Conversaciones de oficina

Nos vamos a comer, ¿no vienes?

– No.

– Oye, pero ¿tú no comes nunca?

– No. (Pausa valorativa. Por fin me decido.) Lo sé, parezco humana, pero soy un replicante.

– ¡Ah, un replicante! Entonces… te enchufas por las noches y ¿listo?

– Algo así.

– Pues… el resultado es excelente.

– Felicitaré a mis programadores de tu parte.

Aprovecho este espacio para realizar esa felicitación. Ahora, si me disculpan, es hora de enchufarme.

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Lo que marca la diferencia

Entró al vagón junto con los demás y su guitarra. Mientras se cerraban las puertas tomó la voz, y yo esperé escuchar ese discurso tan escuchado ya, de tantos músicos que deambulan de tren en tren, de estación en estación, haciendo música, o intentándolo, a cambio de la voluntad. Sin embargo antes de sacar la guitarra abrió la sonrisa. Parecía magia el contraste entre esa piel tan negra y la luz que desprendía. Se presentó, sin dejar de sonreír, con la misma dignidad de quien se presenta en un estudio, en un teatro, frente a un periodista. Y empezó a tocar La Flaca, utilizando una canción española como homenaje a su Habana.

No era especialmente bueno, ni especialmente malo, pero me levantó los pies del suelo, me acercó hasta él, y me puse a cantar sin pensarlo. Cuando terminó volví a  mi sitio, con la misma discreción con la que había antes lo había abandonado. Tener el poder de la invisibilidad tiene a veces grandes ventajas para quienes sentimos pudor. Y preparé una voluntad para mi compañero de dúo, y cuando se acercó a mí le sonreí con la complicidad que se establece con los compañeros de lo que quiera que se comparta. Y él me dio las gracias, por la voluntad pero sobre todo por la sonrisa, dijo.

El caso es que cuando terminó su peregrinación por le vagón, volvió a tomar la palabra, con la misma dignidad que en un principio, sin pedir perdón, y sin agredir, con naturalidad. Y dijo que había aprendido mucho desde que vivía en España. Pero que una de las cosas más importantes era el agradecimiento. Que sentía agradecimiento y respeto por todas y cada una de las personas. Que agradecía mucho la ayuda de quienes le habían podido ayudar, que agradecía los gestos de cariño y de apoyo, y que no reprochaba la indiferencia de tantos, que ni le miraban, que hacían como que no escuchaban, y que agachaban sus cabezas. Porque los entendía. Yo los comprendo, dijo, porque son tiempos difíciles para todos, porque yo también lo he pasado mal, porque somos muchos quienes lo hacemos, porque la crisis está siendo muy dura, porque hay mucho dolor, y yo lo comprendo. Pero a pesar de todo, aún cuando todo es tan difícil, háganme caso, una sonrisa marca la diferencia. Y entonces sí se despidió.

Así que es así, por casualidad, sin esperarlos, como se presentan los pequeños milagros. Como el hecho de que sea un hombre que está lejos de su tierra y sus raíces, lejos de su familia, que probablemente no tenga un lugar donde dormir, y subsiste tocando canciones en los vagones de metro,  sea quien dé un ejemplo de comprensión, de humanidad, de actitud y de alegría. Y esos milagros mantienen mi fe en el ser humano, por mucho que haya días en que se tambalee.

Y esa alegría, esa esperanza, y esa sonrisa, me sacaron del metro cantando, y me tuvieron la mañana cantando, All of me, una y otra vez. Y mientras cantaba me preguntaba a mí misma si cantaba porque me sentía feliz, o si me sentía feliz por cantar.

 

 

 

Desde la playa

me dice que pase, que sólo he de seguir el camino

 

amanece detrás de los arbustos

amanece entre las nubes a pesar de las nubes.

amanece en los charcos. amanece siempre.

me acerco, pero no tiene mensaje.

cortes en el camino, o espejismos.

se han quedado varadas cuando nadaban hacia el mar.

mi vestido, mi reflejo, mis dedos de los pies.

Errantum Lumen

Apareció una noche. Mi amigo Manu y yo habíamos salido a Las Vistillas y habíamos terminado tomando un pisco sour en un local con mucho diseño pero  muy frío en La Latina. Ese hombre, que probablemente habría llamado la atención en cualquier sitio, destacaba como iluminado por luces de neón en aquel peruano ultramoderno.

Manu, que es buen fisonomista, cayó pronto en quién hacía pensar. Gary Oldman. LLevaba perilla y pelo largo, camisa, y por motivos que quizá sean subjetivos y que no puedo descifrar, resultaba muy oscuro. Me di cuenta de que no era a Gary Oldman a quien me recordaba, sino a Drácula. Hablaba con gente en la barra, gente que iba y venía. Hablaba con gente pero estaba solo. También se acercó a hablar con nosotros. Se presentó como Errantum Lumen, famoso artista. “¿No me conocéis?, – dijo un poco indignado, -¡Buscad en Internet Errantum Lumen y sabréis quién soy!”

Errantum Lumen. La primera parte de ese nombre suyo sí parecía corresponderle. Pero sin embargo, me pareció contradictorio que una persona tan oscura se autodenominara lumen. Me pregunté cuándo habría perdido la luz y por qué. Además de faltarle luz le sobraba alcohol. Él tampoco debía tener acerca de ese punto la misma percepción que yo, porque aún nos pidió dinero para seguir bebiendo. Recuerdo que antes de irnos le deseé suerte y no le gustó. Supongo que le parecí condescendiente.

Lo estuve buscando por Internet, y aparte de un blog con pocas entradas, con algunas fotos fechadas hace años, no encontré nada más. Me decepcionó un poco,  porque en realidad, y ahora me doy cuenta,  quería encontrar otra cosa, la revelación de alguno de sus misterios, alguna señal que me hablara de la luz, o de la falta de ella, algo que colmara de alguna manera las expectativas que aquel misterioso personaje me había generado, y que no se quedara todo en un dipsómano excéntrico. Pero no encontré nada más.

Ayer lo vi al ir a entrar en el metro de Ópera.  Su visión me hizo detenerme para observarlo. Pelo largo, perilla, camisa,  una lata de cerveza,  el mismo halo de oscuridad y misterio, y el mismo poder de atracción. Y seguí observándolo mientras bajaba las escaleras del metro, pensando para mí misma,Errantum Lumen,  no me engañas con tus nombres,  eres quien pareces.

Volví a casa algo distinta. Reconocer a un vampiro otorga una extraña sensación de lucidez.

El miedo a la libertad II.

Libertad y espontaneidad

“La libertad positiva consiste en la actividad espontánea de la personalidad total integrada.

La actividad espontánea es el ejercicio de la propia y libre voluntad. Una de las premisas de esta espontaneidad reside en la aceptación de la personalidad total y en la eliminación de la distancia entre naturaleza y razón; porque la actividad espontánea tan sólo es posible si el hombre no reprime partes esenciales de su yo, si llega a ser transparente para sí mismo y si las distintas esferas de la vida han alcanzado una integración fundamental.

Los niños pequeños ofrecen un ejemplo de espontaneidad. Tienen la capacidad de sentir y pensar lo que realmente es suyo: tal espontaneidad se refleja en lo que dicen y lo que piensan, en las emociones que se expresan en sus rostros. Atraen profundamente a cualquiera que no esté tan muerto como para haber perdido la capacidad de percibirla.

Muchos de nosotros podemos percibir en nosotros mismos por lo menos algún momento de espontaneidad, momentos que, al propio tiempo, lo son de genuina felicidad.. Que se trate de la percepción fresca y espontánea de un paisaje o del nacimiento de alguna verdad como consecuencia de nuestro pensar, o bien de algún placer sensual no estereotipado, o del nacimiento del amor hacia alguien…. en todos estos momentos sabemos lo que es un acto espontáneo y logramos así una visión de lo que podría ser la vida si tales experiencias no fueran acontecimientos tan raros y tan poco cultivados.

El amor es el componente fundamental de tal espontaneidad: no ya el amor como disolución del yo en otra persona, no ya el amor como posesión, sino el amor como afirmación espontánea del otro, como unión del individuo con los otros sobre la base de la preservación del yo individual.

El otro componente es el trabajo como creación, en el que el hombre, en el acto de crear, se unifica con la naturaleza.

El yo es fuerte en la medida en que es activo. Lo nuestro es solamente aquello con lo que estamos genuinamente relacionados por medio de nuestra actividad creadora, ya sea el objeto de una relación una persona o una cosa inanimada.

La incapacidad para obrar con espontaneidad, para expresar lo que verdaderamente uno siente y piensa, y la necesidad consecuente de mostrar a los otros y a uno mismo un pseudoyó, constituyen la raíz de los sentimientos de inferioridad y debilidad. Seamos o no conscientes de ello, no hay nada que nos avergüence más que el no ser nosotros mismos y, recíprocamente, no existe ninguna cosa que nos proporcione más orgullo y felicidad que pensar, sentir y decir lo que es realmente nuestro.

Cuando el individuo logra vivir no ya de manera compulsiva y automática, sino espontáneamente, entonces sus dudas desaparecen. Es consciente de sí mismo como individuo activo y creador y se da cuenta de que sólo existe un significado de la vida: el acto mismo de vivir. ”

El miedo a la libertad.

Erich Fromm

El miedo a la libertad. I

El hombre moderno

“Piensa, siente y quiere lo que él cree que los demás suponen que debe pensar, sentir y querer. y en este proceso pierde su propio yo, que debería constituir el fundamento de toda seguridad genuina del individuo libre.

(…)

Al adaptarnos a las expectativas de los demás, al tratar de no ser diferentes, logramos acallar aquellas dudas acerca de nuestra identidad y ganamos así cierto grado de seguridad. Sin embargo, el precio de todo ello es alto. La consecuencia de este abandono de la espontaneidad y de la individualidad es la frustración de la vida. El autómata, si bien está vivo biológicamente, no lo está ni mental ni emocionalmente. Su vida se le escurre entre las manos como la arena.

(…)

¿Cuál es el significado de la libertad para el hombre moderno?

Se ha liberado de los vínculos exteriores que le hubieran impedido obrar y pensar de acuerdo con lo que había considerado adecuado. Ahora sería libre de actuar según su propia voluntad, si supiera lo que quiere, piensa y siente. Pero no lo sabe. Y adopta un yo que no le pertenece. Cuanto más procede de este modo, tanto más se siente forzado a conformar su conducta a la expectativa ajena.

El hombre moderno está abrumado por un profundo sentimiento de impotencia que le hace mirar fijamente y como paralizado las catástrofes que se avecinan.”

El miedo a la libertad.

Erich Fromm

El cuento del chico, el río y el secreto.

Érase una vez un chico que vivía en un pueblo pequeño que a él no le gustaba, quizá porque era el suyo, o porque era pequeño, o porque se sentía extranjero. Se aburría, y algunas veces, para escapar de allí, jugaba a explorar en sus alrededores, buscando algo, quizá sólo el juego, quizá su lugar.

 Un día, en una de esas huidas, encontró un río. Le pareció hermoso, le pareció que el murmullo del agua decía cosas bonitas que sólo él podía comprender, y al asomarse, en el reflejo del agua, se descubrió a sí mismo. Como por una necesidad imperiosa de saber más sobre sí, se desnudó contemplando su imagen, y se sumergió en el agua, fundiéndose con ella, y el frío le hizo ser consciente de su cuerpo, de su piel, de cada uno de sus músculos, y sintió como si hasta ese día hubiera vivido abotargado, siguiendo las normas del pueblo, de su casa, de todo aquello que le producía hastío, y que jamás reflejaba su imagen.

Después del baño miró la hora, el tiempo había pasado tan deprisa. Se vistió corriendo, se secó el pelo con la camiseta, aún dio un rodeo hasta llegar a su casa ya seco, casi sudando, sin marcas de agua, ni de río, ni de sí mismo, pues todo ello había pasado a formar parte del más bonito de sus secretos.

Comenzó a acudir allí cada vez que tenía la oportunidad de ser invisible, y a la orilla hablaba con el murmullo del agua, y le contaba sus sueños, le decía que allí era feliz, que se iría de su casa y allí viviría, y se bañaría cada día, y cada día se asomaría para no olvidar su imagen, para no olvidar quién era.

 El río también era feliz, porque sentía que sus aguas tenían sentido en la medida en que daban forma al cuerpo de aquel chico, en que reflejaban su imagen, en que lo hacían feliz, y a fuerza de escuchar sueños aprendió a soñar también, y se soñó casa, se soñó eterno, se soñó siempre, se soñó real.

 Un día, el chico acudió al río con una mochila y un saco de dormir. Había decidido que era el momento. El río estaba tan contento que las aguas avanzaban torrenciales, brincando, contentas, y no eran ya susurro sino un estallido de espuma y júbilo. Y con tanto alboroto, el chico, al asomarse, no pudo ver su reflejo, sino un conjunto extraño de colores y formas. Y como no sabía quién era, sólo por los reflejos, se sintió perdido. Se desnudaba angustiado y se bañaba con frío y miedo, y sus ojos no brillaban. Porque aunque su pueblo no le gustara, era su pueblo, y echaba de menos su cama, pisar los caminos polvorientos. Y el haber llegado allí con mochila, con intención de quedarse, para descubrirse igual de perdido que siempre, hizo que de pronto el río le resultara extraño y hostil.

 El río, al sentir desde dentro la desdicha de aquel chico lleno de sueños, pensó primero que la desdicha se debía a su pasión desmedida. Y procuró calmar sus aguas, pero no pudo evitar las lágrimas, y tantas derramaba que sus aguas continuaban violentas y torrenciales. Sin embargo un día el río abrió los ojos y entendió. Aunque durante un tiempo había soñado ser casa, compañera, o  mujer, – una mujer, sí-, supo entonces que para él sería un río, y secreto, siempre. Un secreto siempre es un secreto, y sobre un río no se puede construir nada, ni una casa, ni unos sueños, ni una vida. Ni sobre un secreto que será siempre secreto. Y ni todo el bullicio de sus aguas, ni toda su transparencia, ni su fuerza arrolladora harían feliz a ese chico. Ni al revés. Esos pequeños hombros jamás podrían soportar sus crecidas con las lluvias, y se abrasarían bajo el sol cuando la sequía evaporase el agua. Él no soportaría todo aquello, pues sólo amaba al río en tanto en cuanto había creído que éste le descubriría quién era él y cuál era su sitio. Retenerlo supondría pasar de ser un rincón de libertad para convertirse en celda. Y el río se sabía río, y secreto, pero cárcel no, cárcel jamás.

 Las aguas del río que había sido el más bonito secreto poco a poco comenzaron a transcurrir serenas, pero no volvieron a reflejar ninguna imagen, ni sus murmullos dijeron más, para que él pudiera marchar sin pena, como último gesto de amor hacia ese chico al que ya amaría siempre. Y los sueños se fueron alejando a nado, para desembocar en un afluente mayor hasta llegar al océano, dejando, mientras se alejaban, un dolor sordo.

El río con pintura de dedos y pinceles