del que obtengo el silencio por respuesta. Y retomo mi perorata acerca de la brutalidad de ese conductor, que si con toda la gente amable que  hay sin trabajo y que tenga que estar ese ser agresivo y hostil el que esté conduciendo ese autobús con personas dentro, que cómo es posible que no hayan sido capaz de decirse hola unos niños que son compañeros de colegio, y vecinos, que por qué cuesta tanto devolver un saludo, y…, sigo, indignada, y Pablo me dice mamá, déjalo ya, que tampoco es una tragedia. No, no es una tragedia. Es una pequeña cosa. Pero importa. Porque pequeñas cosas hacen los días más penosos.

Al día siguiente hizo mucho frío. Bajábamos al autobús helados. Miguel había dejado de comerse su merienda porque se le congelaba la mano. Una de ellas estaba dentro de la mía, que estaba más fría incluso, y la otra guardada en su bolsillo. Cuando atravesábamos la plaza de españa vi pasar nuestro autobús. Nuestro autobús pasa cada quince minutos. Mierda, lo vamos a perder. No nos daba tiempo a llegar, de ninguna manera íbamos a llegar, así que no corrimos. Pero aunque no corrimos avanzábamos, y el autobús permanecía parado en la parada. Y si llegáramos. Éramos sólo tres personas que caminaban con cierto apuro hacia él, pero no sólo estaba él. El conductor, de alguna manera, debió entender que nuestro destino era él y no otro autobús de los muchos que paran allí, o la boca del metro, o cualquier otra cosa. Y yo, de alguna manera, entendí que lo entendió y entonces corred, nos está esperando. Nos estaba esperando. Entramos y saludamos. Y le di las gracias. Y buscamos asiento al fondo, apenas quedaban libres. Sólo dos. Sentaos vosotros. Entonces un chico se levantó, ve con ellos, yo me bajo en la próxima. Y nos sentamos los tres. Los miré y sonreían. Y cuando se alejó me dijo Pablo que qué bien, que no habíamos tenido que esperar muertos de frío, y que nos habían dejado sitio. Pablo, el viaje de ayer no es una tragedia. Ni el de hoy un éxtasis. Son sólo dos viajes en autobús en una vida. Pero no da lo mismo. No cuesta tanto y, ves, no da lo mismo.

Restos de amor por la ciudad

Me gusta mirar lo que dicen los objetos, las historias que cuentan, o lo que de rastro humano queda en ellos. Estar sentada en una cafetería y quedarme mirando una mesa vacía, con tres tazas de café, un plato lleno de migas y una servilleta con un mapa pintado a mano. No son más que objetos, pero son un testimonio efímero de un encuentro entre tres personas que hablaron, que estuvieron allí compartiendo, y, lo del mapa… lo del mapa casi me hace saltar de alegría, que hoy nadie sacara un teléfono móvil con su GPS, ni una tableta, ni ningún cacharrito electrónico tan bonito y tan moderno, y que alguien, para mostrar el camino, usara una servilleta de papel y un boli de tinta, y que con sus propias manos lo dibujara. Quién dibuja

Me gusta mirar los objetos y lo que dicen. A veces les hago fotos.

Ando, y los objetos con rastros me piden que les mire. Como las coladas. No puedo evitar mirarlas, las coladas. La ropa tendida sin ningún pudor en los balcones de los barrios generalmente humildes. Y en medio de un amasijo de hormigón o ladrillo visto, aparecen imponentes, colgadas por pinzas, las sábanas donde sueña un niño, y unas bragas feas, y el jersey del trabajo, y la camisa de la suerte, y son una muestra de que ese horrible bloque de hormigón esconde dentro unos seres que viven, y sueñan, y lloran, y cuidan de otros, y discuten, y se aman, y sufren, y hacen -en fin-  las cosas que hacemos los pequeños humanos al vivir. Recuerdo al escribir esto a mi amigo César, cuando la última vez que hablamos me decía que pensaba que nosotros los humanos, como especie, mirados desde fuera, resultábamos bastante absurdos, pero graciosos al fin y al cabo.

El caso es que, últimamente, me he dado cuenta de que en los objetos, en lo inerte, en lo que nos rodea, quedan muy pocos rastros de amor.  Quizás sea por el mismo motivo por el cual cada vez hay menos coladas, por el pudor. De hecho, creo que yo nunca colgaría mi ropa mojada por mucho que el gesto humanizara el amasijo de ladrillos y cemento donde vivo. Por pudor. Y si lo hiciera,mis vecinos me denunciarían por daño estético. La estética de esconder todo aquello que da muestras de lo humano, y de preservar lo inerte de los objetos.

Y quizás, como está mal visto el reírse a carcajadas, besarse, abrazar, o llorar en público, -exceptuando a los niños, y quizás por eso nos guste mirarlos, ya sean propios o ajenos, porque no se les ha arrebatado aún la naturalidad-. A mí me maravilla. Y el amor quizás no sea una excepción, y como se ama poco, y menos en público, nada pueden decir los objetos de ello. Y así, apenas hay corazones marcados en los bancos, ni en los árboles, ni apasionadas declaraciones en la soledad de la puerta de los baños públicos, ni en las pintadas de las paredes, ni en los carteles pegados en las fachadas donde está prohibido y de cuya infracción responde la empresa anunciadora. No hay casi nada. Casi nada habla de amor.

Me resisto a pensar que se nos haya olvidado. Es quizá lo único con sentido que hacemos los pequeños humanos.  O quizás sólo lo escondamos, por pudor…

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