Derecha

El otro día, tomando café con un amigo me confesó un deseo que había pedido una vez. Me dijo que había pedido ponerse derecho. A mí me llamó la atención, no lo entendía muy bien, así que como hay confianza le pedí que me lo ampliara. Me dijo que,  quería ir derecho, andar derecho, estar derecho. Y yo seguí insistiendo, porque como deseo profundo tenía que haber un por qué más allá de lo estético. Lo había. Cuando estás contenta y te sientes feliz ¿cómo andas? Y cuando sin embargo estás cansada o estás triste, ¿cómo andas?

Entonces lo entendí. Igual que el estado de ánimo incide en la postura, la postura incide también en el estado de ánimo. ¡Claro! Dios, un razonamiento tan sencillo se me antojó una revelación grandiosa. Recordé cuando iba a clases de danza contemporánea, tan técnicas, en las que tanto se incidía en estirar el cuerpo, todas las extremidades, hasta que dolían todas, pero cuando miraba al espejo me sorprendía que esa fuera yo,  me sorprendía que ese cuerpo tan bonito fuera yo, y de pronto sentía respeto hacia él, hacia mí. Y al salir de allí e ir caminando a casa, con todos los músculos estirados, la espalda recta, el pecho hacia fuera, como decía mi profesora “en contemporánea hay que hablar con el alma, que sale del pecho, y tiene que verse, enseñarse, para que pueda transmitir”, al caminar hacia casa me sentía llena de energía para abordarlo todo. Y también contenta. Y se lo conté, y me dijo que también ocurría de esa forma con el Taichí.

Sí, es difícil estar triste caminando recta, con paso enérgico. Igual que es difícil estar triste si al tiempo se canta, o se silba. Y siendo esto así, de pronto me parece que soy mucho más fuerte, porque si con mi tono postural puedo influir en mi estado de ánimo, puedo mantener la energía con sólo controlar mi rectitud, mi equilibrio, mi caminar, mi sentar, mi cuerpo. Y si me falta un poco de ayuda, aún puedo tirar del comodín de la música, que siempre funciona.

Y que yo misma me pueda ayudar con ese gesto tan sencillo a conservar la energía -la que proporciona el estar alegre-, aunque los días sean largos e intensos, y cansen,  a conservarla, a contagiarla, sí, me parece maravilloso. Sigue dependiendo de mí. Siempre lo hace. Como esa determinación de ser feliz.  Sí, yo también quiero ir derecha.

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Por tres veces sí

Aún no ha pasado un día en que no trate de olvidar aquel encuentro perturbador, o que no se cruce en mi cabeza en algún momento del día, y hace ya tiempo. Diez años y dos meses -no pienso jugar ahora a hacerme el impreciso-.  A veces, incluso, trato de convencerme de que aquello no fue real, que no se trató más que de un mal sueño, de esos que se recuerdan con tanta nitidez al despertar que pareciera real. Pero lamentablemente tengo el documento que atestigua su veracidad.

Todo comenzó para mi con una llamada de teléfono. Un hombre decía tener algo importante que comunicarme, y me citaba en el banco de un parque. Quizá fue mi espíritu aventurero, o mi gusto por la novela detectivesca lo que me hiciera acudir a la extraña cita. Todas las posibles causas que imaginaba eran terribles. Un detective mostrándome fotos muy evidentes de una infidelidad de mi mujer, blanqueo de dinero en la compañía donde trabajo, un amigo de mi hijo advirtiéndome del consumo de sustancias ilegales por parte del mismo…. y aún así, aún siendo de semejante calibre las posibilidades que mi imaginario barajaba, aún así, acudí. No termina uno de creer que la realidad supera la ficción hasta que no lo comprueba per sé.

Llegué a la cita puntual y no obstante el segundo. Las hojas amarilleaban en los árboles, y llevaba algún ejemplar en la suela de los zapatos. Aún había algo de luz natural, pero en el ambiente comenzaba a notarse el ralentí, y cuando exhalaba aire se veían las bocanadas blancas salir de mi boca. Miré hacia el banco donde ya estaba sentado un hombre, posiblemente el autor de la llamada. Tenía unos cincuenta años, su cabeza raleaba, llevaba una trenca de paño, como las de escolar, pero de una talla cincuenta y dos -si mi buen olfato para las medidas no me falla-, y unos pantalones de pana. Pensé que estaba a tiempo de darme media vuelta y olvidar todo aquello, pero me acerqué al banco como imantado y me senté sin mirarle a la cara, casual, intentando evitar el ridículo si el hombre no fuera mi hombre. Pero lo fue, y sin mirarme también comenzó a hablar.

Tengo sus resultados. Me dijo. Y me extendió un sobre. Qué resultados. Los de su colaboración voluntaria en el estudio de genómica. Abrí el sobre pero no entendí nada. El nombre de lo que debían ser genes, con unos números, y positivos y negativos, y una serie de correlaciones estadísticas inaccesibles para quien no hubiera realizado intensos estudios en biología molecular, y yo regento una copistería en un edificio universitario. Recordé entonces el cartel en la cocina del mismo, aquel en el que se solicitaban voluntarios para un estudio genético. Todo fuera por la ciencia. Tan sólo hube de invertir cinco minutos de mi vida en una sala blanca junto a un laboratorio, tiempo más que suficiente para depositar mi saliva en una placa de muestras, y bromear con la mujer vestida de blanco que se encargaba de registrar los datos y ordenar y procesar la recogida. Los datos los recogía a través de un cuestionario en el que se solicitaban los datos de identidad,  y la firma de un consentimiento. En ese momento recordé también que hube solicitado conocer los resultados del estudio.

– ¿Le importa traducir esto?

Esa fue la tercera y última oportunidad para echarme atrás, pero no obstante, decidí continuar adelante.

-Esto significa que si la muerte no lo remedia antes, usted va a padecer una enfermedad degenerativa incurable, que, de forma lenta y dolorosa, primero acabará con la conciencia de sí mismo, y poco a poco, con la conciencia de sus constantes vitales.

-¿Eso significa que voy a morir?

-Sí.

(Como se imaginan, aquí hubo una pausa de varios segundos, que a mí se me hicieron muy largos, pero imprescindibles, para tomar el aire necesario para asimilar lo escuchado, y para arriesgarme con una pregunta más, a otra respuesta aterradora. Está claro que el ser humano no escarmienta….)

-¿Y usted sabe cuándo?

-No, tan sólo lo que va usted a padecer. Pero puede ser en cualquier momento. -dentro de un año, de cinco, de veinte…

-Comprenderá usted que no es lo mismo para mí, dentro de un año la muerte me resultaría impertinente. Dentro de veinte algo menos.

-Ayer le di los resultados a un hombre veinte años mayor que usted, y es curioso, pues me hizo el mismo comentario. Me llamó la atención que usara también el adjetivo impertinente con esa acepción, tan caída en desuso.

-De modo que voy a morir, y no sabemos cuándo.

-Efectivamente.

-Y todo eso lo dice en esa hoja.

-Efectivamente.

-¿Le puedo hacer una pregunta?

-Adelante.

-¿Por qué me ha citado aquí?

-Porque estoy cansado de escenas. Entiéndame, yo soy científico que estudia las series genéticas, y la implicación que tener en la carga que nos ha tocado en suerte un gen u otro tiene en la salud de las personas, pero no soy dios, y no sé qué hacer ante según qué ruegos, llantos o plegarias. He comprobado de forma empírica que los lugares públicos de entorno natural bello serenan.

Tomé el sobre. Me fui a casa cabizbajo, con el consuelo al menos de que mi mujer no me era infiel, y mi hijo no era un drogadicto ni un delincuente juvenil. Y al verlos casi lloro de alegría. Por poder hacerlo. Por tener la posibilidad de abrazarlos y tocarlos, y cenar con ellos, y escuchar a mi mujer abroncarme por no escucharla -esa noche andaba yo con la cabeza en otro sitio, he de reconocer- y a mi hijo comer la sopa a velocidad de vértigo para irse corriendo que había quedado. Y parecían tan contentos y tan felices y tan ajenos.

Y desde entonces no hay un solo día en que no piense en el sobre que tengo al fondo de mi cajón, en el armario, consciente de que existe una espada de Damocles sobre mi cabeza, y que cualquier día, y en cualquier momento, comenzará la degeneración. Incluso ahora, esta escena, podría ser un recuerdo o un delirio. Si no fuera por el sobre con su verdad terrible y a la vez asombrosa, el sobre que no me permite olvidar que cada día, éste inclusive, es un regalo.

“¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo?  ¿Quién te ha dicho que lo que ya fue volverá cuando lo hayas menester si le llamares? Dime ¿has visto algunas pisadas de los días? No por cierto, que ellos solo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar(…)
Cuerdo es solo el que vive cada día como
quien cada día y cada hora puede morir.”
 
El mundo por de dentro. Quevedo.

Nota : Al leer este pasaje dentro de este texto de Quevedo, que por algún motivo escogí a ciegas y por voluntad propia para hacer un trabajo, no pude evitar acordarme de que lo que escribí el primer día que escribí, como declaración de intenciones, se tituló “El último día de mi vida”, un 5 de junio de 2007. A veces hay un montón de circunstancias que se alinean para hacer recordar ciertas cosas importantes que no conviene olvidar. Como un sobre al fondo del cajón.

(Texto de ficción perteneciente al Dinosaurio; tema propuesto: Riesgo)