La espada de Yerman

Los días siempre empiezan igual. No hay nada que avise de que algo va a ser diferente. Para pillarte a traición. Sin darte tiempo a digerir.

Seis y veinte. Suena el despertador. Ducha. Toca pelo. Café. Metro. Oficina. Enciendo el ordenador. Abro el correo. Bla blá bla blá. Lo de siempre. Diez y media. Levanto la cabeza. Busco a Eva, a Manu y a Yerman. Consigo captar la mirada de alguno de ellos. Es la señal. Nos levantamos y vamos a la cafetería. Bla blá bla blá.

Nos sentamos alrededor de una mesa redonda. Manu va a pedir los cafés porque es un caballero. Yerman se acerca a la barra para ayudarle a llevarlos a la mesa porque es un caballero. Yo voy a buscar un taburete que falta y se lo ofrezco a quien le falta porque soy un caballero. Eva cuida la mesa porque es un caballero. Y todos los días cambiamos los roles porque somos caballeros.

Cuatro cafés. Uno en vaso templado, dos en taza templados. El mío caliente, para abrasarme. Bla blá, bla blá.

Yerman pide la palabra. Le cuesta, pero nos callamos. Me han buscado un trabajo en otra empresa, o lo acepto o en noviembre me echan. Me quedan cinco días.

No. Espera. Esto no es lo de siempre. Has roto la cadena. A traición. Y me pregunto cómo se comporta uno como siempre cuando como siempre cambia, así, sin avisar. Manu dice qué asco. Manu dice que cada vez queda menos gente afín. Yerman pregunta ¿qué? Y es que no puede pensar. Manu contesta que cada vez quedan menos personas con las que se lleva bien. Somos cuatro gatos. Bueno, a partir de la semana que viene sólo tres, puntualizo. Eva dice que le da mucha pena. Yo miro a Yerman, que está triste. Y tengo ganas de abrazarle, pero no lo hago, porque aún no he obtenido respuesta al cómo comportarme cuando como siempre deja de ser como siempre. Removemos el café. Y fumamos. Y miramos al suelo. Y respiramos hondo. Y nos hacemos más duros mientras aún no hemos asimilado que dentro de cinco días ya nadie pedirá el café en vaso.

Los días empiezan siempre igual. Aunque no lo vayan a ser. Incluso aunque sepamos que no lo van a ser. Seis y veinte. Suena el despertador. Bla blá, bla blá. Es el último día que está Yerman. Hoy va a ser igual pero mañana no. Así que tampoco hoy va a ser igual. Porque un último día no puede ser igual que los demás.

Ducha. Toca pelo. Café. Metro. Oficina. En mi mesa encuentro una espada de espuma. Reluce y brilla. Hay otra en la de Manu. Y otra en la de Eva. Germán se acerca. Las vais a necesitar, nos dice. Sólo quedáis tres, y tenéis que resistir.

Diez y media. Después de  encontrarse nuestras miradas nos dirigimos los cuatro al café. Cuatro cafés. Uno en vaso templado, dos en taza templados, uno en taza caliente para abrasarme. Todos sobre la mesa redonda. Os voy a echar de menos, dice Yerman. Yo aprieto los dientes, vuelvo a tener ganas de abrazarlo y vuelvo a contenerlas, me ayda a hacerlo tocar la empuñadura de mi espada. Miro la mesa redonda. Y por mucho que diga que las pilló en el chino, yo sé bien que las sacó de una piedra. Y sé que tengo que ser valiente porque soy un caballero. Y con espada en la mano me siento más segura ante el futuro y los días diferentes que queden por llegar. Aunque me pregunto si también servirá para llenar el vacío que a partir de mañana habrá tras un café con leche en vaso.

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