Adonde nosotros

Sí.
Ya me lo habéis dicho.
Qué hago con una chica de veintidós años.
Un viejo como yo.
Un viejo de treinta y ocho.
Años.
Pero no.
No os confundan mis bolas de plomo.
Hay un dios rebelde al otro lado de las cifras.
Vámonos de este planeta, Natalia.
Vámonos. Existen otros,
y Francia.
Te haré tequilas
en un vaso de trapo. Y
una cesta de números primos.
Quiero dormir en tu osito de felpa.
Solo tú me haces vibrar. Solo
tú haces sentir
Me.
Llévame a otro planeta. Te daré
una flauta redonda si me llevas lejos.
Una carpeta con ponis verdes. Y
zumo de berenjena. Lejos
de los hombres.
Llévame a ese espacio.
Adonde no sea joven ni viejo.
Adonde no sea macho ni hembra. Adonde
no exista Madrid. Más lejos. Casi en Asia.
A ese espacio. Llévame adonde ti.
Adonde mí.
Adonde
nosotros.
 
Adonde nosotros. Neorrabioso.
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Viajar tan lejos

Las imágenes se sucedían en la tele. No sé muy bien de qué hablaban. Me pasa a menudo, lo de mirar imágenes pero discriminar el sonido,  mirar imágenes en absoluto, sin contexto, porque sí. Y porque sí y sin contexto yo veía imágenes de monumentos familiares. No, eso es mentira. Lo que yo  veía japoneses alrededor de esos monumentos – veía lo que miraba-. No sé de qué demonios estarían hablando, o a santo de qué esas imágenes. Sólo los veía a ellos, los miraba fascinada. Tan pequeñitos, tan juntos, tan frágiles, con ese aire de ingenuidad y sorpresa, como si se dedicaran a descubrir maravillas, y en eso consistiera su vida, en descubrir maravillas, en sorprenderse, y en tomar fotografías. Las fotografías, sí y sobre todo. Todos con sus cámaras, haciendo fotos a un ritmo vertiginoso. Me preguntaba si serían fotos como un pellizco en forma de imagen, de los de no estás soñando, o como ayuda para hilar su narración del viaje a la vuelta, – si me concentro puedo escucharlos hablando japonés, y suena rápido, quedo, elegante y exótico,  me relaja,  me afloja la tensión del cuello, no sientes las piernas, no sientes los brazos, no sientes la cabeza, te pesan los párpados….- .

A la vuelta. En sus casas. Me pregunté cómo serían en sus casas, a la vuelta, en sus propias ciudades. Por eso tomé el avión, aunque no reconocería en voz alta ese por qué del viaje, tengo otros muchos motivos que verbalizar y que encajen en estructuras mentales normales: paisajes, cultura, monumentos, búsqueda de sorpresa y asombro…

Al aterrizar en Narita nos informan de que en Tokio hay 54 grados farenheit, y el cielo está cubierto. Tomo un taxi y discrimino edificios, coches, flora, fauna, luces y sonidos. Sólo veo japoneses. No me parecen tan pequeños, caminan seguros, sin ingenuidad y sin sorpresa. Pienso que me muero de ganas por escucharles hablar sin entender, sólo por el sonido. Intento reconocerlos en las imágenes de la tele. Me fijo bien. Todos llevan cámaras de fotos. Busco en la mochila el billete y confirmo la fecha de vuelta mientras constanto que he tenido que viajar tan lejos para saber que lo que se pierde es el asombro. Y que esa pérdida me duele como mía.