Wakan

Mis centros de interés me han llevado a leer acerca de tribus de indios norteamericanos, y me he dado de bruces con su filosofía. A veces  mis centros de interés me parecen caprichosos, y desconfío un poco de ellos, pero les he hecho caso una vez más, y sus extraños caminos me han terminado llevando a lugares hermosos. Debería dejar de desconfiar.

Volviendo a los indios, he conocido a  Alce Negro, un chamán sioux que terminó convirtiéndose al catolicismo, pero continuó siendo chamán de la tribu y conservando sus tradiciones. Escribió un libro acerca de su historia personal unida a la historia de su tribu “Los últimos sioux”, y también otro libro con los ritos sioux “La pipa sagrada”, que se habían mantenido hasta entonces en secreto.

Comparto una cita, la que habla  de lo sagrado:

“Es wakan (sagrado) aquello que es conforme a su propia esencia. Por eso la cobardía –abandono del propio ser- es el único pecado. Por esto una montaña, un animal, un árbol son sagrados, y hay tan pocos humanos wakan”

Leer esto, escapando de una forma de vida en la que todo está banalizado, me ha parecido maravilloso, como la sensación de llegar.

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Cerrado

Hoy he estado en la calle Alcalá, haciendo un curso. A la hora de comer he visto esa sala de exposiciones donde estuve hace más o menos un año. Estaba La realidad abstracta, de Juan Manuel Ballester, así que decidí comer algo deprisa, y aprovechar para verla. Dudé entre una franquicia nueva y Starbucks, pero me pudo la nostalgia. Me senté frente a la ventana, a mirar a quienes pasaban por la calle, que a su vez miraban a quienes comíamos, o sea, a mí, separadas las miradas por un cristal, que me pareció como de pecera, o de acuario, solo que para mí ellos eran los peces, y viceversa. Me fastidió que me interrumpiera otra asistente al curso, que me abordó con un “¡hemos elegido el mismo sitio para comer!” Pidió el mismo sándwich que yo, pero cuando vino a sentarse a mi lado casi había terminado. Estuve dudando si abandonar la exposición para acompañarla por compromiso o terminar de comer y largarme. Decidí darle una oportunidad, porque a veces los desconocidos te sorprenden, y lo que temía una aburrida conversación trivial quizá podría resultar un descubrimiento personal mucho más intenso que cualquier fotografía. Es cierto que la oportunidad que le di fue corta, pero creo que lo suficiente como para saber que no habría sorpresas, de modo que tras un breve intercambio en el que me dijo que venía de Valencia, algo de trabajo, y algún que otro silencio, le dije que me disculpara pero que iba a aprovechar para ver una exposición.

Cuando entré vi un cartel “Exposición cerrada”. Aunque no tengo problemas de comprensión lectora, decidí asegurarme confirmando este punto con el vigilante, por compartir mi frustración, supongo. Me dijo que efectivamente había entendido bien, que los lunes cerraban. Vaya por dios. “Pero mañana abrimos”, ya, pero yo el curso lo tengo hoy, han elegido muy mal día.

Decidí cruzar al Círculo de Bellas Artes. Pero también cerraban las exposiciones los lunes, así que me tomé un café en una mesa junto a la ventana, y tomé también algunas notas, pensando en los Stooges.

Al salir fui a ver a mi amiga Raquel, que suele tener siempre algún contratiempo y me tiene acostumbrada a esperarla. Me di un paseo, pero los puestos del mercado también estaban cerrados. Los lunes no hay exposiciones ni pescado. Después de un paseo bajo la lluvia, y de una caña en un bar sórdido, decidí ir a su portal. Dudé entre esperar o fumar, apelando a la ley de Murphy, y decidí esperar. Pero cuando me cansé de esperar me replanteé la ley y me lié un cigarrillo que no pude llegar a encender. Y es que no falla esa ley. Pero a Raquel merece la pena esperarla.

Una vez en casa me he sentido rara. Creo que la sensación de “Cerrado por lunes” me ha acompañado hasta aquí.

Qué tonta, si es que es lunes.

Entre rejas

Para llegar a los locales de ensayo sin coche tendía que ir hasta el metro de Aluche y recorrer a pie un buen trecho de la Avenida de los Poblados. Tenía estudiado el recorrido y al salir del subterráneo me dispuse a ver con qué me sorprendía el trayecto.   Cuatro carriles para coches, aceras anchas, y nadie andando por la calle.

El primero edificio que vi estaba protegido por una valla de madera, con cámaras de vigilancia, las paredes eran amarillas, había rejas en las ventanas, y también fuera de las ventanas. Rejas de rejas, como unos paneles. Al ser de noche  las habitaciones estaban encendidas, y se podía ver a contraluz algo de lo que había dentro. Y lo que vi me conmovió. Coladas.  En todas las habitaciones había cuerdas dentro de las rejas, con ropa tendida.  Ver eso me puso triste. El acceso al edificio estaba prohibido salvo para vehículos autorizados, y frente a mi entraron varios coches de policía con sirenas. ¿Sería la cárcel de Carabanchel? ¿Pero no estaba cerrada? ¿Pisos de protección oficial tal vez?

Seguí caminando. Otra verja, esta vez metálica, con alambres de espino, protegiendo un descampado, y colgados en las rejas un montón de carteles de personas que decían no olvidar a quienes perdieron su libertad para defender nuestros derechos. Eso decían unos carteles. Otros pedían el Hospital de Carabanchel. En otros se reivindicaba un monumento conmemorativo por los presos políticos víctimas del franquismo.   Seguí poniéndome triste.

En la acera de enfrente leí un cartel de otro edificio, Sanatorio psiquiátrico Esquerdo. EL edificio no se veía desde fuera, sólo el cartel, un muro, y árboles. Me pregunté si detrás habría ventanas con rejas, y personas detrás, con sus bragas, calzoncillos y calcetines, y una camiseta, quizás la de la suerte, tendidos tras las rejas, como lo que antes había visto. Y también si no estaría caminando por un parque temático de lo más siniestro.

Estuve pensando en lo terrible de la pérdida de la libertad. Que sea necesario aislar a personas tras barrotes porque supongan un peligro para los demás me pareció una realidad terrible.  Pero más terrible el hecho de que se haga algo así sin que exista ese peligro real y demostrable para las demás personas.

Deseé llegar, porque hay caminos donde las tristezas se acumulan, una detrás de otra, sin dar tregua, y justo antes de llegar a Parque de María Eugenia de Montijo vi el último edificio, un gran polideportivo. También estaba encendido y desde fuera se veían las bicis estáticas, las máquinas de spinning, y demás.

Cuando entré en los locales de ensayo, leí con intensidad el cartel que te recibe bajando las escaleras y reza “Buscando la paz”. Y después de tocar durante una hora comprobé con asombro de siempre, el efecto balsámico de la música.

Ahora acabo de buscar qué era el edificio ese de rejas que vi el otro día -no, no me lo he quitado de la cabeza-.  Es un Centro de Internamiento de Inmigrantes, en el antiguo complejo hospitalario de la cárcel de Carabanchel. Allí están presas personas que no suponen un peligro real para nadie, que no han delinquido, pero que no han nacido en este país y no tienen autorización legal para estar. Y todavía pensaremos que unas leyes escritas en un papel nos legitiman para una aberración semejante.  Como hace unos años otras leyes amparaban a quienes quitaban la libertad por diferencias ideológicas.  ¿Quién es un peligro para quien? Estamos en los tiempos en los que Ulises es de color negro, su Odisea es diaria a través de un continente llamado África, atravesando guerras, océanos, desiertos, y mil peligros, pero nadie la escribe, y tras llegar el héroe Ulises a Ítaca, es cacheado en plena calle, detenido y puesto entre rejas hasta su deportación.

No, no me lo puedo quitar de la cabeza.

Cómo podemos ser tan cretinos, y creernos tan cargados de razón.


Elige un paquete de ideas

El concepto de paquete de ideas es altamente interesante. Nos movemos en un mundo en el que nos planteamos las elecciones en base a paquetes de ideas. Eso es algo que nos simplifica mucho las cosas. Voy a poner varios ejemplos.

Cuestión político-económica. Ante el cansado esfuerzo que supondría el ejercer un análisis propio ante cada realidad en esta materia que se nos presenta en el día a día tenemos otra opción, que es la de elegir un paquete de ideas, en forma de color o partido político. Elijo ser azul, o ser rojo, o ser rosa, o ser verde. Cada uno de los colores lleva consigo un paquete de ideas, de modo que el problema se simplifica sobremanera. Una vez elegido el color, ocurra lo que ocurra, ya tendré una postura definida, la de mi color, la de mi partido.  Y de ese modo, con elegir una vez, o dos o tres en la vida (para el más veleta), ya puedo evitar pensar por mí mismo.

En cuestiones ético-morales, las religiones también nos han ayudado muchísimo. Con elegir una basta, pues cada una de ellas lleva consigo su propio sistema moral, lo que está bien y lo que está mal. Así, con elegir una vez, nos quitamos de un plumazo esa fastidiosa necesidad de utilizar nuestro propio juicio crítico para responder las dificultades de tipo ético que se nos presentan. ¿Tengo una duda moral? Bien, ¿qué dice mi religión acerca de esto? Que es bueno, o que es malo. Pues eso pienso yo también. ¿Por qué? Porque lo dice mi religión, que es el mismo argumento que el de quien responde porque sí, o porque no. Y cuando se le cuestiona ese argumento a alguien suele producir fastidio, algo así como “oye, que yo ya elegí una vez, me costó lo suyo, y llevo toda mi santa vida actuando en base a eso, ahora no vengas a hacerme pensar, que mira que si por hacerlo termino llegando a la conclusión de que llevo toda la vida equivocado…”.  Claro, es un riesgo que por motivos evidentes pocas personas están dispuestas a asumir.

Hasta en materias ligeras como el deporte, que no deberían plantear decisiones demasiado complicadas, también elegimos en base a paquetes de ideas. Elegimos una vez un determinado equipo, y es para siempre, y esa elección condiciona toda una cadena de sentimientos e ideas asociadas a ese equipo. Es que si eres blanco tienes que odiar a los azulgrana ¿por qué? porque va en el paquete de ideas de los blancos. Si no te gusta, puedes elegir otro equipo. ¿Y si no me gustan todas las de otro equipo? ¿y si me gustan varios?, Mira, esto es así, o lo tomas o lo dejas, pero piénsatelo bien antes de dejarlo, porque si lo haces, cada jornada de liga vas a tener que decidir con quién vas. Dios, decidir, elegir todas las semanas. ¿Quién puede vivir con una presión así?

 Nos encantan los paquetes de ideas. Nos hemos acostumbrado a vivir así. Las leyes son también paquetes de ideas. Solo que ni siquiera las hemos elegido. Al menos no directamente. En todo caso muy indirectamente, remotamente, diría yo. Elegimos cumplirlas o no, eso sí. El otro día veía en Veo 7 el linchamiento de un portavoz de Democracia Real Ya a cuenta de la ocupación del Hotel Madrid. Los tertulianos del programa instaban al movimiento a condenar este hecho en base a su ilegalidad. El portavoz decía que, aunque fuera ilegal, si el edificio deshabitado era destinado al realojo temporal de familias desahuciadas en situación de desamparo (dormir en la calle), se plantearían el apoyarlo. Una de las tertulianas dice textualmente en un momento dado y a modo de resumen de fondo “¿es que no nos hemos dado cuenta todavía de que la ley no es opinable, la ley se aplica y punto, que ante la ley tú no tienes nada que pensar, que la ley está ahí para cumplirse”.

Con esas palabras, la tertuliana ilustra perfectamente la vida en torno al paquete de ideas.

Elige un paquete de ideas y con una sola elección (o dos o tres a lo sumo), no tendrás que malgastar un minuto más de vida en volver a pensar ni a opinar ni a decidir. Sólo vivir, vivir la vida, tu vida…  ¿tu vida? …. bueno, para ser más precisos, la que sea que surja de los paquetes de ideas que hayas adoptado.

Magnanimidad vs sentido común

Este año me robaron dos veces. La primera vez fue mi cartera. Ni me enteré. Sé que comí en un Starbucks y que pagué mi comida, y que salí de allí derecha al metro y ya no había cartera, ni billete de metro. Al cabo de unos días en un sobre manuscrito, cuidadosamente cerrado con celo y  franqueado en correos, llegaba al buzón íntegro el contenido de mi cartera, salvo el poco efectivo que tenía: mi colección de billetes de metro gastados, mis fotos, mi dni, el carné de conducir, los tickets de la compra…. todo. Fue un gesto que me conmovió.

Un par de meses después me robaron el bolso entero. Fue en marzo, creo. Todavía no ha llegado el sobre. Lo estoy esperando. Pero mientras llega conduzco a diario sin carné.

Esta tarde, volvía de visitar a mi abuela, con la ventanilla bajada, la música alta, y un poco ajena a todo, menos a la sensación de tristeza que me había dejado el verla tan frágil. Y parada en un semáforo del Puente de Vallecas se acercó un policía. Inmediatamente pensé en mi carné. En mi no carné.

El agente me dijo que había cometido una infracción porque había utilizado un carril que sólo era para uso de bus y taxi. “¿No eres del barrio?” Pues no, y no había visto ningún cartel -perdón, se dice señal, no?-, ni había mirado. Y pensaba, por favor no me pidas el carné, no me lo pidas, porque aún teniendo licencia para conducir en vigor, aún habiendo hecho mis renovaciones, superando y pagando mis psicotécnicos, conservando todos mis puntos, aún teniendo un sistema informatizado que con sólo teclear mi documento nacional de identidad le permite saber todo eso, existe la absurda obligación de llevar consigo ese absurdo plástico, y en virtud de esa normativa absurda me pondría una multa que dinamitaría mi presupuesto mensual. Qué coño, mi presupuesto anual.

Y yo tendría que explicarle que me lo robaron, pero que a lo mejor un día, una persona, la que sea, lo encuentra por ahí, y tiene el detalle de tomarse la molestia de meterlo en un sobre, escribir en él mi nombre y mi dirección, y al abrir el buzón yo me conmovería. Pero el agente no entendería nada. Y aún teniendo acceso a todos mis datos, y a mi licencia en vigor, necesitaría personificarme en un trozo de plástico, para no penalizarme en virtud de una normativa, que si se parara a pensar se le revelaría absurda, pero que no obstante, aún parándose a pensar, probablemente cumpliría, y me sancionaría.

Entonces el agente me explicó cuál era el recorrido correcto, y me dijo que tuviera cuidado la próxima vez, porque él me acababa de ahorrar noventa euros. Su magnanimidad, supongo. Y yo le puse mi mejor cara de dama en apuros recién salvada de un terrible desastre. Para hacerle sentir más importante. Noventa no, cuatrocientos noventa, para ser exactos. Y le di las gracias, señor agente, con esa cara que le pone el salvado al salvador. Me pareció que incluso había sobreactuado. Pero el agente no debió darse mucha cuenta. Estaba, de hecho, tan henchido de satisfacción por haber realizado el bien común, – levantó la barbilla y miró como al horizonte, sacando pecho con los brazos en jarras – como salvar a una dama en apuros, perdida en un barrio desconocido, víctima de su ignorancia en un terreno hostil, que no apreció la sorna.

Continué mi camino sin contratiempos, queriendo pensar que quizá estaba siendo víctima de un prejuicio, y que en el caso de haberme solicitado el carné, y haberle explicado que  el pobre sigue en paradero desconocido esperando a que alguien me lo envíe, pero que no obstante las nuevas tecnologías le permitían acceder a mis datos, su sentido común también le habría hecho saltarse la normativa como lo había hecho antes su magnanimidad ante una dama en apuros, tan indefensa y vulnerable.

Mas sólo quise pensarlo. No llegué a hacerlo, porque en cuanto lo perdí de vista volví a estar ajena a todo, con la ventanilla bajada y la música alta, en ese rato de soledad en el que me estaba permitido.