La pecera

Mientras tomo asiento me pongo a observar a mi alrededor. La sala es amplia, las mesas grandes, las sillas cómodas, no hay máquina tragaperras, ni tele con vídeos musicales que no coinciden con la música que suena, ni música que suena tampoco, ni camareros que gritan tras una barra. Y por no haber, no hay ni ambiente denso y cargado de esos que caracterizan las peceras para fumadores. He encontrado una biblioteca perfecta. Concentrarse aquí no tiene mérito.

Como la camarera tarda en llegar continuo desconcentrándome  con mis compañeros de pecera. Una mesa con dos señoras sin bolsas. En la mesa unos platos enormes con unos sándwiches de varios pisos y un montón de patatas fritas. Dos cocacolas. No deben ser muy mayores, pero son señoras. No llevan bolsas, luego presupongo que están allí para poner a caldo, con un millón de calorías de por medio, a sus maridos, a las amigas comunes que no están presentes, a la tutora de sus hijos, a sus hijos, a sus jefes, a sus subordinados, al presidente del gobierno y al del partido de la oposición. Con ese tipo de crítica más cruel que sentida, más de pasatiempo que de desahogo. De esas que permiten frecuentes risas frívolas e indoloras.

En otra mesa un señor mayorcito. Camisa, jersey redondo, pantalón de pinzas y una botella de agua con gas. Tiene cara de aburrimiento soberano. En la silla de enfrente como compañeras de tertulia unas bolsas de ropa de marca. No me da el perfil de hombre que se va solo de compras. Más bien tiene aspecto de no haberse comprado su propia ropa en toda una vida, y que de mala gana, ha accedido a acompañar a su señora, que quiere aprovechar un par de oportunidades de los 8 días de oro, comprar  algo para los nietos, un bolso, un foulard que combinara con el abrigo de paño de esta temporada otoño-invierno, y arena para el perro. Él la habría llevado diligentemente con el coche a los grandes almacenes, habría creído dar siempre con la respuesta adecuada a las constantes “¿Tú qué crees? ¿éste te gusta? ¿éste entonces?”, pero tras veinte síes que después resultaban ser noes, ha decidido esperar en solitario con un cigarro y agua con gas  a que su señora disfrute de una larga tarde de compras. Debe cuidar su úlcera.

Justo en la mesa de al lado una mujer de treinta y tantos. Se está comiendo una hamburguesa y fuma al mismo tiempo. Y al mismo tiempo también, está haciéndose compañía con su i-phone. Ha tenido un mal día. Ha salido de trabajar. Se va a dar un capricho, siempre funciona. Tras probarse unas cuantas cosas y verse gorda con ellas decide probar a subir el ánimo regalándose una merienda. Pero sentada frente a su hambuguesa se da cuenta de que no le gusta comer sola. Todo el mundo debe estar mirándola preguntándose qué clase de persona tiene una vida tan patética como para irse a comer sola una hamburguesa a un gran almacén un jueves a las seis de la tarde. Nadie la mira, lo sabe, trata de convencerse, nadie piensa eso. Nadie salvo ella. Así que saca el teléfono, y abre el facebook. Para intentar olvidar que piensa de sí misma que es patética, olvidar su trauma de comer sola, porque no tiene nada de malo querer merendar una hamburguesa un mal día para intentar llegar a casa un poco más contenta.

Al fondo un señor mayor. Lleva camisa y chaleco de punto. El poco pelo blanco que tiene en la cabeza lo compesa su densa barba. Bebe té, y fuma un cigarro que no se acaba nunca, y que parece sujeto como por arte de magia a su bigote. Está escribiendo seriamente en servilletas de papel.

Miro mi mesa: tabaco de liar, té y napolitana. Un libro y un lápiz. Me pregunto, si pudiera elegir, en qué mesa me gustaría estar sentada. Me respondo: en la mía. Aunque, sin poder quitarle ojo al señor del chaleco, la barba y el cigarro eterno bajo el bigote, ardo en deseos de leer una de sus servilletas.

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