Una pizarra

Hace unas semanas al salir del metro en La Latina, colgada en una placa metálica de obra me encontré una pizarra colgada. En la pizarra estaba escrito de manera indeleble lo siguiente “antes de morir quiero….” un espacio. Y se repetía de arriba abajo en dos columnas. Y estaba rellena con tiza por gente que supongo se encontró también con esa pizarra, y con esa pregunta.

Me detuve para leer las respuestas. Había de todo:

antes de morir quiero…. viajar                    antes de morir quiero…. follar mucho
antes de morir quiero…. ser feliz                 antes de morir quiero…. una tarde más                    aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaacontigo
antes de morir quiero…el FIFA 2011          antes de morir quiero….entender el mundo (léase con trazo infantil)
antes de morir quiero… amar                       antes de morir quiero: follar (este se repetía)

Yo no llevaba tiza, y de haberla tenido, tampoco habría borrado ninguna declaración de nadie. Pero al preguntarme qué quería hacer antes de morir la respuesta llegó de forma instantánea: vivir. Quiero decir, VIVIR.

Pero por si no quedaba claro, porque parece que uno sólo desea lo que no tiene, me hice una pequeña rectificación: seguir viviendo. VIVIENDO.

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Permitirse el lujo de elegir

La conversación comenzó a raíz de una noticia en el telediario de un festival de cine al que había asistido Alec Baldwin. Al verlo lo tildaste de mal actor, de haber participado en películas terribles. Me pregunté por qué una persona que se considera buena acepta proyectos mediocres que tiran por tierra su prestigio profesional.

-Bueno, incluso los mejores, incluso los valientes, los que después producen cine indie, firman de vez en cuando un taquillazo para hacer caja.

-Ya, pero a costa de qué. Podrían ser más selectivos.

-A lo mejor no siempre pueden, no se trata de algo frívolo. Es o una mierda o nada. Noveles, o actores pasados los cuarenta, no tienen más remedio que actuar en bodriazos porque es lo único que les ofrecen.

Me estaba empezando a irritar, ¿por qué me estaba irritando? No sé, pero me estaba irritando. Como si se tratara de algo personal:

-Pero diciendo sí a según qué cosas se están faltando al respeto a sí mismos. Cómo esperan que después se les siga considerando grandes cuando se humillan aceptando según qué papeles. Y estoy segura de que se pueden permitir el lujo de elegir.

El endurecimiento de mi postura, mi juicio, mi inclemencia, te hicieron saltar.

– ¡Y nosotros qué sabemos! ¡Qué sabemos nosotros de ellos, y de lo que pueden o no elegir!

Eso dijiste. Vehemente. Di por zanjado el tema porque estaba de muy mal humor, y ese mal humor me ponía de peor humor aún. Por qué tenía que terminar irritada por Alec Baldwin. Y qué me importa a mí ese tipo. Por qué me tengo que enfadar por los papeles que interpreta o deja de interpretar.  Se acabó la historia. O no. Porque al día siguiente, según iba a trabajar, le seguí dando vueltas. Y sí, claro que se puede elegir. Lo sabía. Y lo sabía porque yo misma acababa de aceptar un papel no terrible pero sí mediocre. Y había podido elegir. Entre eso y nada. Y eso es una elección. Podría haber elegido nada. Que puede que cuando la elección es entre dos opciones desagradables o difíciles la sensación de libertad se diluya, pero lo cierto es que se puede elegir. Es eso o un despido improcedente, es lo que había escuchado unos días antes en un despacho. Está bien, eso. Había contestado yo. Aunque eso fuera mediocre, aunque viniera de quien desprecio. Y había podido elegir. El blanco y el negro. Los absolutos. Lo digno y lo indigno. Pero es que en la vida no todo es blanco o negro, hay una extensa gama de grises. Eso lo he escuchado un millón de veces. Los grises. El miedo, la precariedad, la debilidad, las flaquezas, el miedo, los grises.

Y sí, claro, claro que se pueden comprender. Se pueden comprender porque todos estamos llenos de grises, porque todos tenemos miedos, porque ahí fuera planea el holocausto, porque hay tanta gente sufriendo, porque tenemos responsabilidades, porque no podemos ser inconscientes, por la sensatez, porque la dignidad se va haciendo diminuta, porque el miedo.

Se puede mostrar piedad, clemencia y comprensión frente al gris. Pero el blanco existe y el negro existe, los absolutos existen – lo sabes, cómo no lo vas a saber cuando eres uno de ellos-. Y ya sé por qué estaba tan irritada y de tan mal humor, por qué esos juicios tan duros contra ese dichoso actor, por qué ese desprecio. Porque yo era Alec Baldwin. Y sí, se puede elegir.

a r m a p a l a b r a

El encargo llegó en forma de llamada telefónica. Era Raquel. Tengo una idea fabulosa, dijo, se me ha ocurrido una exposición para La Galería, y creo que es perfecta para que la realice Armapalabras. Se trata de regalar cajas de medicinas, y que vosotras os encarguéis del prospecto. Evidentemente, serán unos fármacos especiales, y curarán males especiales. Lo dejo en vuestras manos. Esa exposición se llamará Farmacia para ti. 

 Se lo comenté a mi socia Ana, y estuvo de acuerdo conmigo en que podía ser un trabajo divertido. Por ser atípico, y por el hecho de que fuera a convertirse en un regalo urbano. Todas las cajas con sus prospectos estarán expuestas en la calle del Príncipe de Madrid, el domingo 23 de septiembre, y quienes  paseen por allí, se encontrarán con todas ellas, y podrán sorprenderse, jugar, cogerlas, abrirlas, leer, volver a dejarlas…

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Lo sabía

Hace ya tiempo que vengo observando esta tendencia actual en las artes en general del menosprecio del optimismo, como si resultara pueril, de la alegría, como si resultara frívola, de la felicidad, como si resultara cursi. Quizá me moleste tanto esa tendencia porque tienda a ella. Me lo tengo que mirar.

El caso es que hace casi un año, en un arranque de rebeldía contra ella, decidí coger la cámara con la intención de hacer el ejercicio de evitar posar el objetivo en imágenes de soledad,  frío,  destartalamiento, fragilidad, ruina, marginación… que suelen ser los que por defecto tienden a interesarme, y me propuse un reto: captar imágenes que transmitieran luz, alegría, felicidad, algo bonito. Y así, para empezar, para probar la experiencia de poner el ojo en aquello que no acostumbro, no se me ocurrió nada mejor que ir a buscar esa foto en Lavapiés, absolutamente convencida de que existía, que la iba a encontrar, que era sólo una cuestión de buscarla.

Fracasé estrepitosamente. Salí una tarde radiante de domingo, pero las calles que yo imaginé encontrar bulliciosas y multiculturales estaban prácticamente desiertas. Sólo escuchaba silencio, andar a personas solitarias que, o bien miraban al suelo, o bien mostraban ojos desconfiados y tristes, edificios degradados, nada que fuera bonito, nada.  Y después de pasarme más de una hora dando vueltas sin una sola foto, y un poco impregnada ya de todo eso, me marché, porque empezaba a correr el riesgo de terminar formando parte de ese paisaje. De hecho creo que ya lo hacía.

Unos meses después, creo que en semana santa, volvía a pasear por allí con una cámara. No íbamos mirando a nuestro alrededor, la cámara se había quedado sin batería. Nos mirábamos nosotros, de esa forma que no nos deja hablar, que  nos hace parar en plena calle para poder mirarnos, que no nos permite hacer  ninguna otra cosa más que mirarnos, porque no hay nada más importante en el mundo en ese momento que mirarnos…  Entonces escuchamos un qué bonito, ¿recuerdas? que provenía de un intercultural, y un ¿os hago una foto? Una foto, la bonita, existía, aunque la cámara no tuviese batería, aunque no quede una imagen en  archivo jpg. Existe.

Lo sabía.  Cómo lo sabía.

Escapar

El domingo, leyendo en El País un artículo acerca de la infancia de Vargas Llosa, me detuve en la cita de una declaración suya. Decía Vargas Llosa que uno escribía “para escapar de la pena”. Con todos los por qués que he estado buscando a lo largo de los años, y éste se me había pasado por alto. No creo que sea el único. Creo que el por qué fundamental no es algo que se pueda explicar. No todo puede ser objeto de una explicación racional, hay cosas que simplemente son, sin más vueltas que darle. Pero por naturaleza nos resulta imposible andar por la vida sin esa obsesión por buscar respuestas, por desentrañar misterios, como creo también que sería desalentador vivir sin preguntas ni misterios.

Pero esta respuesta de escapar de la pena, como respuesta parcial, me pareció buena. Cuando pienso en mí, y en mis estados de ánimo a la hora de escribir, sí que es cierto que, si bien escribo con cualquiera de ellos, cuando me siento feliz escribir es un acto de voluntad. Pero en esos días, en los de melancolía, hipersensibilidad, introspección o soledad, escribir se convierte en una necesidad básica y urgente, como cuando uno anda aguantando la respiración, y pasado un determinado número de segundos necesita coger aire porque no soporta más la sensación de ahogo. Como si, volcando en la pantalla todos esos pensamientos que están ahí en la cabeza, oprimiendo, dañando, obsesionando, abriendo un abismo con el alrededor, generando una conciencia de solitud que no hace sino más penoso el proceso… como si, volcando en la pantalla esos pensamientos, convirtiéndolos en palabras, o disfrazándolos con ellas -por pudor-, fueran a quedarse ahí, en la pantalla, fuera de la cabeza, restableciendo el equilibrio, el orden del mundo, aunque sea de ese mundo pequeño que es el propio.

Y parecerá una ingenuidad, será un remedio placebo, pero a veces, a veces, el sacar los demonios en forma de palabra y dejarlos en la pantalla, si no cura al menos alivia.

Me pregunto si no será ese el motivo por el cual, últimamente, existen tantos libros con finales tristes, tantas historias llenas de soledad, tanta desesperanza, tanto desgarro y tanto sabor a ceniza… y no sólo en literatura – y es que cada uno escapa como puede o como sabe- , pues se palpa ese sentimiento trágico en el cine, en pintura, en fotografía, en la música…. de hecho, parece existir en el arte un cierto desprecio por la felicidad y el optimismo como tema o como tono. Pero sin embargo, y por suerte, si bien es cierto que el dolor forma parte de la vida, no lo es menos que la vida también está hecha de felicidad.

Y, aunque no pueda negar esa belleza que reside en la melancolía, y aunque no pueda negar lo curativo que puede ser la escritura (o la disciplina que sea) como catarsis, como desahogo, como refugio… para ser sincera, de vez en cuando echo de menos en la expresión artística un poco de luz, un poco de optimismo, un  final feliz, uno al menos, de vez en cuando…